viernes, 19 de agosto de 2011

Nico volvía a casa.

Nico volvía a casa. Caminaba por su calle con aire distraído. Estaba cansado, pero en realidad no quería llegar a casa. Estaba alargando el camino todo lo que podía, eligiendo el más largo, dando un rodeo con la tonta escusa de ver un escaparate, o parándose a observar como habían avanzado las obras en un edificio cualquiera. En su casa se encontraría solo. Nadie ni nada le esperaba. Y hoy, eso le pesaba.
Se cruzó con una chica. Andaba deprisa. Llevaba una bufanda que casi le tapaba toda la cara. Pero tenía unos ojos muy bonitos. Y brillantes. Nico pensó que esa chica era feliz. Por los ojos y por ese brillo especial.
Se cruzó luego con un grupo de hombres y mujeres. Eran matrimonios, o eso imaginó. Los hombres, 5, iban delante. Las mujeres, otras 5, detrás. Le hizo gracia, porque hacía tiempo que se había dado cuenta que las parejas iban así. Parecía que los hombres y las mujeres juntos no serían capaces de tener una conversación. Seguro que mientras cenaban en un restaurante cualquiera, habían hecho eso de alternarse, chico, chica, chico, chica, una costumbre que también suelen tener los matrimonios amigos cuando se reúnen. Pero la alternancia se deja al natural devenir cuando dejan el restaurante y empiezan a caminar por la calle: Las mujeres con las mujeres, y caminando detrás, y los hombres con los hombre, abriendo camino. De vez en cuando uno de los hombres, se para, mira hacia atrás, y comprueba que les siguen. O se para para pedir permiso silencioso para ir al Pub de la esquina.
Nico se sonreía. Le dio por pensar en como sería en los grupos de parejas gays. Se le ocurrió la idea... y casi suelta una carcajada en alto al imaginarse la escena, que los pasivos deberían ir detrás... y los activos delante... por la idea esa que tienen algunos de los roles que adoptan los homosexuales en las parejas.
Seguía caminando. Despacio. Ya veía su casa al fondo. Suspiró. Se paró un momento, como para coger fuerzas. Miró una bocacalle y decidió tirar por ella. Daría una vuelta más antes de llegar. Ni siquiera el frío apabullante que hacía, o al menos que él sentía, le hizo cambiar de opinión.
Se subió los cuellos del abrigo. Un abrigo largo, de esos que su madre llamaba elegantes, o de vestir. Llevaba el traje debajo. Después de trabajar, una dura jornada, había quedado con sus amigos. Hacía unos días que no había coincidido con ellos, y le apetecía la reunión. Eran compañeros de universidad, más o menos. Ya se sabe que en esos grupos se suelen ir añadiendo amigos de uno, y de otro. Lo solía pasar bien... sí.
Pero hoy...
En realidad, pensó Nico, ya hacía un tiempo que se sentía un poco bicho raro, y objeto de comentarios. Primero fue como una mirada de Juan un día, cuando estaban jugando al tenis. Mientras se cambiaban en los vestuarios, Juan miró su bolsa de deporte. Y vio en ese gesto como... ¿pena? Así lo interpretó él al menos. Él se fijó en la bolsa de Juan, y en sus complementos, en la raqueta... hasta ese momento no se había fijado. Y comprobó que todo lo que llevaba su amigo, era nuevo, de marca. Nico nunca había dado importancia a esas cosas, y seguía con sus cosas de siempre. Se rompía algo, o estaba muy gastado, lo sustituía. Iba a la tienda y lo que más le gustaba, se lo compraba, fuera de la marca que fuera. Y no necesitaba cambiar su material para ganarle, pensó en decirle para contestar a su reproche silencioso. Además, tenía otras cosas que le llamaban más la atención para gastar su dinero. Pero esa mirada, se le quedó gravada.



A Ana, otro día, al poco tiempo, se le escapó un comentario sobre el trabajo de Nico. Un comentario como de desprecio. No, no era desprecio, Ana le quería mucho y se lo había demostrado muchas veces. Es la típica amiga con la que hubiera iniciado un noviazgo de no ser él gay. Era también como mostrando un poco de pena. Nico acabó su carrera con un magnífico expediente... el mejor de hecho de su promoción. Pero luego, cuando buscó trabajo, se decidió por uno que no era el que más ganaba, ni el que mejores posibilidades de promoción tenía, ni en la empresa más grande y potente... pero le gustó más. Eso sí, le convirtió, entre sus amigos, en el que menos ganaba. Al poco tiempo, escuchó una conversación entre Ana y Pepín, otro del grupo, en el que... bueno... no recordaba la conversación, pero se le quedó grabada una frase:
“Fíjate Nico, con lo que prometía, y ahí le tienes, con un trabajo de mierda. Qué pena me da”.



Su cumpleaños, fue... como el colofón. Fue la semana anterior. Les invitó a su casa. Fue al mercado; compró unas botellas de vino de la Ribera de Duero, un buen cava, una merluza sensacional, unos langostinos que tenían una pinta buenísima, unos espárragos, unos pimientos para asar... iba a probar a asarlos en casa, como hacía su madre. Iba a hacer una merluza koskera, un solomillo ibérico en salsa, relleno de jamón y queso, y una ensalada templada de gulas y gambas, a parte de los langostinos a la plancha. Y se puso a la tarea de cocinar. Estaba satisfecho, exultante. Acababa de mudarse y su cumpleaños era una buena escusa para enseñar su nueva casa a sus amigos. Estaba en un edificio antiguo. Techos altos, ventanales con marcos de madera, suelo de madera... con estilo añejo. El tipo de casa que siempre le había gustado. Era un tercero, sin ascensor. La decoración, los muebles, eran antiguos, algunos un poco desvencijados. Tenía la intención de ir arreglándolos poco a poco. Pero le encantaban. Y le gustaba la idea de ir arreglándolos él mismo. Es que era el piso de sus sueños... le había costado encontrarlo, pero al final lo había conseguido.

Según iba recibiéndolos, iba notando sus cara de decepción. Todos alabaron todo, claro, pero en su actitud se notaba que estaban comparando mentalmente su nueva casa con la que se habían comprado ellos. Casas maravillosas, a la última, y carísimas. Con video portero, calefacción radiante, e hilo musical. Y con terrazas del tamaño de un campo de fútbol. Ellos, cuando hicieron una especie de inauguración, encargaron la cena a una empresa de catering de postín. Y él en cambio se había pasado el sábado cocinando. Pero lo había disfrutado hasta el último segundo.
Pero hoy, algo había fallado ya definitivamente. El entramado de sus relaciones de grupo se habían derrumbado al ritmo de un terremoto. Acababa de dejar a sus amigos, porque esa tarde no soportó ya la condescendencia de todos con él. Tenía además, la impresión de que hablaban continuamente del tema. Y hoy, ya no lo soportó más. Iba a ir a cenar con ellos después de tomar unas tapas, pero tuvo la sensación de que ya no pegaba en ese grupo. Y no tenía ninguna intención de inventarse una nueva vida para estar a tono con los demás.
Y se hartó.
Y se fue. Ni se despidió. Cogió su abrigo, y salió del bar en el que estaban.
Había elegido su camino. Se dio cuenta pronto de que era gay, y no lo dudó, vivió como tal sin ninguna duda. Estudió la carrera que quiso. Eligió el trabajo que más le gustaba. Vivía como él había elegido. Debería estar contento. Pero hoy, se sentía una mierda. Sus amigos le hacían sentir así. Y el caso es que él sabía que... le apreciaban.
Nico siguió andando. Despacio. Hacía frío. O al menos, él lo sentía así. Nadie que hoy se cruzara con él, podría pensar que, le gustaba lo que había conseguido en su vida. Su mirada, su porte, parecían decir que... era el hombre más desgraciado de la tierra.

Modelo: Nils Butler.

1 comentario:

  1. Me gustaría tener un amigo como Nico, al que le importa el esfuerzo, que se deshace por los amigos y quiere vivir y ser feliz. Pero claro eres un bicho raro porque no te dejas seducir por todo lo material y superficial. Sus amigos no se lo merecen. ¿Nico dejas que te acompañe y paseamos juntos en la fría noche?

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