viernes, 25 de noviembre de 2011

No recuerdo los detalles...

No los sé. No recuerdo los detalles. No los vi. Ni siquiera tengo una breve noción de cómo ocurrió. No lo pude ver, o mi memoria se niega a revelármelo. Pero siento que lo hice.


Es algo que recorre cada célula de mis entrañas. Que me agobia, me angustia. Despierto todas las noches entre sudores con el corazón latiendo desbocado. Me cuesta relajarme, encontrar el equilibrio, y mesurar mi respiración.
Sé que lo maté. Siento que ya no está en este mundo, y que es por mi causa. Sé que lo hice. No lo recuerdo, pero lo hice. Entre el sonido del aire que corre entre las hojas de los árboles de mi calle, escucho su grito desgarrado, y puedo imaginarme su cara llena de terror mirándome, mientras empuño un cuchillo de cocina nuevo que me compré unos días atrás; uno de esos de cocinero profesional, que cortan solos.


Ricardo mi mejor amigo.
No sé por qué lo hice. No sé por qué lo asesiné con alevosía. Una y otra vez le clavé el cuchillo en su cuerpo. Entraba con facilidad. Decididamente era un buen cuchillo. Decenas de cortes en el cuello, en el rostro. No lo recuerdo, pero lo siento en mis entrañas, lo siento en mis músculos que sí parecen recordar cada movimiento que hicieron esa noche, la noche, anoche. Percibo que fue lo que ocurrió, y sobre todo, que verdaderamente ocurrió. Cada corte, cada puñalada, me supura en las entrañas, me golpea en la cabeza, me deja un segundo sin respiración, mientras intento volver a conciliar el sueño, entre sudores, con las ropas de mi cama desordenadas y empapadas.
Ya amanece. Es el momento en el que debo comenzar la jornada, llena de actividad, de vida. En lo más profundo de mi ser, siento una necesidad de llorar por la pérdida. Es una necesidad hipócrita y contradictoria, porque yo lo he matado. Y lo hice despacio, mirándolo a la cara, disfrutando de cada instante, de cada movimiento de mi brazo, con un cuchillo en su extremo, de esos de cocinero profesional, esos que cortan prácticamente solos.
He matado a mi mejor amigo. No lo recuerdo, no tengo las imágenes en mi retina, ni en mi memoria. Pero sé que lo he hecho. Y sé que no va a ser el último. Sé que iré matando a todos y cada uno de mis amigos, y a los miembros de mi familia. Hasta que no quede nadie a mi alrededor. No sé cuando, ni como, pero sé que antes o después, lo voy a hacer. Y sé que no lo recordaré tampoco, y que me angustiará, y que me levantaré aterrado por la noche, empapado de sudor. Y con mi corazón latiendo completamente desbocado.
Los mataré a todos.
Sí.
No encuentro mi cuchillo nuevo. Mañana iré a comprar otro. Eso pienso mientras me pongo bajo la ducha, y cierro los ojos, para que caiga el agua sobre mi cara, para que ésta se lleve los restos de sangre que perlan mi pecho, mis piernas, mi rostro y que embadurnan mi pelo.


Agua caliente para purificar. Agua mechada con trazos rojos, que se pierde por el desagüe. Y con algunas lágrimas que mis ojos, aun cerrados, dejan escapar sin control.
Lo maté.
Dejé que cayera el agua de la cebolla sobre mi rostro. Dejé que los últimas mechas rojas se perdieran por el desagüe.
Me sequé despacio.
Me puse mis mejores bóxer, que me hacían tan sexi.


Abrí la puerta del baño.
- ¡Hola! Me dijo Dani. Y me dio un beso de medio lado.
Suspiró.
- ¡Hola! - dije yo cantarín.
- Voy a ducharme, tío. Nos vemos para comer, ¿hace?
- Si tienes algo que...
- A las tres estoy en Conde Casal.
- Venga, va – accedí.
Y cerró la puerta tras de sí.
Me la quedé mirando fijamente. Mis brazos se tensaron, y durante un minuto tuve la tentación de abrir la puerta y acabar ya con todo.
Pero algo me decía que no era el momento.
Me vestí.
Miré la puerta del baño una vez más antes de salir. Y sentí que era la última vez que iba a recordar haberlo visto.
Y no me preguntes por qué. Pero lo sé. No recuerdo los motivos exactos, los detalles, ni siquiera si hay un motivo real y palpable, o opinable, o valorable. No lo sé tampoco, lo siento, porque no lo recuerdo. Como no recuerdo las 176 puñaladas que le di a Ricardo mi amigo.
Y el próximo... vas a ser tú. Daniel.
Porque lo siento, percibo, lo noto.
Tú, querido, vas a ser el siguiente.
Y tú... sí, tú; tú vas a ser el tercero.

1 comentario:

  1. ¡Qué miedo! En estos casos uno se arrepiente de haber conocido al autor del texto y piensa en que hacer para guarecerse, resguardarse o lo que sea...

    ¡Qué hermosas son esas fotos! ¡Y que hermosos los mozos que aparecen en ellas!

    Muchas gracias.

    Un abrazo.

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