lunes, 6 de junio de 2011

Corro



Estoy desnudo frente a la vida, frente al mundo. Siento que soy muy pequeño, muy pequeño... y que estoy indefenso. Miro a mi alrededor y no veo nada ni nadie en dónde me pueda refugiar. No encuentro unos brazos que me sirvan de techo, ni unas paredes que me abracen y me hagan sentir tranquilo y seguro.
Corro... corro calle abajo. Mis pies desnudos apenas se posan en el suelo. Miro a mi alrededor y veo pasar las tiendas, los coches aparcados, las luces de las farolas... aunque es de día, no deberían dar luz las farolas. ¿Por qué entonces veo el reflejo de su luz? ¿Por qué no veo la luz del sol?



Corro. Corro como si me persiguieran. Me giro: no hay nadie. Mis pies desnudos no sienten el frío de la calle, ni el agua de los charcos, ni la nieve que se acumula en los laterales de la calle. Corro... pero no hay nadie detrás. Siento que me persiguen ¿por qué? ¿Por qué tengo miedo de que me alcancen sino hay nadie?
Corro. Y no me canso. Ahora debería estar doblado sobre mi eje, tosiendo como un tuberculoso, después de días sin parar de correr. ¿Los tuberculosos tosen? Eso dicen los libros. Es muy literaria la tuberculosis, y los tuberculosos. La lluvia también es muy literaria, y las huidas. La vida es muy literaria. Y la muerte. Corro... huyo de mí, de la literatura, de la vida. ¿de la muerte? Corro desnudo, sin nada ni nadie en dónde guarecerme. Sin una tela que mitigue mi vergüenza. Sin unos brazos que me acojan. Sin alguien que me diga una palabra bonita, o que respire a mi lado.
Nadie.
Nada.
Silencio.



La calle está vacía. Como la vida. Corro... ahora ya nada se mueve. La tienda de la esquina es la misma tienda en la misma esquina que hace unos minutos. Minutos que pudieron ser una vida. O una vida que son apenas unos pocos minutos. Minutos que sobrevuelan esa vida que es una continua carrera, sin mucho sentido la mayoría de las veces, ni la vida, ni la carrera. Corro... y no me muevo. Corro desnudo... y no siento el aire, ni la lluvia. No siento mi cuerpo. No siento la desnudez. No la siento porque nadie la ve. Nadie me ve. Porque nadie me mira. Porque... ¿existo?
Corro. No sé por qué. Lo juro, no lo sé. Quizás huyo de mi, o de mis sueños. Quizás huyo de la vida, o de mí mismo. De mi desnudez, de mi vergüenza. O de ese nadie que no me siente, que no me escucha, que no me palpa.
Ese nadie que ni me ve.
Porque no me mira.
Nadie, nada... silencio.
Todo es literatura. La vida es literatura. ¿Corro pues, huyendo de la literatura?
La literatura no me mira, no me palpa, no me escucha. Como tú.
Silencio.
Corro, luego huyo, mas no veo la meta ni el refugio. Ni siento una respiración a mi lado. Corro... sin cansarme, porque sabes, estoy agotado.
Nada ni nadie.
Silencio.
¿Lo escuchas? Pon atención...
Es el silencio... nada ni... nadie.
Soy tan pequeño en la inmensidad del silencio... estoy tan indefenso...

2 comentarios:

  1. ¡Uau! ¡Qué preciosidades!

    Me has recordado las pesadillas de mi infancia, en que huía despavorido aunque no me persiguiera nadie, unas veces sin moverme de sitio, otras volviendo una y otra vez al mismo sitio… Aunque no me avergonzaba ir desnudo, sino de ir en pijama…

    Ya sabes como me gusta tu “literatura”.

    Un abrazo.

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  2. PFE, tendrás que contarnos un día, qué dibujos llevabas en el pijama...
    ejem
    :p

    besos.
    muchos.
    envueltos

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