miércoles, 14 de septiembre de 2011

La otra fiesta en el parque (III).

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Iba caminando despacio. Se entretenía con cualquier cosa que encontraba en el camino. Con un niño, con una flor, con el canto de un pájaro, ese que le gustaría saber su nombre, pero que en realidad se la traía floja.



Se sonreía. Estaba hablando mentalmente y pensaba que él siempre había cuidado mucho su lenguaje. Por eso se sonreía al escucharse así mismo diciendo esas frases que su madre hubiera calificado de “poco apropiadas”.
Vio su banco a lo lejos.
Se paró a mirarlo.
Había otros muchos bancos libres… quizás fuera buena idea sentarse en otro distinto. Incluso mirando en sentido contrario.
Pero no.
Hoy no.
Al fin y al cabo, hoy, la razón de estar allí, era él. Sí. Era él otra vez.
Con paso lento, fue hacia su asiento habitual.
Seguía sin poder levantar los hombros.
Al final llegó.
Se sentó.



Dejó la bandolera a su lado.
Sacó el libro… no recordaba siquiera como lo había metido en la bandolera. No tenía ese momento en su cabeza.
Había perdido la marca.
Daba igual.
Miró a su alrededor, pero no fue capaz de fijar su mirada en nada.
Bajó la cabeza.
Cruzó los brazos… con el libro en una de sus manos… y se puso a mirar al suelo.
Se fijó en sus zapatos. Tenía que tirarles. No se había dado cuenta hasta ese momento que estaban tan asquerosamente estropeados.
Dobló las rodillas hasta meter los pies debajo del banco, para no ver su calzado.
Y perdió la noción de dónde estaba, de que hacía. De por qué, y para qué estaba allí. No recordó el deseo de saber como acababa la trilogía de Libertad Morán, como acababa Sara, como le iba a Pilar, y esa nueva chica que había aparecido y que ahora mismo no se acordaba del nombre.
No tenía ni hambre.
Levantó un instante la vista. El parque se había quedado prácticamente vacío. Todos se habían ido a sus casas a comer Solo unos chavales, a lo lejos, estaban sentados en la hierba y comían unos bocatas.
De repente notó como si alguien le cogiera el libro de sus manos…
- Está bien este libro.
Giró su cabeza. Él estaba allí.
Se incorporó un poco, sin levantarse… puso su cuerpo en tensión… estaba confuso… era él… ¿estaba soñando? ¿estaba confundido? Había escuchado su voz… no recordaba haberla escuchado nunca… o sí… no estaba seguro… no era una voz maravillosa, pero ¿era su voz?
Lo miró fijamente…
Era él…



Alargó el brazo…, quería tocarle…
Le tocó… le rozó el brazo…
Era él… ¡¡¡Era él!!! No era un sueño… no…
Levantó la mirada… casi no se había atrevido a hacerlo…
Era él…
Parecía más delgado, hoy no se había afeitado, llevaba el pelo desordenado, pero esta vez no era desorden estudiado…
Había cambiado mucho… pero era él… era su mirada… eran sus ojos, ahora les recordaba… sí, sí… era él…
- Hoy sí que te hubiera aceptado esa tarta que me ofreciste el otro día.
Lo seguía mirando… no podía decir nada… al final acertó a abrir su bandolera… y mirar si llevaba algo de comer… ¡¡Mierda, no llevaba!! Solía llevar alguna cosa, algún dulce.
- Pues… no tengo nada…
Un hilillo de voz,  solo un hilillo salió de su garganta…
- Te vi antes en el autobús, pero no pude saludarte… cuando bajé ya te habías ido.
No supo como salieron esas palabras… no era consciente de haberlas dicho… pero se las escuchó…
- No era yo. Yo estaba en casa. Era mi hermano. Se parece mucho a mí. Te vi desde la ventana.
- ¡ah!
Juanjo no sabía que decir… todas esas cosas que hacía apenas unos minutos se repetía hasta la saciedad… ahora de nuevo se habían evaporado.
- ¿Me has seguido?
- No… no hubiera podido.
- ¡Ah! – seguía sin saber que decir, parecía un memo, o esa impresión se daba a si mismo.
- ¿Cómo te llamas?
- Juanjo. ¿y tú?
- Eduardo.
- Encantado…



Y alargaron la mano los dos, y se la estrecharon. Aunque Juanjo hizo un gesto como para erguirse un poco y darle dos besos... pero al final… entre los gestos de cada uno contradictorios y no muy decididos, hicieron un saludo medio de  manos, medio de besos... una cosa rara, salpicado de risas nerviosas, que hubiera hecho las delicias de cualquier espectador externo a la escena.
- Te estuve esperando.
- Lo sé
Juanjo se quedó pensativo…
- ¿Lo sabías?
Ahora era Eduardo quien se quedaba pensando como seguir.
- Te miraba desde los arbustos del fondo.
Juanjo no sabía como… no sabía…
- ¿Por qué?
Eduardo le miró a los ojos por primera vez. Era como si quisiera ver dentro de él si hablaba en serio o le estaba tomando a broma. No vio nada de broma, sino ansiedad, y nervios, y espera de una respuesta, incluso vio un poco de cariño, o un mucho… pero ahí no sabía discernir lo que veía de lo que quería ver.
- ¿No es evidente? – y diciendo esto abrió los brazos, como mostrándose.
Juanjo le miró. Le miró de arriba abajo. No vio nada que le produjera rechazo, o que le llamara la atención de una forma extraordinaria, como el gesto de Eduardo parecía indicar que esperaba.
- Yo te veo igual.
- Y… ¿la silla de ruedas?
Juanjo se tapó la boca con su mano libre. ¿Cómo se le podía haber escapado ese detalle? Se maldecía por no haber estado a la altura, por no haberse preocupado por lo que le había pasado... había quedado como un patán.
- ¿Qué paso? - preguntó aceleradamente.
- Un accidente. De coche. Me atropellaron.
- ¿Cuándo?
- El día de tu cumpleaños.
Juanjo se le quedó mirando apenado… no le gustaba que ese día tuviera un significado triste para Eduardo.
- Lo siento…
- No es tu culpa.
- ¡Hola!
Levantaron los dos la cabeza. Indudablemente era el hermano de Eduardo. No podía negarlo. Y también pensó que era el chico que vio salir del autobús. Era muy guapo también. Alargó la mano hacia Juanjo para estrechársela…
- Me llamo Gaby… tenía ganas de conocerte.
- Juanjo ¿Y eso? ¿Por qué tenías ganas de conocerme?– dijo levantándose
- Estaba cansado de venir a traer a Dudu, a pasear por el parque, como si no quiere la cosa, y sentarnos detrás de esos arbustos a mirarte.
Eduardo miró a su hermano como su fuera un asesino en serie. Y de paso se puso como un tomate…  colorado, colorado.
- Venía a buscar a mi hermano; mamá está preocupada – dijo cambiando de tema y mirando a su hermano.
- Dile que no se preocupe- contestó Eduardo – estoy bien.
- Pero deberás ir a comer.
- Pensaba invitarte a comer – atajó Juanjo - ¿te parece?
Eduardo se quedó pensando un rato… miraba a Juanjo… quería ir a comer con él, quería conocerle, pero no podría hacerlo si descubría algún atisbo de lástima.
- No te sientas obligado – dijo al final Eduardo, que aunque no veía nada de eso en Juanjo, nunca estaba seguro de ello.
- No te sientas obligado tú a venir si no te apetece.
- Me apetece.
- ¿Entonces?
Fue Gaby quien se apresuró a contestar, aun a riesgo de recibir otra mirada furibunda de su hermano.
- No soportaría que le invitaras o estuvieras con él por pena, por lástima de encontrarse en una silla de ruedas.
Juanjo se quedó pensando un instante, mientras Eduardo miraba a su hermano como si fuera el mayor enemigo de la humanidad. Gaby solo miraba a Juanjo. Tenía interés en ver como respondía. Y estaba atento a cualquier gesto.
- Y yo no soportaría – empezó a hablar Juanjo, mirando a Gaby - que viniera a comer conmigo por que le di pena el día de mi cumpleaños. O porque hoy le haya parecido patético. O todos esos días que os quedabais mirándome. ¿Crees que a tu hermano le parezco patético?
Gaby quedó conforme. Miró a su hermano, que seguía indicando con el gesto de su cara que estaba a punto de matarlo.
- Entonces… ¿nos vamos a comer? – dijo Juanjo.
Y diciendo esto, se levantó definitivamente del banco y le tendió la bandolera a Eduardo.
- ¿La llevas tú?
- Llama luego a mamá, que no quiero aguantar sus neuras.
- Otras veces las aguanto yo por ti, no te jode.
Gaby se dio la vuelta con una medio sonrisa en los labios y se fue hacia su casa, haciendo un gesto con la mano levantada, sin girarse.
- Conozco un restaurante excepcional por allí. Vamos.
Y dio la vuelta a la silla de ruedas y empezó a empujarla. Eduardo iba a protestar, pero lo que vio en la cara de Juanjo, le hizo desistir.
- ¿Y como tienes las piernas? – preguntó Juanjo, sin darle ninguna importancia ni relevancia al tema, como si le preguntara que le había parecido la última novela de Ruiz Zafón.
- Por cierto… - atajó otra vez Juanjo sin dejarle contestar -  ¿te gusta el marisco? Es que estoy pensando que hoy nos podemos poner hasta el culo de marisco en el restaurante de unos amigos y por 4 duros… ¿te apetece?
- Vamos…, sí, me encanta… pero…
- Como digas algo de que será caro, de pagar o algo de eso, te empujo al estanque. Así que tú verás. Y el color del agua… es como para llamar al baño.
- Vale… me callo.
- Me ibas a contar tu accidente…
- Pues no tiene mucha historia… el caso es que… oye que me acabo de dar cuenta que voy hecho un adefesio, quizás debiera ir a casa a cambiarme de ropa…
- Para mi estás guapísimo… y además yo voy a juego, fíjate que pinta tengo, y mira mis zapatos... y sabes, no veo a nadie por aquí cuya opinión deba ser tenida en cuenta… ¿me estabas contando?
- Pues…
Y emprendieron el camino al restaurante. Juanjo empujaba la silla. Eduardo llevaba en su regazo la bandolera, y el libro de Libertado Morán. Y mientras hablaba... y sin darse cuenta, abrió la bandolera, y lo guardó en ella.

3 comentarios:

  1. En primer lugar gracias por haber hacho caso de mi sugerencia i haber publicado la historia entera.

    Esa historia es preciosa, aunque a algunos crean que es imposible. Me encanta. Muchas gracias por regalárnosla.

    Un abrazo.

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  2. PFE, no todas las historias deben ser posibles. Y no sé, quizás la vida está llena de estas historias que no parecían posibles.
    No tenía pensado colgar las continuaciones. Peor no me podía nega al pedírmelo tú...

    besos.
    muchos.
    envueltos.

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  3. No Tato, no todas las historias deseadas son posibles, pero cuando alguna lo es, uno siente un regustillo dulce...

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