martes, 30 de septiembre de 2014

¡Vamos! Vamos.








Nicolás respiró hondo.
Sonreía.
- ¡Buena suerte! - le gritó Carlos.
Miró hacia atrás y lo saludó con la mano. Le hizo un gesto para indicarle que lo llamaría por teléfono.
Juan lo esperaba en la última puerta. Lo acompañó hacia una ventanilla en donde le iban a dar sus objetos personales.
- Mire que no le falte nada – dijo la funcionaria con tono profesional – Compruebe el inventario.
Encendió su teléfono, echó un vistazo a su cartera, veinte euros, los carnets, las tarjetas de crédito la mayoría ya inservibles. Un pañuelo, un mechero, su reloj de todo a cien, la cadena de oro que le regaló su madre en la primera comunión con la medalla de la virgen del Carmen, un anillo de compromiso, también inservible ya.
- Está todo Señorita Domingo.
- Firme aquí.
Firmó.
Se giró de nuevo para encarar la puerta. Juan dio al botón de apertura.
- Ya acabó todo.
Nicolás asintió apretando los labios.
- Gracias por todo.
Juan se encogió de hombros.
- Nos vemos y tomamos unas cañas.
- Hecho.
Dio unos pasos. La puerta se cerró tras él. Se giró y saludó a Juan con la mano.
Volvió a respirar profundo, sintiendo el frescor de la mañana. Sintiendo la fuerza, la libertad, sintiéndose ligero por primera vez en muchos meses. Sintiéndose él, sintiendo la vida... la vida de nuevo, una nueva vida porque sentía que su vida anterior había muerto el día que lo acusaron. La vida. Su vida.


Pero de repente se le paró un poco el corazón. Miró a su alrededor y no vio a toda esa gente que estaba allí cuando lo trajeron. No había periodistas, ni estaban los vecinos gritando “Asesino, asesino”. Ahora deberían gritar: “Inocente, inocente”. No estaban los que le tiraban huevos, ni los que le dieron puñetazos cuando rompieron la barrera de seguridad de la policía. No estaban los que le condenaron sin siquiera escucharlo.
No estaban tampoco sus viejos amigos que le dieron de lado, ni su familia que también le dio de lado. Ni su ex-novia que se apresuró a dejarlo, porque no le creyó.
Vio parpadear las luces de un vehículo que estaba aparcado. De él se bajó trabajosamente un hombre mayor, al que le costaba salir del coche. “La malditas rodillas”. Estaba muy delgado y con el pelo blanco. Hacía unos meses no estaba así, y el pelo era todavía oscuro. Desgarbado, encorvado, se le notaba que de repente se encontró con que la vida pesaba mucho más de lo que hasta entonces había percibido. Pesaba la vida y los sinsabores. Sus gafas eran nuevas, aunque no lo parecían. Aparentaban recicladas.
De la otra puerta bajó un hombre mucho más joven. Se apresuró a dar la vuelta al vehículo para ayudar el hombre mayor. Éste lo miró brevemente para darle las gracias. Dirigió su mirada hacia...
- Nico.
Se le trabó el habla. El llanto le llenó por completo. Abrió los brazos esperando a su hijo. Nico soltó la pequeña bolsa de deporte en la que llevaba sus mudas y algún recuerdo de la cárcel y corrió hacia su padre. Se apretaron en un abrazo fuerte, muy fuerte. Parecía que las pocas fuerzas que le quedaban las estaba empleando en ese abrazo.
Lloraba.
Nico también lloraba.
Su padre se separó un instante para ver de cerca a su hijo.
- Estás muy bien, Nico.
- Qué mentiroso eres papá.
Se miraban como si no se hubieran visto en la vida. Como si estuvieran aprendiendo de nuevo como eran, leyendo en el interior, sintiéndose juntos como quizás hacía muchos años que no lo hacían.
Quizás desde que Nico era un bebé y su padre lo acunaba por las noches. O desde que a los tres años le llevaba de paseo, pero a la vuelta, Nico estaba cansado y se negaba a dar un paso y su padre lo cogía amoroso en brazos y lo llevaba de vuelta a casa, mientras murmuraba:
- Lo que pesa este chico ya.
Luego se enfadaron y Nico se fue de casa. A los veinte.
- Manuel.
Su padre se apartó para que Nico pudiera saludar a su amigo.
- Perdóname.
Manuel abrió los brazos para saludarlo. Se dieron un abrazo más tranquilo, sin confianza. Manuel todavía recordaba cuando un día, hacía muchos años, le dio un beso en la mejilla, se le escapó, no pudo remediarlo, y Nico se separó de él con mucho aparato gestual y le dijo:
- Sin mariconadas.
Nico se dio la vuelta y se apartó. Fue el último día en que salieron con el mismo grupo de amigos.
- Gracias por cuidar de mi padre.
- No tienes por qué darlas. Tu padre... es como si fuera mi segundo padre.
- ¿Dónde está el resto de la gente? ¿No se han enterado de que soy inocente?
Su padre se rió con mucha pena.
- Lo han dicho en la tele, en la radio, en el periódico. Se han enterado – sentenció.
- Pero como de pasada, no te creas – apuntó Manuel.
- ¿Y los periodista que me lincharon en sus medios? ¿No han venido a ver mi liberación?
Giró sobre sí mismo, con los brazos abiertos, mirando en derredor.
- ¿Y los vecinos?
- ¿Y los amigos? ¿Dónde están mis amigos que me tiraron mierda de perro cuando me llevaron al juzgado?
- Creían que asesinaste a la chica. Ya se irán acercando.
- ¿Ahora?
- Natalia vino a pedir perdón el otro día.
- Esa es la que te rompió las gafas con una pedrada ¿No papá?
Su padre asintió despacio.
- Cuanto corrieron todos para condenarme. Ninguno dudó ni por un momento que yo pudiera ser el asesino. Ni un momento.
- No te amargues, Nico. Hoy debes estar contento.
- Y lo estoy, papá.- tragó saliva y apretó los puños – lo estoy.
De repente se dio cuenta de una cosa. Se giró hacia Manuel.
- Hablando de perdón, quiero pedirte perdón. Estos meses he tenido tiempo de recapacitar y de ser consciente de lo injusto que he sido contigo. Eres el único que podría haberme dado de lado con razón y has sido el único que has estado ahí.
Nico se arrodilló delante de Manuel.
- Por favor, que vergüenza. Somos amigos, levántate, por favor...
- Así es como me siento, Manuel, avergonzado. Te desprecié hace años y tú me has pagado creyendo en mí y cuidando de mi padre.
- Somos amigos, Nico. Solo he hecho lo que debía hacer. Estar con mi amigo, con mi otra familia. Y te conozco y sé que no eres capaz de hacer algo así.
- Aún así, te pido perdón. Fui injusto contigo y tú me has demostrado día a día lo injusto que fui, lo canalla. Eres al único al que he hecho daño de verdad y has estado de mi parte siempre.
- Vale, vale, te perdono, pero levántate, joder, que es un palo si nos ven. Tú ahí de rodillas. Que vergüenza.
Nico sonrió y se levantó.
- ¿Y si vamos a celebrarlo?
- En eso habíamos pensado. ¿Vamos al Mesón Juan XXIII a comer? He pedido un menú especial.
- Vamos, pues, me muero de hambre. La comida de la cárcel es una mierda.
- Vamos.
Cuando el padre iba a montarse en el coche, se acordó.
- A lo mejor quieres llamar a Esther. Me llamó ayer para preguntar...
Nico volvió a endurecer su mirada.
- Esther es pasado. Lo único que quiero es que me devuelva el anillo. Nada más. Me tiró como una puta colilla, no hace falta que me recoja. Vosotros sois lo único que me importa.
A su padre se le volvieron a humedecer sus ojos.
- ¿Quieres que conduzca yo?
- ¿Que te has pensado, que no puedo hacerlo? Soy mejor conductor con mis años que lo que tú serás nunca, chaval. Este coche solo lo conduzco yo.
- Vale, vale – levantó las manos para aguantar la avalancha de improperios. - No he dicho nada. Pero vamos, que al paso que vamos... ¡vamos! Que me muero de hambre.
- Juventud, siempre corriendo. Luego os cansáis y los viejos os debemos coger en brazos.
- Pero mira como las tira el viejo. Desde los tres años me la tiene guardada.
- Vamo, vamo, vamo, decías. Vamo... pero luego en venimos, en brazos de papá.
- Y papá ya era viejo y bla, bla, bla...
Manuel se echó a reír con ganas viendo las caras que ponían los dos.
- Vamos que se enfría la comida – apremió Nicolás.
- ¿A que os quedáis en tierra?
Al final entraron en el coche y arrancaron. Al dar la vuelta, Nico, que había montado en el asiento de atrás, se dio la vuelta para despedirse de la cárcel.
Y una lágrima se le escapó al pensar que durante unos meses creyó que no podría salir de allí en largos años. Y pensó también en los amigos que dejaba allí. Amigos algunos que seguro darían la cara por él, como no la habían dado los de su barrio, los amigos de su infancia, los que creía su gente, por los que dejó a su familia cuando tenía veinte.
- Vamos – murmuró girándose para mirar al frente. - Vamos.
Y puso sus manos en los hombros de su gente, de su padre y de Manuel, su amigo. Y les apretó. Y se sintió bien.



lunes, 29 de septiembre de 2014

8 hombres negros sin piedad.

Y no tienen piedad porque nos hacen soñar con sus cuerpos, con sus abrazos, con sus besos. Nos hacen soñar con recorrer sus cuerpos con nuestras manos, besar sus pechos, su cuello, sus piernas, sus pies.








domingo, 28 de septiembre de 2014

Abandonado.

Así parece este chico. Abandonado en un almacén.
Pero seguro que tú vas a hacerle compañía...
Este chico, es otro chico Rey. Gracias Rey.









Me gusta este chico.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Fotos en pareja.

Están de moda los selfies. O las fotos amateur de toda la vida, en caso de desnudos. O las de "Aquí estoy, ¿me compras?" de los perfiles.
Pero estas fotos, si las sacas con tu chico, mucho mejor. y si las sacas dando envidia, en plena faena, seguro que tu ex se tirará de los pelos, porque tu nuevo chico, está más bueno.








Selección de Rey.

Una nueva selección de chicos guapos, fotos con arte. Para alegrarnos por los placeres que nos da la vida.













viernes, 26 de septiembre de 2014

jueves, 25 de septiembre de 2014

La vida y el teatro.

Es un buen tema. Pero hoy no podrá ser. Otro día hablaremos de ello.
Es que me voy al teatro y quería daros envidia.