jueves, 4 de agosto de 2011

Cuento de Navidad: capítulo 3.


Se fueron a cambiar de ropa. Estrenaron algunas de las compras de la tarde. No dejaban de mirarse todos en cuantos espejos encontraban en su camino. Hacía tiempo que no habían podido estrenar ropa nueva.


Eusebio le agarró a Miguel por detrás, y le besó en el cuello. A Miguel le dio un calambre de placer que le recorrió todo el cuerpo.
- Estás guapísimo, Migue.
- Tú no estás mal tampoco…
- Dejad de haceros arrumacos, que llaman a la puerta.
Llegaron los vecinos. La señora traía unas cosillas para añadir a la cena. Unas perdices escabechadas por ella, un Besugo recién sacado del horno, y unas trufas caseras. La pareja no dejaba de mirar con admiración el cambio que había dado en apenas unas horas su vecino. De estar lanzando espumarajos por la boca, a esas miradas de complicidad que echaba a Miguel a cada momento. Parecía que se había quitado 15 años de encima.
Llegó el doctor. Éste llevó un par de botellas de champán.
- Fue un regalo de un paciente. Qué mejor momento que hoy para abrirlas.
Las abrieron inmediatamente. Y una botella de Casera de manzana para David. Raúl, haciendo un esfuerzo supino, acompañó a su hermano con La Casera manzana. Ya le hubiera gustado echarle un tiento al champán ese… ¡Qué guapo estaba su hermano mayor! Era la primera vez que le veía así de feliz, desde que murieron sus padres. De hecho, posiblemente mucho antes de eso.
Por fin llegaron el resto de los invitados. La hermana, su marido y sus hijos. Matildita, Julián y Ana.
Enseguida Raúl y David, se hicieron amigos de las pequeñas. Julián se le notaba que estaba a disgusto. Debía ser consciente que estaban allí para conseguir que su tío rico pagara la carrera que quería estudiar.
- Hermanita, coge una copa.
- Creo que no la conviene beber en su estado – dijo el doctor.
- ¿Cómo…?
- Hermanita ¿estás embarazada?
Su marido se quedó mirándola. No sabía nada. Los niños gritaron alborozados… ¡¡Un hermanito nuevo!! Matilde no sabía dónde meterse.
- ¡¡Enhorabuena!!
Eusebio besó a su hermana. Abrazó a Juan, su cuñado.
- ¡¡Qué callado lo tenías perillán!! – le dijo tirándole suavemente del papo.
- Ya ves… en realidad me acabo de enterar…
- Va, venga, no disimules.
- Brindemos por el nuevo miembro de la familia.
- ¡¡Por Oriol!! – Gritó David.
- ¿Oriol?
- Me gusta…
- A mí también. Oriol, si es chico. – Juan aprovechó para marcar un tanto a su mujer. Con los otros, no pudo ni opinar sobre el nombre.


Se sentaron en la mesa baja a tomar unos aperitivos. Raúl y Miguel dieron los últimos toques. Julián se animó, y les ayudó. Los peques acabaron de poner la mesa.
- ¡¡A cenar!!
- ¡¡Biennnnnnnn!!!!
Se fueron sentando. Poco a poco todos se relajaron. Reían… hablaban… Eusebio se levantó y puso un poco de música navideña, muy bajita…


Miguel se cruzó con él. Se quedaron mirándose unos segundos, y se dieron un beso en los labios. Sonrieron, y cada uno se fue a su sitio. Matilde se había relajado… Juan había dejado de lado la certeza de que el hijo de su mujer no era suyo… El doctor no echaba de menos a su mujer, de la que se había divorciado hacía unos meses. Teresa y Manolo, los vecinos, olvidaron que sus hijos estaban uno en Cádiz y otro en NY, y no había podido venir a pasar estos días con ellos. David reía de esa forma que solo saben reír los niños,. Raúl no dejaba de mirar a su hermano mayor… estaba orgulloso de él… Y Eusebio… no recordaba ya como era apenas hacía unas horas…
El centro de la mesa se fue renovando…
Los platos se fueron vaciando…
Las copas se llenaban, se vaciaban, se volvían a llenar…
Los niños se fueron a otra habitación a jugar…
De vez en cuando se escuchaban carcajadas…
La cena había estado estupenda. Matilde no dejaba de elogiar a los cocineros…
- ¿Ves Filomeno? Era posible este cambio…
- Señor, es que era muy difícil…
- Parece mentira que una eternidad haciendo de ángel de la guarda, en misiones navideñas, y no sepas de lo que es capaz la Navidad.


- Señor, Esta misión ha sido la más difícil. El Eusebio éste parecía un caso perdido. Y la Matilde esa… y los pobres hermanos, tenían las cosas muy crudas. Miguel estaba pensando en…
- En nada, Filomeno. En nada. Miguel hubiera sacado adelante a sus hermanos estupendamente. La vida, Filomeno, la vida. A veces las circunstancias nos cambian. Eusebio era un chico alegre y feliz. Los hermanos perdieron a sus padres en accidente, y su familia no quiso hacerse cargo.
- Pero – interrumpió el ángel – ¿Se casarán Miguel y Eusebio, Señor?
- El tiempo lo dirá. Pero yo creo que sí.
- ¿Y eso no irá en contra de Vd. y de su doctrina?
- No has aprendido nada Filomeno. No va en contra de mí. Yo soy amor. Por encima de todo.
- Pero la Iglesia…
- La Iglesia no soy yo. Ni mucho menos yo soy la Iglesia o sus dirigentes.
- ¡¡Ahhh!!
Filomeno parecía que lo había entendido, pero en realidad no se había enterado ni papa. Pero no quería que el Señor se volviera a enfadar con él.
- ¿Y el hijo de Matilde?
- Serán trillizos. Oriol, Diego y Sergio.
- ¿Y el marido?
- El marido ya ha decidido no callar. Y cuidarles como si fueran sus hijos. Los hijos no son un espermatozoide. Son algo mucho más. Y él ya les quiere como nadie les podrá querer.
- ¡¡Ahh!!
- Filomeno, no entiendes nada. Pero para eso está la fe.
- ¡¡Ahhhhh!!
- Solo recuerda que yo, soy Amor. Amor verdadero. Sobre todas las cosas.
- ¿Y me quieres a mí también?
- Sí Filomeno, y eso que a veces me lo pones difícil.
- ¡¡Ahhhhhhh!!!
Filomeno y el Señor, miraron otra vez hacia la Tierra. Y vieron como Miguel se había quedado dormido sobre el hombro de Eusebio. Y David y Raúl pasaron de puntillas hacia su habitación… para no despertarle.
Eusebio casi ni respiraba. Solo miraba hacia el cielo. Y daba gracias a ese hombre que había visto en un momento, en la escalera, cuando hablaba con su hermana por teléfono, y que, no sabía muy bien por qué, intuía que le había provocado ese ataque de ansiedad… Y Miguel soñaba en ese hombre de traje blanco que le había susurrado al oído que debía subir otra vez a buscar su teléfono… teléfono que no tenía conciencia de haber perdido en ningún momento…
Y Matilde, de vuelta en su casa, miraba por la ventana, con una copa de cava en la mano, aunque no le convenía, y pensaba en ese hombre de traje blanco que le había seducido hacía unas semanas… Que un observador imparcial hubiera dicho que era el mismo que le había soplado en la oreja a su marido en la casa de Eusebio… y que había conseguido que la furia que sentía en su interior en los últimos tiempos, desapareciera como por ensalmo. Y en ese momento decidió disfrutar de sus hijos por nacer, como no lo había hecho de los anteriores.
Y Filomeno, se sentó en una nube a descansar, hasta que el Señor le encomendara otra misión en la tierra… pero aunque no entendía nada, estaba feliz… sip.

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