lunes, 5 de diciembre de 2011

El otoño llegó en bicicleta.


En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!
En las pálidas tardes
me cuenta un hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía;
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas,
lo que sueñan las niñas.
Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.
Dije al hada amorosa:
-Quiero en el alma mía
tener la inspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.
Ella me dijo: - ¡Ven! - con el acento
con que me hablaría un arpa. En él había
un divino idioma de esperanza.
¡Oh sed del ideal!
Sobre la cima
de un monte, a medianoche,
me mostró las estrellas encendidas.
Era un jardín de oro
con pétalos de llamas que titilan.
Exclamé: - Más...
Suspiró.






Se echó hacia delante en el asiento del coche, para mirar por el parabrisas al cielo. Una mueca de disgusto se asomó una vez más en su cara. No parecía que la lluvia torrencial fuera a parar. Este otoño maldito que había irrumpido esa misma mañana, para recuperar el tiempo perdido. Era mediados de octubre y el cielo seguía negro, negro, sin visos de abrirse a algún claro, apenas cinco minutos, que le permitiera llegar a su casa sin sin que el agua llegara hasta sus calzoncillos. Añoraba esos días en los que no le importaba calarse hasta los huesos, en los que caminaba sin rumbo los días de lluvia, mirando al cielo y pidiendo, al contrario de hoy, que el agua manara para toda una eternidad, y que en la siguiente, al menos la mitad, fuera más agua y le permitiera seguir caminando bajo la lluvia, y quizás, cantando bajo ella, aunque fuera en voz íntima, para él y nadie más.
La aurora
vino después. La aurora sonreía,
con la luz en la frente,
como la joven tímida
que abre la reja, y la sorprenden luego
ciertas curiosas, mágicas pupilas.
Y dije: - Más... - Sonriendo
la celeste hada amiga
prorrumpió: - ¡Y bien! ¡Las flores!

Y las flores
estaban frescas, lindas,
empapadas de olor: la rosa virgen,
la blanca margarita,
la azucena gentil y las volúbiles
que cuelgan de la rama estremecida.
Y dije: - Más...

El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,
murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.
"El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora."
En el fondo se vía
un bello rostro de mujer.

¡Oh; nunca,
Piérides, diréis las sacras dichas
que en el alma sintiera!
Con su vaga sonrisa:
- ¿Más?... - dijo el hada.
Y yo tenía entonces
clavadas las pupilas
en el azul, y en mis ardientes manos
se posó mi cabeza pensativa...
Felipe acabó de recitar. Rubén Darío.
El tiempo pasa. Las estaciones se suceden sin pausa, con prisas cada vez mayores. Las lluvias dejan paso a otras lluvias, los años, el peso de la madurez, la tristeza, la melancolía... el desamparo anida en nuestro espíritu.
Felipe suspira. Escucha caer la lluvia sobre los cristales. Escucha caer en sus recuerdos a ese ciclista que pasaba todas las mañanas por su casa. Él se sentaba a tomar el desayuno frente a la ventana del porche. Le veía todos los días, a las nueve y cuarto, y diecisiete como mucho. Pedaleaba alegre, inclinado sobre el manillar. Su mochila a la espalda. Sus auriculares en las orejas.
¿Qué música escucharía?
Pensó un tiempo que sería algo estilo Westlife, o ese cantante de voz ronca, italiano, del que nunca se acuerda del nombre. Ese que luego dijo un día que era gay, para disgusto de millones de mujeres que se alegraban con sus huesitos, y para alegría de los miles de hombres que hacía lo mismo. Cambiaron las tornas, las alegrías se convirtieron en tristezas, y viceversa.
Pero el chico de la bicicleta no escuchaba a Westlife, ni a Amy nosequé. Escuchaba a Smashing Pumpkins. Y a Pereza. Lo pudo comprobar un día que coincidió con él en la tienda del barrio. Lo llevaba tan fuerte que era imposible no escucharlo.
Le sonrió. Ese día le sonrió. ¡El chico de la bicicleta le sonrió!



Soñó con ese gesto el resto de la semana. Aquello ocurrió un jueves. El viernes, cuando salió de trabajar, se tumbó en la cama a rememorar ese momento. Y lo hizo esa tarde, y el sábado entero, y el domingo, y el lunes no pudo, porque tenía que ir a trabajar, pero... lo vio pasar en bicicleta, por delante del porche de su casa. Ese día salió a desayunar fueray eso que hacía frío, mucho frío. Pero quería saludarle con la mano, sonriendo también él.
Él en el porche.
El chico de la bicicleta en la calle, dando pedales, despacio, a cámara lenta.
Dos miradas se cruzaron.
Dos sonrisas, una en el porche, otra en la bicicleta, en el chico concretamente.
Cámara lenta. Más lenta.
Una sensación mucho mejor que la de un orgasmo le recorrió todo el cuerpo.
Esto debe ser amor” se decía por entonces Felipe.
El martes repitió.
El miércoles no pasó. Ni el jueves, ni el viernes.
Y ese lunes tampoco.
El martes tampoco, ni el miércoles.
El jueves no salió ya al porche. El viernes estaba deprimido.
El chico de la bicicleta tardó en volver.
Un mes, o quizás dos.
La lluvia arreciaba. Felipe miraba desesperado el reloj. Llegaría tarde a su cita. Pero no iba a hacerlo empapado.
Él estará empapado, pensó.
Los dos estaremos empapados.
Pero no se decidió.
El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,
murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.
"El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora."
En el fondo se vía
un bello rostro de hombre.
Cambió la mujer por el hombre, del último verso de la estrofa. Sonrió. Le hizo gracia la adaptación que había hecho. Era una bobada, pero a él esas cosas le hacían gracia.
Ese día, el día en que volvió a verlo, le pilló de sorpresa. De hecho lo vio desde la ventana de su habitación, en el primer piso, que da también a la parte de delante. Eran las nueve y dieciocho. Felipe abrió rápidamente la ventana de la habitación. y saludó a la espalda del chico de la bicicleta.
Se llama ciclista”, le reconvenía su parte purista y estirada.
A mí me gusta chico de la bicicleta”, se impuso a su sombra con rotundidad y sin derecho a réplica.
A partir de ese día, volvieron las rutinas del desayuno en el porche. Ya era primavera, casi verano. Y el chico de la bicicleta pasaba todas las mañanas, entre las nueve y cuarto, y las nueve y diecinueve.



Y se saludaban con amabilidad todos los días. Y sonreían al saludarse. Y Felipe cada día estaba más enamorado del chico de la bicicleta.
La señora del 35 de su misma calle, también pasaba justo después. Y también sonreía. Pero ella no pasaba a cámara lenta. Felipe la saludaba también. La señora del 35 era una buena mujer, siempre lo decía Felipe a quién le escuchara.
Unos nudillos golpearon el cristal. Felipe se sobresaltó. Bajó la ventanilla a todo correr.
- ¿Eres tú Felipe Cardona? Habíamos quedado... Es que... ¡Joder si eres tú!
El chico con el que hablaba se bajó la capucha del impermeable, y entonces a Felipe le dejó de importar la lluvia, el mojarse el traje nuevo, los zapatos que no aguantan muy bien el agua, ni siquiera le preocupó que el agua de la lluvia le empapara los calzoncillos. Esto era una señal, y...
- ¡Me recuerdas!
El chico mojado le miraba fijamente.
Felipe lo miraba con expectación.
- Nunca pensé que un chico como tú me mirara.
El chico callaba.
- Pero me has visto, así que me miraste.
El chico esbozó una pequeña sonrisa.
- Nunca pensé que fuera objeto de tu interés.
Ahora era el chico mojado, antes en bicicleta, el que hablaba.
Callaron. Y se miraron.
Felipe intentó abrir la puerta del coche.
- Pero ¿qué haces? Te vas a empapar.
- Quiero besarte.
El chico de la bicicleta, ahora mojado le miraba descolocado.
- No... pero yo... - no atinaba a hablar.
- Te preguntabas si me interesabas. Y la respuesta es sí. Me preguntaba si me veías, y has respondido que sí. Lo más normal es que nos besemos.
Callaron de nuevo. A Felipe su argumentación le parecía apabullante.
El chico de la bicicleta, cada vez más empapado, miraba al cielo. No lo hacía directamente, porque no hubiera podido tener los ojos abiertos. Pero miraba al cielo en busca de una respuesta. En el cielo, decía su abuela, estaban todas las respuestas, da igual que creas que no creas.
En ese momento, Felipe consiguió abrir el coche. En lo que tardó en ponerse de pie, ya había echado a perder su traje de 1.200,00 €. Y los zapatos de 280,00 €. El chico de la bicicleta era un poco más alto que él. Era mucho más joven que él. Era mucho más guapo que él. Tenía la mirada limpia, ahora lo veía. Aunque era ahora una mirada en busca de una respuesta. Estaba guapísimo así con la ropa pegada a su cuerpo. Habían pasado 6 años desde la `primera vez que vio a ese chico. 4 desde que lo dejó de ver. Él no lo sabía, pero el chico de la bicicleta, le había echado el ojo muchos meses antes. Por eso pasaba todos los días por delante de su casa, para lo que daba un rodeo de casi 20 minutos, y le hacía llegar tarde casi todos los días a clase. Pero sonreía muy bien, y los profesores le perdonaban.
- Ya estamos igual de empapados.
Sonrieron nerviosos. A ninguno le acudían las palabras a su garganta.



El chico de la bicicleta volvió a mirar al cielo. Después de casi 7 años, esta era su oportunidad. Debía decidir si arriesgaba y vivía algo con lo que había soñado, pero que había considerado eso, solo un sueño, o seguir con su vida, y casarse en dos meses, como tenía previsto. Vivir un sueño, pero que no sabía las consecuencias, o vivir su vida, con Sandra. Una relación serena, con mucho cariño, pero sin ese plus que algunos querían en sus vidas. Sin las mariposas en el estómago, ni la corriente eléctrica en su miembro viril.
Felipe se acercó al chico de la bicicleta. Rodeó su cuello con su mano, y acercó su cabeza a la suya. Juntó su boca con la de él. La besó suavemente. No podía perder ya más tiempo. Era su oportunidad. Era la oportunidad de tener al chico de sus sueños, por el que había aparcado a todos los demás, a los que ni siquiera había visto.
Pararon unos instantes, se miraron. Felipe estaba seguro, el chico de la bicicleta, dudaba.
Felipe volvió a besarle. Despacio, largo.
- Me voy a casar – dijo entonces el chico de la bicicleta.
Lo dijo de sopetón, sin mirar a Felipe, casi sin respirar.
Felipe se quedó parado. En un segundo todo se derrumbó. En 10 minutos había levantado un castillo que llevaba proyectándolo 6 años, y en lo que se tarde en decir cuatro palabras, todo volvía a esfumarse.
- Tengo que irme.
El chico de la bicicleta, ni siquiera miró atrás. No quería volver a dudar. Es duro acariciar un sueño esperado durante siete años, poder asirlo con sus manos, vivirlo, disfrutarlo, y padecerlo, por qué no... y dejarlo escapar... la vida son más cosas que sueños. Son realidades, personas, responsabilidades, decisiones... Si cuatro años antes hubiera tenido el coraje suficiente de acercarse a él, y decirle, y... o si lo hubiera tenido Felipe Cardona...
Felipe lo vio irse. Cerró el coche.
Fue hacia su casa despacio. Llovía menos.
Cuando llegó al porche, apenas llovía. Se sentó entonces un rato en una mecedora que tenía allí. Sus pantalones enseguida hicieron un charco a su alrededor. Y los zapatos estaban hechos un desastre. Se los quitó, y los calcetines detrás. Entonces pensó en que debía quitarse la ropa mojada.
- Buenas tardes vecino.






Devolvió el saludo con la mano. Ni se inmutó porque le viera en calzoncillos. Era Jimena la señora que vivía en la casa de al lado. Buena gente. Ya había dejado de ir en bicicleta, pero no de sonreír.

Entró en casa.
Cerró de un portazo. Le empezaba a salir ahora la rabia, la desesperación por su propia cobardía, la de hacía seis años, la de hacía cinco. La mala suerte de hacía cinco minutos. Se tocó los labios, recordando el nervioso palpitar de sus labios, de los del chico de la bicicleta.
Cuando estaba subiendo la escalera, llamaron a la puerta.
- ¡Vete al infierno! - gritó enfadado Felipe.
Insistieron.
Volvió sobre sus pasos iracundo.
No pudo decir nada. Unos labios cerraron su boca. Unas manos recorrieron en un segundo su cuerpo. Una lengua jugueteaba con la suya.
Cayeron al suelo.
Y siguieron besándose.
Un poco más tarde, sobre la alfombra del salón, frente a la chimenea encendida, y dos copas de vino, Felipe recitó al oído a Bécquer:
Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco enlazadas
se aproximan y, al besarse,
forman una sola llama.
Dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan.
Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.
Dos jirones de vapor
que del lago se levantan
y, al juntarse allá en el cielo,
forman una nube blanca.
Dos ideas que al par brotan;
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden;
eso son nuestras dos almas.



Se casaron. Dos meses más tarde.
Y tiene por costumbre pasear cogidos de la mano, mientras diluvia sobre la ciudad. Y a veces, se sientan en el jardín de atrás de su casa, y se besan apasionadamente mientras jarrea.
Dedicatorias:
A Alberto, por inspirarme la forma.
A Mackandal, por el chico de la bicicleta.
A todos los que os gustan los finales felices. Los que necesitáis de los finales felices.

1 comentario:

  1. Gracías. Yo soy de los necesitaba un final feliz. Y tener un sueño por cumplir. Y soñar que sueño. Aunque sea bajo la lluvia.

    Un beso (entre ensoñaciones)

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