jueves, 7 de julio de 2011

La vida es impredecible, sinuosa (1).

La vida es impredecible. Nunca sabes por dónde te va a sorprender. Lo que ayer era blanco, hoy puede ser negro. Los amigos de hoy, mañana podrán chocarse en una estrecha acera, y hacer que nunca se han conocido, ni tomado un penúltimo chupito a las 8 de la mañana, en la playa, los dos desnudos y contando entre risas su última aventura amorosa.



Hoy puedes tener la vida solucionada, y mañana tener problemas para comprar un kilo de macarrones que te permitan comer durante toda la semana, con un poco de salsa de tomate, para darle color.
Hoy puedes estar a punto de morir. Y ayer reías feliz con tus amigos.


O puedes volver a notar que tu corazón bombea sangre, después de pasear tu cadáver por la vida durante 40 años.
Me gusta observar a la gente. Puedes imaginarte muchas cosas. Ahora por ejemplo, tengo delante de mi a dos chicos. Mira distraídamente por la ventana, uno; el otro, tiene la vista perdida en el suelo. Llevan sentados media hora sin apenas decir palabra. Ayer a lo mejor hablaban interrumpiéndose continuamente el uno al otro, de tantas cosas que tenían que contarse. Reían, bromeaban el uno con el otro. Se contaban sus secretos, y también lo que habían leído cuando fueron a ver libros al mercadillo de los domingos. Pero hoy, no tienen nada que contarse. Y sus caras indican que no lo van a tener en un futuro cercano. Sus silencios no son enriquecedores, son asesinos.



Una señora está sentada en una mesa apartada. Pelo lacio, canoso. Su media melena la recoge con un par de horquillas a los lados, que dejan a la vista sus orejas. Piel aún tersa, aunque no puede disimular los años, ¿60? Tiene un aire señorial en la pose, aunque nada de sus complementos, ni de su ropa, ni de su aliño, la acompañan. Abre su cartera y mira una foto. Una chica joven, y un chico. Sonríen. Ella está en medio. Sonríe también. Ellos apoyan su cabeza en la de ella. Son sus hijos. Él murió hace un par de años de sobredosis. Ella se fue lejos.
La señora murió un poco ese día en que un psicólogo del hospital la llamó para avisarla. Desde ese día, ella repasa en esa esquina, la vida que no tuvo con sus hijos. Las veces que le pidieron que les hiciera ese pastel que tanto les gustaba, de chocolate blanco, pero que ella, ocupada en sus relaciones, en su vida, en los amigos, en la ropa, en sus joyas, no les hizo. Cuenta los días en que vio a su hijo triste y preocupado, porque ella lo notaba, porque esas cosas las nota una madre, pero que pospuso el preguntarle, el hablar con él, el abrazarle, aunque la rechazara, “qué pesada eres mamá”, porque ella sabía que aunque le dijera eso, su hijo lo necesitaba, necesitaba ese abrazo, porque esas cosas las nota una madre. Cada día recuerda, dando vueltas al café, en esa mesa apartada, la primera vez que vio esa expresión de odio de su hija, de culpabilidad. Y cada día algo se rompe en su espíritu.
La señora ya no tiene vida social, ni se pone joyas, ni se pinta los labios con ese rojo pasión que desde niña le había gustado. Ya no tiene a quién hacer el pastel de chocolate blanco, que tantas veces evitó hacer. Aunque ahora, todos los días hay una tarta de chocolate blanco encima de la mesa de la cocina de su casa, y otra tarta en la basura, intacta, perfecta, al lado de las hojas feas de lechuga que todos los días quita, para hacer la ensalada que es su casi único alimento.
La señora un día vivía, pero ya solo es un muerto que anda, hace tartas, toma un café sentada en una esquina de la cafetería de enfrente de su casa. Y come ensaladas.
Su hija se fue. Ella espera que vuelva. Es su esperanza para dejar de estar muerta.
Dos chicos entran. ¿22? El rubio empuja al castaño. El castaño se da la vuelta y le levanta la mano haciendo amago de darle un golpe en la espalda. Pone cara de enfado, pero es pura comedia. El otro pone cada de miedo, pero es puro teatro.
Se sientan. El castaño pasa la mano por la cara del rubio. El rubio la aparta enfadado. Pasan dos minutos. El rubio pasa la mano por la cara del castaño. Éste se enfurruña: pura comedia. Ríen, hablan atropelladamente. Los chicos de la mesa de al lado, los callados, les miran con envidia. El que miraba a los pies se levanta, y coge sus cosas. El que miraba por la ventana, le imita. Se miran de reojo, y se van cabizbajos. Uno de ellos mira de reojo a la pareja que acaba de llegar. Una nube de envidia empeña su mirada.



Los chicos parlotean. Siguen con sus juegos, con sus roces, se pegan, se ofenden, y vuelven a empezar. Se miran. Hablan de sus ligues. El rubio echa en cara al otro que está colado por Adrián. El castaño contraataca, y le pica con Lázaro. El castaño aprieta la cara del rubio, y éste le golpea suave en el estómago.
Ellos no lo saben, pero mañana, serán pareja. Una mirada me hace cambiar el diagnóstico: sí lo saben, pero no quieren saberlo. ¿Contradictorio? Como la vida misma.
Y quizás pasado mañana, el rubio y el castaño salgan cabizbajos de esta misma cafetería, cuando una pareja como ellos hoy, entre alborotando, y se sienten en la mesa que hoy ocupan.
Pero sabes, mi amor, los chicos que se fueron con el rabo entre las piernas, mañana, volverán a ser felices. Lo he visto en sus ojos al irse. Porque se quieren. Y pasado mañana, volverán a reír. No será de la misma forma que al principio. Reirán de esa forma que lo hacen los que ya saben que se quieren, y sobre todo, saben por qué se quieren.
Cierro el periódico, y me levanto.
Hoy estoy escribiendo yo, quizás mañana, sea otro el que escriba. Y se imagine mi vida cuando me vea pasar con mi bandolera y mi bastón, al lado de la mesa en donde toma una piña colada, y escribe en su Black.
La vida da muchas vueltas. Es impredecible.
Quizás sea yo el que juguetee con otro chico. Y no me entere que va a ser mi chico. Y seas tú quien me mire, y lo sepas. Y a lo mejor, lo escribas en tu blog, o a lo mejor en un libro. O quizás te acerques a la mesa en donde estamos, y nos felicites por nuestro próximo matrimonio.
Cierro el portátil.
Mañana será otro día. Y quién sabe, a lo mejor es “el día”.
¿Qué día preguntas?
El día de la esperanza, del amor fraterno, de los abuelos, de los príncipes azules, de los amores imposibles, de los amores posibles, de la alegría, del apoyo, del amigo, de la ironía, de la tristeza en proceso de erradicación, de la conquista del corazón perdido, o de “aquí está mi mano y mi hombro, para lo que gustes”.
“El día”.

2 comentarios:

  1. Esas reflexiones tuyas me dejan sin habla, una realidad irrefutable expuesta con gracia y sensibilidad, de forma amena, cargada de anécdotas de todos los tintes y colores… Con un final esperanzador. Una auténtica perla.

    Me quito el sombrero ante vos, maestro.

    Un abrazo.

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  2. Dime si no es la imprevisibilidad del momento siguiente, lo que da a la vida esa fuerza dramática, que engancha con tanto poder...
    Claro que para nuestras mentes ansiosas de seguridad y certidumbre, es la fisura por donde el miedo nos esclaviza tan a menudo... a no ser que se asuma el cambio como una ley inevitable...

    Me gusta que no seas previsible en tus escritos. Como la vida misma: una aventura compartida.

    Besos.

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