jueves, 5 de enero de 2012

El concierto 2 (7).




El Dr. Ramírez salía de la habitación 438. Estaba cansado y se le notaba. Había salido de una guardia de 24 horas en urgencias, y había subido a ver a ese paciente, Daniel Ybarra.
No había habido avances. Y ya pasaban 4 meses.
Seguía ahí… en la cama. Casi como un vegetal. Le alimentaban por vía. Le hidrataban por vía. Le medicaban por vía. Sus necesidades fisiológicas, por sonda.
Si seguía así mucho más tiempo, el hospital le echaría. Deberían buscar un hospital especializado en ese tipo de enfermos.
El doctor subía todos los días. Unos días pasaba solo unos minutos. Otros días, se sentaba al lado del Daniel, y leía. Algunos días, incluso le hablaba. Le contaba cosas. Algunas intimidades suyas incluso. Le mojaba la cara, con un paño, si notaba que estaba sudoroso. Le acariciaba suavemente su mejilla con uno de sus pulgares.
Daniel se había recuperado de sus lesiones físicas, con relativa rapidez. Las roturas de huesos, unas cuantas, por cierto, diversas hemorragias internas… algunas complicaciones respiratorias al principio…
Todos sus compañeros le preguntaban. ¿Por qué? ¿Por qué tanto interés? Muchos le recomendaban que no se implicara… no le decían nada que no supiera. Debía dar por sus pacientes, todo. Todo su interés, su conocimiento, su trabajo, su dedicación… pero no debía implicarse. Lo sabía. Era su consejo más repetido para los MIR que llegaban. Pero ese chico… era el objeto de sus sueños. Era… el protagonista. ¿Cómo se lo podría explicar a nadie?



Miguel estaba cansado, sí. Se sentó en el hall de la planta. En uno de los bancos que los pacientes utilizaban para esperar en las consultas externas de Medicina Interna. Se recostó en el respaldo… qué incómodo pensó una vez más, como cada vez que se sentaba. Estiró las piernas… y las cruzó. Unos minutos descansando, y le daría fuerzas para irse a casa. Tenía tres días libres. El primero para dormir… los dos siguientes, salvo las visitas que tenía programadas a la habitación 438 del Yagüe, no tenía nada a la vista.
Pensó… como no, en Daniel. Le sorprendía la actitud de su familia. Era normal que en su estado, y ya habiendo pasado tanto tiempo, no tuvieran con él una dedicación diaria. Era duro ver así, como un vegetal, a un hijo. Día tras día. Pero, sus padres hacía semanas que no habían ido al hospital. Sus médicos siempre dicen a los familiares que hablen a los pacientes que están como Daniel. Muchos médicos creen que pueden oír… y que escuchar a sus seres queridos, puede ayudar al paciente a salir del coma. Sus padres… no parecieron escuchar el consejo, o les dio igual. O no supieron que decir a su hijo.
Su hermano Borja, ese sí venía casi cada día. Miguel tenía la impresión de que se escapaba. De que sus padres no sabían que venía a ver a su hermano. Tenía 15 años. Era… vivaracho, descarado. Le daba pequeños pellizcos a su hermano. Le tomaba el pelo, se inventaba las respuestas de su hermano… era todo un espectáculo verlo. Se habían hecho amigos. Miguel le solía invitar a una Pepsi, o a un bocata. Sonreía ahora al recordar la primera vez que se topó con Borja… éste le hizo un gesto con el dedo, como indicando silencio… acompañado de un sonido… “sssssssshhhhhhhhhhh”… “no hace falta que se entere nadie, salvo Dani, de que estoy aquí” “¿Tenemos un trato?” “Lo tenemos” contestó sonriendo Miguel. “Tú eres el de urgencias ¿verdad? Gracias” y extendiendo la mano con la palma hacia arriba, esperó pacientemente a que Miguel entendiera que debía corresponder con una palmada. Después de dos meses de práctica, ya se saludaban sin titubeos. Le caía bien Borja.
Silvia, una de sus hermanas, venía casi todos los fines de semana. Estudiaba en Madrid. Siempre que venía, una de las primeras cosas que hacía era venir a ver a su hermano. Estaba al menos una tarde entera con él. Venía siempre con la maleta. Calculaba la hora de llegada del último autobús de Madrid, y entonces se iba a casa. Cantaba, le hablaba, le contaba como le iba con su novio, con las clases… Incluso alguna tarde, había ayudado a los enfermeros y celadores a “bañarle”. Luego a veces, se metía en la cama, y le recostaba su cabeza sobre su regazo. Y le acariciaba suavemente.
Algunas enfermeras decían que Dani se le notaba mejor después de estas visitas. Aunque señalaban sorprendidas que, cuando mejor aparentaba, era después de las visitas del Dr. Ramírez. “Claro, pensaban, al fin y al cabo le salvó la vida. Se dará cuenta que es él.”
- ¿Miguel?
Miguel se sobresaltó. Se incorporó en un instante. Estaba somnoliento… y el que le llamaran justo al lado suyo, le había asustado.
- Perdón por haberle asustado…
Miguel se quedó mirando al chico que estaba a su lado. Le conocía de vista. También venía a ver de vez en cuando a Daniel.
- No perdona tú. Estaba un poco ido. Me asusté. Te he visto por aquí a veces… ¿vienes a ver a Daniel Ybarra?
- Sí… bueno… venía a verle a él y a Vd.
- ¡Ah! Pues aquí estoy… ¿Quieres un refresco o un café? Hay ahí una máquina…
Y diciendo esto se levantó y se llevó los dedos a su bolsillo, el de las monedas de los vaqueros…
- ¿Prefieres que bajemos a la cafetería? Así me como un bocata…
- Me da igual…
- ¿Tienes prisa? Perdona, a lo mejor solo quieres preguntarme una tontería y yo estoy haciendo aquí todo un mundo… estoy medio grogui… he salido de guardia… y ..
- No, no, me parece bien… tengo todo el tiempo del mundo… hoy no tengo nada que hacer.
- Vamos entonces.
Bajaron por las escaleras. Miguel iba delante. No se dirigieron la palabra en todo el camino. Llegaron a la cafetería, y cosa rara, apenas había gente. Pidieron unas bebidas y unos bocadillos. Se sentaron e una de las mesas, frente a la barra.
- Te llamas…
- Axel. Sorry, ni siquiera me presenté… Soy amigo de Dani.
- Vaya, lo siento. Alguna vez te he visto por aquí… ¿Vienes mucho?
- No todo lo que quisiera. Y a veces vengo y te veo… le veo…
- Tutéame, anda…
- Es que…
- ¿La bata impone? Ahora no llevo bata… decías que me veías…
- Sí, te veía en su habitación, y me daba la vuelta...
- ¿Por qué?
Axel se quedó en silencio. Justo dio un mordisco a su bocata. Masticó despacio mirando a la barra… cogió su lata de Pepsi, y pego un sorbo.
- Por no interrumpir. Mas que nada.
- ¿Me lo vas a contar? Axel, tú hoy has venido a decirme algo.
- No… en realidad no… No sé si debo contarlo. Es… Dani podría enfadarse de que te lo contara… ¿No vendrán los padres de Dani por aquí?
- ¿Qué pasa con ellos? ¿También te han prohibido venir a verle?
- Bueno… me dijeron que era mejor que no viniera.
- ¿Te dijeron eso?
Miguel iba a pegar un mordisco al bocata… y se quedó parado. Miraba atentamente las reacciones de Axel. Axel ocultaba su mirada…



- ¿Qué va a pasar con Dani si no se recupera?
-         Llegará un momento en que sus familiares tengan que buscar un sitio para que cuiden de él. El hospital necesita la cama.
Axel iba comiendo poco a poco su bocata. Su cabeza rugía. No sabía si confiar en el doctor. No sabía si lo que le contara, iba a traicionar a su amigo, a sus secretos. Pero...
-         Me sorprendí mucho que fuera Vd... perdón, que fueras tú quien le salvara la vida. Me pareció irónico.
-         ¿Irónico? No entiendo...
-         Al fin y al cabo, tú fuiste el culpable de que a Dani le atropellaran.
A Miguel, se le vino el mundo encima.


1 comentario:

  1. Me encanta esta historia, la disfruto como un bobo.

    ¿Sabías que guardo una copia de la obra entera? ¿De cuando la publicaste por primera vez?

    Un abrazo.

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