lunes, 1 de agosto de 2011

Cuento de Navidad: capítulo 2.





Capítulo 2:

La campanilla del ascensor sonó. Se abrieron las puertas.
- Se habrá caído por aquí, cuando te he cambiado de brazo.
- ¡Mira!
No, no, no era posible. No quería que le vieran en esa situación… relájate, pensaba… “Eusebio, contesta” “¡Puta!”, relájate Eusebio…
- Le habrá dado un ataque… llama a una ambulancia, Migue.
- Joder, no tengo saldo…
Raúl corrió hasta Eusebio. Se quitó su abrigo, lo dobló y lo puso debajo de su cabeza.
- Tranquilo… respira hondo… despacio… ¡¡Un médico!! Gritó…
- Eusebio, no me seas capullo. Soy tu hermana.
David cogió el móvil y lo apagó. Eusebio sonrió.
- Concéntrate en respirar… tranquilo, que no va a pasar nada…
Un hombre subió las escaleras de dos en dos…
- Soy médico, aparta.
Le tomó el pulso…
- Respira despacio, no pasa nada – Raúl repetía una y otra vez…
El médico le tomó el pulso… le escuchó el corazón…
- ¿Le duele algo?
- No… solo de repente he sentido como una opresión en el pecho… me empecé a agobiar… o fue al revés, no recuerdo…
- Tranquilo… como dice mi ayudante, respira tranquilo y hondo… no pasa nada.
El médico miró a Raúl y le sonrió, mientras le pasaba la mano por su pelo, y le despeinaba.
Miguel se agachó y le cogió de la mano. Eusebio le miró, y por primera vez parecía agradecido. David estaba en segundo plano, pero sin dejar de tocar a su hermano…
- Será mejor que entre en su casa y se siente un rato tranquilo. Le convenía tener algo de compañía agradable. Que le distraiga, y le haga pensar en otras cosas. Yo creo que simplemente es un ataque de ansiedad, pero si se repite, convenía que fuera a su médico o que fuera a urgencias para que le miren a fondo.
- ¿Ya está Vd. mejor? – dijo Miguel.
- Sí gracias. Ya estoy mejor.
- Vámonos, Migue – dijo Raúl levantándose del suelo, y dirigiéndose de nuevo al ascensor.
- Sí, vámonos.
- No hemos encontrado tu móvil.
Eusebio se estaba levantando…
- Me parece que es éste.
Debajo de su cuerpo aparecían los restos de un móvil aplastado completamente.
- Vaya. Nos hemos quedado incomunicados… yo no tengo saldo…
- Llama desde el mío – le dijo Eusebio.
- No, bueno, ya nos arreglaremos. Debemos irnos, chicos.
- Sí, vámonos.
Los tres se volvieron hacia el ascensor.
- Yo también me bajo a mi casa. Si necesita algo, llámeme.
- Sí gracias.
- ¿No os quedáis a tomar algo? – dijo al final Eusebio, mientras abría la puerta.
Miguel se volvió.
- No, D. Eusebio. No queremos molestar. Ni que se sienta obligado…
- No digas sandeces. No me siento obligado por nada. Ya deberías conocerme.
- Si se altera así, le va a dar otro panpuflio…
- ¿pan… qué?
- Bueno, que se va a sentir mal – era David quien se explicaba.
- Vale, pero deberías quedarte para vigilarme. Y que no me altere.
David miró a Miguel. Miguel miró a Raúl. Después miró a Eusebio mientras abría la puerta.
- Deja al menos que David vaya al servicio – apuntó resignado Raúl.
David no esperó que contestara su hermano. De repente se acordó que tenía pis, y tenia caca.
- No, no, por ahí no, a la izquierda, esa puerta sí… – indicó Miguel.
Raúl siguió a su hermano.
Miguel se quedó mirando a Eusebio.
- Debería pedirte perdón.
- No, no Eusebio. Soy yo. Me equivoqué con Vd.
- No me trates de Vd. Antes no lo hacías.
- Hoy has marcado territorios distintos a los de otros días. Será que si estoy en pelotas…
- Déjalo, Miguel. No te ensañes. Me he equivocado. No debería haberte dicho esas cosas. Estos días me ponen nervioso… y no he tenido oportunidad de tener “experiencias Navideñas”…
- No, déjalo tú. No me des explicaciones. No debería haber venido, ni siquiera debería haber pensado en que podría convencerte de que nos dejaras vivir en una habitación a los tres unos días.
- Podéis quedaros…
- No…
- Antes dijiste que no estabas en posición de ser orgulloso…
- Pero algo de eso también tengo… algo de orgullo. Y no quiero que vuelvas a decir esas cosas que le dijiste a mi hermano. Ya me desprecia bastante por lo que hago.
- Yo creo que te quiere…
- Sí Raúl me quiere, pero me desprecia.
- Le sacas adelante.
- Chupando pollas.
- Hay que ser valiente para hacer eso. No lo haría cualquiera.
- Pero es denigrante… Una vez me vio, arrodillado chupándosela a un cliente. No me di cuenta, hasta que se corrió por toda mi cara, y al girar la cabeza para que restregara su polla por la mejilla, le vi. Tenía la boca abierta. Vi el asco en su cara. Su hermano de rodillas, chupándosela a un viejo baboso.
- Yo también soy viejo…
- Es distinto. Eran distintas las circunstancias. Era una puta chapa sin glamour, de a 20 Euros, en una esquina. Chupa, chupa y ya. Una polla sucia, asquerosa, que no se la había lavado en semanas…
- Yo he visto en su mirada adoración.
- No… habrás interpretado mal…
- Pasa y quedaros hasta que podáis volver a vuestra casa… ¿qué pasó, por cierto?
- Es largo de contar…
David salió al final del servicio. Seguido entró Raúl. David le contaba con asombro a Miguel como era el servicio de Eusebio. Nunca había visto uno igual… ¡¡en toda su vida!! Hasta calentaba el sitio dónde se sentaba para hacer caca…
Raúl salió después. Se reía junto a su hermano de las cosas que tenía el servicio. Entraron de nuevo los dos para jugar con el chorro de la taza, o con el bidé. O para la ducha hidromasaje. Eusebio les dijo que se ducharan. En un segundo estaban los dos desnudos metidos en la ducha. Miguel les sacó unas toallas, y recogió del suelo la ropa de sus hermanos.
Luego, Miguel fue a la cocina. Abrió el frigorífico, y comprobó, que como siempre en esa casa, apenas había unas cervezas y unos bricks de leche.
- Habrá que ir de compras, no hay nada que cenar.
- Ya sabes que no cocino.
- No te preocupes, Raúl y yo nos encargamos de eso. ¡Chicos! A vestirse que tenemos que ir de compras.
Salieron los cuatro. Pasaron por una tienda de ropa. Eusebio les empujó adentro y les compró ropa nueva a los tres. Miguel no dejaba de protestar. Pero Raúl y David, parecían tan felices… probándose ropa y ropa, pantalones, camisetas, ropa interior, deportivas… la dependienta estaba en la gloria. Parecía que estaba echando cuentas de las comisiones que iba a cobrar por esta super compra. Eusebio pagó, y mandó que enviaran las cosas a su casa. Cuando la encargada puso pegas, por el día… cerró su mano sobre la de ella, dejando un billete en ella. Al verlo, la encargada puso los ojos en blanco y cesó en sus protestas. Ella misma se encargaría.
Fueron al supermercado. En un santiamén llenaron 1 carro. David volvió corriendo a la entrada a por otro carro. Debía preparar una cena aparente de Nochebuena. Y una comida para Navidad. Y de paso pensó Miguel, le llenarían la despensa y el frigo a Eusebio. Aunque se dejaría perder la comida, por no hacerla. Mientras llenaba una y otra bolsa de esas especiales que conservan los congelados, pensaba Miguel en cómo podría haber llegado Eusebio a esa antisocialidad. ¡Qué palabro, pensó! Y el caso es que había momentos en que era muy cariñoso… pero enseguida lo disimulaba, volviendo al sexo duro, bizarro.
- No cojas eso, David, por hoy ya vale.
- Anda, tato, déjame coger estas palomitas… por si ponemos una peli.
- David, no va a haber cine. Recuerda lo que…
- Déjale, hombre. ¿Qué peli quieres ver? – Era Eusebio que traía unas botellas de vino al carro.
- “Solo en casa”.
- ¿Otra vez? No, Miguel, yo no soporto ver esa peli otra vez. Enséñale a tu hermano que se han hecho más pelis… otra vez no… me niego.
- Calla bobo, no va a haber ninguna peli.
- ¿Es buena esa peli? – preguntó Eusebio.
- Es super guay – contestó sonriendo David.
- Super guay… pues sí que debe estar bien.
- No… me niego…
- ¿Tú que quieres ver Raúl?
- El Señor de los Anillos…
- Eso es un peñazo… jo… Migue, dile a Raúl que…
- Callaos los dos, vamos a acabar las compras. No hay cine, así que a callar. No podemos ver ni la una ni la otra. Y las palomitas, a la estantería.
Mientras Miguel colocaba otra vez las palomitas en la estantería, los tres se le quedaban mirando.
- Vamos, que estáis ahí los tres como pasmarotes.
Miguel se puso a empujar uno de los carros, dirigiéndose a la frutería. Raúl mientras en un movimiento rápido, volvió a coger las palomitas, y las colocó otra vez en el carro. Mientras lo hacía, se ponía el dedo en los labios, para pedir silencio, mirando a Eusebio y a David. Los dos le imitaron… pero cuando vieron que Miguel se volvía a mirarlos, se pusieron formales, y los tres echaron sus manos a la espalada.
- Al paso que vamos, cenaremos el año que viene. Raúl, mira que vas a necesitar para la guarnición de la ternera.
- Voy.
Acabaron las compras.
Mientras iban hacia la caja, empezó a sonar la canción… Eusebio se paró, y cogió del brazo a Miguel…
- Escucha Migue, esta canción me persigue todo el día…



- Luego te pongo otra canción. Cuando lleguemos a casa.
- Que bonito ha quedado cuando has dicho “lleguemos a casa”.
- No Eusebio, es una forma de hablar, nada más. Nos quedaremos unos días y luego…
- Podéis quedaros hasta que…
- No. Eusebio. Hace un par de horas nos tiraste una pizza al suelo…
- Ya te he dicho…
- Ya, ya sé lo que me dijiste. Pero… no quiero que vuelvas a cambiar de opinión. Mis hermanos no son bolsas de viaje que se cogen y se trasladan…
- Miguel…
- Ya hablaremos, tranqui…
- Quedaros…
Miguel se dio la vuelta retomando el camino hacia la caja.
Llegaron otra vez a la casa.
Se encontraron otra vez con sus vecinos. La pareja se quedó asombrada del cambio que había dado la situación desde que habían salido. Eusebio al final hasta les invitó a cenar con ellos. El señor se quedó con la boca abierta, y la señora sin saber que responder. Al final quedaron en que pasarían luego un rato antes de cenar. El hombre miró a su mujer y dijo eso de “Es Navidad”. Su mujer se encogió de hombros, y e entraron en su casa.
Mientras Eusebio y David colocaban la compra en su sitio, Miguel y Raúl se pusieron a la tarea de hacer la cena.
Miguel encontró las palomitas para hacer en el micro, y se quedó mirando a su hermano, mientras golpeaba el suelo con uno de sus pies rítmicamente. Raúl se dio la vuelta mientras silbaba una melodía sin nombre.
- Le has prometido a Eusebio que le ibas a poner no sé que canción…
Miguel fue un momento al salón, para poner la canción en el equipo.

Prepararon unos canapés. Unos bocadillitos de ibéricos. Prepararon una gran ensalada. Pusieron los patés… tostaron pan… mientras la aleta rellena se iba haciendo en el horno. Con unas verduras de guarnición. Tomates, cebollas. Espárragos verdes. Hicieron puré de patata.
De postre, hicieron una tarta de queso. Desde que murieron sus padres, no la habían comido.
Llamaron a la puerta.
Fue Raúl a abrir.
- ¿Y tú quien coño eres?
Raúl apenas tuvo tiempo de apartarse.
- Eusebio. Esto no puede seguir así… ¿eh?
Matilde, la hermana de Eusebio se quedó con la boca abierta. En el sofá vio a su hermano jugando con una consola con un niño de no más de 8 años. Y reía.
- Hola Mati. ¿Juegas?
Matilde abrió más la boca. Raúl atento a la jugada, fue a la cocina a por un vaso de agua.
- Eres un cabr…
- Beba un poco de agua, señora.
Matilde agarró el vaso de agua con las dos manos, y lo acabó de un trago.
- Raúl, hombre, haber sacado a mi hermana un poco de cava.
- No fastidies, si se lo hubiera bebido de un trago, como el agua, a lo mejor acabamos llamando otra vez al médico de abajo.
- ¿Médico?
- Sí, va, es que a Eusebio le dio un ataque de ansiedad. Alguien que le chillaba por teléfono le puso nervioso y…
- Niño, era yo la que…
- ¡Ah! Voy a preparar la cena… ejem.
Y Raúl se fue en un suspiro a la cocina.
- David, vete un rato a la cocina a ayudar a tus hermanos a hacer la cena. Debo hablar con mi hermana.
- Pero… ¡Ah, vale! Sobro.
Y David se fue refunfuñando pensando en que nunca iba a estar tan cerca de batir el record del juego…
- Matilde, siéntate.
David, llegó a la cocina. Miguel cerró la puerta. Empezaban a escucharse unos gritos histéricos de la hermana de Eusebio. Y no quería escucharlos.
Se pararon un momento y vieron que habían hecho comida para un regimiento. Ojala al final pasaran los vecinos.
- Se podría quedar la hermana de Eusebio, así…
- Quita, quita. Se odian. Nos aguaría la cena…
- ¿Os acordáis de papá y mamá? Ahora estaríamos cantando villancicos…
Raúl se dio cuenta que había metido la pata. Miguel se dio la vuelta… seguro que estaría llorando… Hacía ya casi dos años que murieron en aquel accidente. Raúl sabía que Miguel había tenido que hacerse el duro desde entonces. Pero en momentos como este, y ya habiendo bebido un poco de cava… se le caía la escafandra. Se acercó a él y le rodeó al cintura por detrás y puso su cara sobre su espalda.
- Perdona Migue. Sabes… no te lo he dicho nunca, creo, pero… estoy orgulloso de ti. Te quiero como a nadie en este mundo.
- Calla, bobo… vas a conseguir que no pare de llorar en toda la noche…
- Yo también quiero abrazos – se quejó amargamente David.
- Ven bobo, un abracito familiar.
- ¡¡Agg!! Abracito. Odio esa forma de…
- ¡Perdón!
Eusebio había entrado de improviso en la cocina. Delante venía su hermana.
- Quiero presentaros a mi hermana Matilde. Éste es Miguel, mi prometido
Miguel levantó las cejas sorprendido. Iba a protestar, pero el gesto que puso Eusebio, le hizo desistir. Se secó la mano en el delantal, y se estiró hacia delante para estrechar la mano de Matilde.
- ¿Estás chaveta? ¿Tú prometido?
- Y estos son Raúl y David. Mis futuros cuñados.
- ¿Y como se supone que conociste a tu prometido? ¿Has vuelto a la Universidad?
- No, Miguel era mi chapero.
- ¿Tú qué?
- Mi puto.
- Me estás tomando el pelo… eres un…
- Se te hace tarde Matilde. Os esperamos a cenar entonces. ¿No querías cena familiar? Aquí estaremos.
- ¿Un chapero?
- ¡Qué bromista es este Eusebio! – al final Miguel tuvo que decir algo. No soportaba más la mirada inquisidora de la mujer.
- No, Miguel, no la engañes. Me ha dicho que quería sinceridad.
- ¡ Ah! – Miguel tenía la boca abierta, las cejas levantadas. Miraba a Eusebio para buscar ayuda… pero Eusebio estaba inexpresivo total.
- Mi hermano es el mejor chapero del mundo.
- ¡Calla David! – Y Raúl le dio un codazo.
- Esto es… es… hermano esta vez te has pasado… Esto no va a quedar así.
- Te espero a cenar. Si quieres que tu hijo mayor vaya a la Universidad de Navarra, con mi dinero, vendrás a cenar con mi futuro marido, y con mis cuñados.
- Y con los vecinos. – apuntilló Raúl
- Y con los vecinos.
- ¿Y si llamamos al vecino de abajo, al doctor?
- Me parece bien. ¿Bajas tú Miguel?
- Voy.
- Así acompañas al ascensor a mi hermana. Tendrá que empolvarse la nariz.
- ¿Eh? Sí, bien… vamos señora.
- Llámala Mati, va a ser tu cuñada.
- Sí, bueno, otro día. Vamos, señora.
Matilde salió de la casa. No dijo ni adiós cuando llegó el ascensor. Miguel bajó al 5º. El doctor aceptó encantado la invitación. Antes de cerrar la puerta, preguntó si le habían dado a Eusebio alguna pócima… Miguel se dio la vuelta, ya iba de vuelta al piso de arriba, y dijo eso de… ¡¡Es navidad!!
____

No hay comentarios:

Publicar un comentario