lunes, 3 de octubre de 2011

Una zapatilla volando sin destino,


Pues estoy aquí, sentado, en silencio. Escuchando casi como mi sangre circula por mis arterias y mis venas. Escuchando el sonido del silencio, y un suave pitido en mis oídos como consecuencia de estar todo el día oyendo ruidos, voces, conversaciones... porque a veces parece que el silencio nos asusta y buscamos la compañía de algún sonido.
Otro día que llego cansado a casa, sin ganas de casi nada...



Sabes, hoy a pocos metro de mi oficina, han atropellado a una persona. Parece que era un chico joven. Mucha gente alrededor, policía, ambulancia... en apenas un instante todo cambia. Tu vida llena de planes y proyectos, se queda tambaleante sobre el abismo.
Sabes, podemos ser todo lo chulo que quieras, tener nuestro orgullo, presumir de nuestro dinero, de nuestra posición social o del de nuestros padres. Podemos presumir de lo listos que somos, de todo lo que sabemos, incluso de los amigos que tenemos. Levantar el mentón orgullosos. Algunos incluso mirar por encima del hombro al que sienten inferior por capacidades, o por posición, o por dinero... Pero llega un momento de esos, un momento fatídico, un momento en que no miras si viene un coche, o incluso un momento en que por "¡mis cojones! que pare el coche”(muchas veces he visto a gente así, de todas las edades). Una llamada de móvil que te despista, o un mensaje, o estás pensando en tu chico, o en el examen de mañana, o en la bronca que te ha echado el jefe. Se te va la cabeza a ese mundo imaginario que casi todos tenemos y que usamos con mayor o menor frecuencia e intensidad, dependiendo de personas o de épocas.
O el despiste lo tiene el o la del coche. Uno que piensa que es de pobres parar en un paso de cebra, o que su acompañante le toca la pierna, y le gusta, o al revés, le incomoda, o que le cuenta que está triste, y le mira un instante para reconfortarle... y cuando quiere frenar, ya tiene encima un cuerpo...



Y ese cuerpo que pertenece a una persona, con esa dignidad, con esa casi chulería, en esa fracción de segundo, da dos vueltas en el aire, y cae unos metros por delante. Una de sus zapatillas vuela sin destino fijado, y su bolsa de deporte se abre desparramando su contenido por el suelo. Esa chulería, esa dignidad, esa pose de "Aquí estoy yo, ¡Qué pasa!" queda grotescamente esparcida por el suelo, a veces con esas posiciones ridículas, sin tus zapatos, a lo mejor tirado sobre un charco, o una mancha de aceite... Y a ese mismo que le levantaste el mentón hacía un par de minutos te observa ahora en el suelo, con las piernas dobladas de forma estrafalaria, descalzo, y quién sabe, tus calzoncillos sucios encima de la bolsa abierta... y te observa otro puñado de curiosos, unos desde el suelo a tu lado, otros desde las ventanas, que salieron al oír el frenazo.
Y quizás alguien se pregunte... ¿Para qué? ¿Qué más da nuestro orgullo, o nuestros planes, si en el fondo, no dependen de nosotros? ¿Para qué preocuparnos de todas esas cosas nimias, sin importancia, que a veces nos quitan la alegría, y la vida, y las ganas de vivir. Que nos quitan horas de sueño...
Y ese conductor, que puede tener la culpa o no, pero que tiene el 90% de posibilidades de que se la echen... que a lo mejor le gusta correr como demostración de que domina el coche, que domina el mundo, la vida. Una persona hoy en día debe dominar el coche, y saber de fútbol y a ser posible que su equipo gane más títulos que los demás. Esto era antes cosa de hombres, pero cada vez más es cosa también de mujeres. Ese hombre, o esa mujer que no frenó a tiempo, porque ¡qué sé yo lo que le distrajo! O quizás el peatón salió entre coches y no lo vio... ese conductor no pagará con lesiones físicas, ni correrá peligro su vida, pero... seguro, seguro que su existencia no será la misma a partir de ese momento.
Estas cosas siempre me emocionan. No los conozco, o a lo mejor sí, vete tú a saber, no les he visto la cara... pero me pone triste que a ese peatón pueda pasarle algo, y me agobia que el conductor se repita una y otra vez si pudo hacer algo, en qué se equivocó...
Puede que en realidad ninguno de los dos se merezca que nadie se preocupe por ellos... que en realidad sean unos cabrones con pintas... aunque no sé, quizás aún así sean merecedores de un minuto de mi preocupación. Y de unos minutos más, los que he gastado contándotelo a ti.



Alberto, este post te lo dedico a ti.

1 comentario:

  1. Cuando escribes estos textos me dejas sin palabras. En ese caso por que me has hecho recordar que una vez un chaval de unos 14 años salió corriendo de entre dos coche aparcados y se echó sobre el mío que estaba corriendo, pasó por encima del capó y del parabrisas y cayo al otro lado donde también había también coches aparcados… Por suerte solo se fracturó un brazo. Casi me muero.

    ¡Qué bonitas fotos!

    Un abrazo.

    ResponderEliminar