sábado, 25 de junio de 2011

¿Amigos? ¿Y si...?




- Me lo he pasado muy bien, Sergio.
- Se me ha pasado el tiempo volado...
- ¿Cuándo repetimos?
- Te doy un toque. Cuando tenga un hueco, te llamo.
- Podríamos ir al Teatro.
- Estaría guay... ya me has picado... a ver si podemos el jueves. Hace mil que no voy, con lo que me gusta.
- Llámame entonces – Joan se va alejando de Sergio haciendo el típico signo con los dedos del teléfono. - Pero llámame, que parece que hubieras perdido el teléfono.
- Hecho.  Te llamo, te llamo. siempre te llamo, no te quejes ¿O no? Vete mirando que obras hay.
- No me hagas hablar... Abur. - se despidió de Sergio levantando la mano y meneando la cabeza de lado a lado, para indicarle que no estaba muy de acuerdo con esa última afirmación.
Joan, se gira finalmente para seguir su camino hacia casa. Lleva una sonrisa imperceptible en los labios. Lo ha pasado bien esa tarde. No ha hecho nada especial, simplemente ha estado charlando con Sergio, un amigo de la Cruz Roja. Al menos ahí se conocieron.
Joan y Sergio se conocieron cuando se encontraron en el voluntariado de la Cruz Roja. Los dos se habían apuntado hacía poco tiempo, y se encontraron en una reunión, en la que se sentaron juntos. Rápidamente congeniaron. Un día al salir del Centro, se fueron a tomar unas cañas juntos. A partir de ahí, fueron intimando cada vez más.
Sergio un día, estaba apagado. Él de natural era un chico muy animado, muy locuaz, con una alegría contagiosa en cada pequeña cosa que hacía. Pero ese día, parecía el enterrador del pueblo. Al salir de la reunión de ese día, como habían cogido por costumbre, se fueron a tomar algo. Tras la segunda caña, Sergio se confió a Joan. "Mi novio me ha tirado al cubo de la basura, el imbécil de él. Se creerá más guay que os demás el putón verbenero ese". Bueno, enseguida aclaró que no era exactamente un novio, sino un... lo que fuera. Joan al principio se quedó un poco sorprendido. El que le hubiera soltado como si nada que tenía novio... fue como un shock. Después de la sorpresa, poco a poco, mientras escuchaba a Sergio, le invadió como una sensación de libertad. Él también era gay, pero nunca se hubiera atrevido a soltarlo así... y menos a alguien que, en un principio, no era demasiado cercano. No pudo evitar, y armándose de valor, de preguntar:
- Entonces, Sergio ¿eres gay?
Sergio de repente se le quedó mirando. Estaba como estudiando su mirada, su expresión. Deseaba ver si, eso era un problema para su nuevo amigo. Pero Joan puso en su cara el mejor gesto inexpresivo del que era capaz, tras mucho entrenar desde pequeño. Y lo hacía muy bien.
- Sí lo soy – contestó al final Sergio - ¿Es un problema para ti? - se animó a preguntar.
Joan rompió su inexpresividad rápidamente.
- No, no, al revés.
Se calló de repente. No sabía si seguir hablando. Al final, lo hizo.
- Yo también lo soy. Soy gay, digo. Pero me ha sorprendido tu forma de decirlo. No... no estoy acostumbrado, perdona si te... bueno, ya me entiendes, si te he incomodado.
Se quedaron los dos mirando a la mesa. No se atrevían a levantar la vista, no querían comprobar en el otro la reacción que podían haber causado esas confidencias o las reacciones que cada uno había tenido con la franqueza del otro. Al final Sergio fue el que habló.
- Vaya. No me lo esperaba.
Sergio se quedó pensando un momento en la bobada que acababa de decir. Pero también estaba sorprendido. E intuía que, para Joan, el hecho de ser gay, no era una cosa que tuviera asumida del todo, o al menos no estaba acostumbrado a mostrarse tal y como era.
A partir de ese día, todavía fueron intimando más. Sergio le contaba sus aventuras, o intentos de aventura, y Joan le contaba su falta de ellas. Y sus miedos.
Pero un día pasó. Se fueron a dar un beso en la mejilla para despedirse... y al final se dieron un pico. Joan sintió como una descarga eléctrica. E intuyó, por la cara que puso Sergio, que a él le pasó algo parecido. Fue consciente de que entre los dos había algo más que amistad. Algo que había nacido sin estridencias, sin fotos, sin flechas ni canciones especiales.



Se despidieron aquel día. Y Sergio estuvo perdido una semana. No contestaba al móvil, ni los mensajes. Pasada la semana, le llamó. Le pidió perdón... le dijo que había estado muy liado, y que no pudo sacar tiempo para hablar con él como se merecía. Y por eso no le había llamado. Quedaron para unos días después. Irían a cenar, y luego a una sesión de Jazz que había en un local que solían frecuentar. Joan quería ir de marcha... pero a Sergio le pareció mejor ese plan. Estaba cansado... bla... bla... bla.
Lo pasaron genial. Los dos estuvieron muy a gusto. Se saludaron como siempre, con un beso, esta vez bien dirigido. Hablaron de lo divino, de lo humano... rieron, cotillearon... Sergio le contó las novedades de la Cruz Roja, porque Joan había dejado de ir hacía tiempo, pero Sergio no. Al final se hizo tardísimo, y se despidieron. Quedaron en llamarse un par de días después... pero pasó lo mismo. Sergio, durante algo más de una semana, no dio señales de vida. Y la historia se repitió cada vez que quedaban.
Joan fue consciente de ello, en la cuarta ocasión que pasó. Cada vez que quedaba con Sergio, había un periodo largo en que no podía hablar con él. Primero pensó en una casualidad, o en que Sergio se lo pasaba mal, o que tenía un ligue... y no se lo quería contar... Pero al final, era evidente que Sergio se encontraba a gusto con Joan, incluso muy a gusto. Lo decía, lo repetía... y se le notaba en la mirada. Pero siempre tras quedar, había como un período de cuarentena.
Quizás Sergio lucha contra ese sentimiento que, aquel día, ese beso mal dirigido había desencadenado. Joan era consciente cada día, que le amaba... pero tenía miedo de que, si decía algo, se quedaría sin nada, sin amor, y sin su, cada vez más, mejor amigo.
Sergio luchaba contra sus sentimientos. Cada vez que salía con Joan, volvía en una nube: estaba tan a gusto con él... pero al día siguiente, al levantarse, mientras se duchaba, se repetía hasta aburrirse que eso no podía seguir ese camino. Que Su amigo Joan, era solo un gran amigo, nada más.  Joan, no era lo que se había imaginado como pareja. Y de momento, esa imagen idealizada, era una barrera insalvable que no quería traspasar. Y de momento lo estaba consiguiendo. Aunque para ello tuviera que encerrarse en casa, y aburrirse mirando cualquier programa tonto de televisión. Dándole vueltas y vueltas al teléfono, pensando en marcar, o en no hacerlo. Buscando su teléfono, y des-buscándolo.  No, Joan no era para él, se repetía. Pero cada vez soñaba más con él, cada vez le excitaba más, era solo imaginárselo desnudo y... Pero no. No. No. Se lo repetía una y otra vez. No era lo que tantos años había buscado. "No quedaría más con él" se repetía una y otra vez. Pero... al cabo de unos días de no verlo, no lo podía soportar más, y... le llamaba.
Joan, lo único que hacía, era llorar cuando no le veía nadie... y esperar que, algún día, Sergio dejara de luchar contra sí mismo. O lo que fuera.
Al fin llegó a casa. Subió en el ascensor. Entró y se fue directo a su habitación. Se desnudó lentamente. Y se metió en la cama. Hoy podría dormir bien. Tenía reciente el recuerdo de la tarde con Sergio. Mañana... y el jueves, cuando comprobara que una vez más Sergio había hecho mutis, otra vez empezaría con las lágrimas, unas mojadas y otras secas.

Hoy en "El rincón de tatojimmy":


La vida es impredecible, sinuosa (2)
Ahora que pienso...
Una buena mañana para correr (58)
Pongámonos serios: hablemos de depresión.

1 comentario:

  1. Yo siempre he sospechado que todo sería más fácil si fuéramos capaces de hablar con claridad, pero no... Y así nos va.

    Un abrazo.

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