viernes, 10 de febrero de 2012

La corbata (y final).


La corbata 1ª parte.

Óliver cerró la puerta tras de si, y cerró también la puerta de la cocina. Metió la ropa en la lavadora, echó jabón y el suavizante, y la puso en marcha. Al son del ruido del agua entrando en ella, lloró. Le pareció oír a lo lejos la puerta de la calle al cerrarse. Y lloró más. Lloraba inclinado sobre la lavadora, gimiendo, sintiendo el vacío abismal que se había producido dentro de él al constatar con ese último intento que, el hombre del que se había enamorado, había decidido apartarlo de su vida con toda la frialdad del mundo, no porque no le correspondiera, sino porque había decidido que era lo mejor para él.
Lloraba y parecía que todo dejaba de tener sentido. La vida... hacía ya tiempo que no encontraba nada que le sedujera. Su trabajo, sus aficiones, habían pasado a ser meras rutinas. Su familia, sus amigos... obligaciones que había que atender. Sentía vibrar la lavadora debajo de él...


De repente sintió como unos brazos le rodeaban. Pensó que su sobrino Rodrigo, había vuelto de Burgos antes de lo previsto. Pero su sobrino no era de abrazos y otras demostraciones de cariño. Puso sus manos sobra esas que le rodeaban, y las reconoció. No era por nada, pero eran sus manos. Se volvió apartándolas, y estaba decidido a...
- He traído churros para desayunar.
Dani sonreía mientras Óliver miraba.
- He pensado que a lo mejor llegaba a tiempo de que metieras mi ropa a lavar también. Huele que apesta.
Óliver le miraba todavía con cara de mala leche, aunque la iba cambiando por un gesto de asombro. Daniel estaba desnudo, solo vestido con la corbata que le había regalado cuando consiguió su trabajo. Llevaba toda su ropa en un mogollón en una de sus manos, mientras en la otra sostenía una bolsa grasienta que debían llevar los churros.
- He pensado que con lo que te gusta el chocolate, tendrás. Sino me dices y bajo a comprar.
Daniel lo miraba como si nada. Óliver se debatía entre mandarlo a tomar por el culo, o echarse a reír.
- He pensado también que te podías poner cómodo como yo y quitarte esos molestos ropajes.
- ¿Ropajes?
Óliver no pudo por menos que sonreír.
Daniel se encogió ligeramente de hombros e hizo una pequeña mueca que intentaba decir tantas cosas...
No estaba seguro de que olvidar todo fuera lo mejor para él. Su mente echaba humo pensando todas las posibilidades. Por un lado lo amaba. Era su vida. Sin él, ésta estaría coja. Y no era seguro que pudiera continuarla. Por otro lado, no sabía si merecía la pena... alguien como Daniel que luchaba a brazo partido en contra de sus sentimientos... mañana a l,o mejor ganaba otra vez la lucha, y le apartaba de un plumazo de su vida.
- Huy la lavadora está acabando. Tendré que quedarme entonces todo el fin de semana. No querrás que salga desnudo a la calle.
- A mi no me importaría. Me gustas desnudo.
- ¡Vale!


Daniel se dio la vuelta, dejó los churros en la mesa, y la ropa sucia en una silla, y se fue en dirección a la calle. Abrió la puerta.
- Buenos días señora ¿Cómo está esta mañana?
Óliver corrió hacia la puerta.
- ¡Hola, Señora Juani! Perdónele, es que... - e hizo un gesto como para decir que le faltaba un tornillo mientras lo empujaba para que volviera a entrar en casa.
La señora Juani miraba a Daniel por encima de las gafas. Seguro llevaba las de lejos, y quería ver el panorama con una perspectiva más “cercana”.
- Nada, no te preocupes, si en los tiempos que corren ¿qué se puede esperar? ¿Y es tu novio?
- No señora.
- No quiere perdonarme, señora Juani. Me he portado mal... y yo quiero que me perdona, pero su vecino no me perdona.
- ¡Cállate, bobo! Que la señora no...
- Sí, no te preocupes, que no tengo prisa. Llego a misa de sobra.
- Pues Señora es que he sido un imbécil y me he portado mal con Oli, pero... ahora quiero pedirle perdón, y demás... pero él se resiste a perdonarme. Ni siquiera me quiere escuchar, señora. ¿quñe le parece?
Y Daniel se arrodilló, y le cogió la mano a Óliver.
- Oli, con la Sra. Juani de testigo, quiero perdirte perdón humildemente, desnudo de toda coraza, sin escudos en dónde esconderme, y quiero... quiero que seamos novios.
Óliver lo miraba incrédulo. Y en un momento que levantó la vista, se encontró con la de su vecina, que sonreía ilusionada.
- No sé si podrás luchar contra ti, Dani. Yo sabes que te amo, pero ahora soy yo el que tiene miedo de tus... miedos – no encontró otra palabra mejor.
- Me gustaría que te arriesgaras.
- ¡Venga! - arengó la Sra. Juani – Además le convenía taparse un poco, que en esta escalera hay corriente, y estamos en diciembre.
Oli sonrió.
- Anda, vamos. Entra.
Y tiró de sus manos que las tenía en modo súplica, juntas las palmas, mirando los dedos al cielo.
- No. Oli. Necesito una respuesta. He sido gilipollas, y... te necesito, joder, te quiero... y necesito además que me regales otra corbata, la que me regalaste ya está un poco ajada. Lo hago por eso, no te creas.
- ¿Ajada?
Daniel asintió con la cabeza, moviéndola de arriba a abajo muy deprisa.
- Se va e enfriar – insistió la señora Juani – perdónale anda, o encima le vas a tener que hacer de enfermero durante una semana.
Óliver no pudo evitarlo. Se agachó, cogió la cara de Daniel entre sus manos, y lo besó. Uno, dos, tres, cuatro besos seguidos.
- Eres...
- Imbécil, ya lo sé. ¿Me perdonas?
- Humm, veremos. Tendrás que ganártelo – y guiñó un ojo a su vecina – Empezarás preparando el chocolate para desayunar.
- ¡Chocolate! - gritó alborozada la señora Juani.
- Está usted invitada – le dijo Óliver – Aunque iba a ir usted a misa, no queremos...
- Puedo ir a la de una y media.
- Hay churros – dijo todavía arrodillado Daniel.
Óliver soltó una carcajada al ver la cara que puso su vecina, y la que tenía Daniel de niño bueno mirándola.
Entraron en casa. Daniel fue a la habitación a coger ropa de Óliver para vestirse.
Preparó el chocolate.
Y se sentaron a desayunar. La señora Juani en una esquina de la mesa. Dani en frente de ella, y Oli entre los dos. Ella los miraba contenta. Por una vez la vida se arreglaba. No como otras historias que ella conocía. Y verlos como sus manos se buscaban, primero tímidamente, luego con más decisión, llegando a entrelazarse, la llenó de alegría.
Decidió irse. Ya no llegaba tampoco a misa de la una y media. Pero ya habría otras misas. Una historia como la que había vivido, era más difícil encontrarla. Y había tenido la suerte de ser testigo privilegiada.
La acompañaron a la puerta.
Después, se miraron, se dieron su enésimo pico en esa escasa hora, y se fueron al salón. Se tumbaron en el sofá, abrazados, y sin apenas moverse ni hablar, se quedaron así el resto del día. Y los dos fueron conscientes de lo que ambos sabían desde el día en que Silvia los presentó: que se amaban, que se necesitaban y que a partir de ese día, su vida sin el otro, no sería completa. Aunque tuvieron que pasar casi cuatro años a que decidieran ser completos.
- Te amo - susurró Dani cuando anochecía.
- Te amo - contestó Oli cuando daban las diez - Mañana te regalo una nueva corbata.
Sonrieron.

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A Saiz... hay tantas razones para dedicárselo...
Y a los que necesitan y gustan de finales felices.


2 comentarios:

  1. Ya sabes como me gustan esos finales felices en la historias LGBTQ, creo que estamos necesitados de ellos. La realidad es tan cruel.

    Muchas gracias.

    Un abrazo.

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  2. Cosas asi hacen a uno sentirse solo aveces....

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