martes, 13 de marzo de 2012

El baile del músico.


(Muchas gracias a Didac por buscar una banda sonora a esta historia)

Sabes, podría escribir una historia sobre un músico. Un músico en lo más alto de su carrera.   Aclamado por el público, vitoreado. Siempre rodeado de gente, con deseos de agradarle, de impregnarse un poco de su virtuosismo, o de su fama, o de todo un poco. Gente a su alrededor que parecía preocupada por su bienestar, pero que todas sus acciones destilaban un cierto aroma de interés, de superficialidad.



El Músico los miraba y sonreía. Ya estaba acostumbrado, llevaba toda su vida de ciudad en ciudad, de orquesta en orquesta, cambiando las caras, pero no la gente. O al revés... pero daba igual, todos eran iguales.
- ¡Qué majo es el Músico! - decían todos los que trataban con él – Se le ve feliz, además con el dinero que ganará por subirse un par de horas al escenario...
Total, nadie estaba con él en sus interminables horas de práctica, de ensayo, de estudio. Nadie le veía en los interminables desplazamientos o en las tediosas horas de espera en los aeropuertos.
Mucha gente a su alrededor, muchos con deseos de agradarle, pero ninguno que le llegue dentro. Y él llora por la noche en la soledad de la habitación del hotel. Llora de impotencia, llora sin lágrimas porque nadie sabía ni deseaba escuchar su música con los oídos del alma. Nadie sabía escuchar al músico, nadie quería leer la partitura que está impresa en “su mirada melancólica con sonrisa debajo”.
Y se siente frustrado, solo. Solo de esa forma profunda que se acrecienta cuando estás rodeado de gente.
Y oye a todo el grupo de personas que se ha reunido para agasajarlo antes de un gran concierto en Berlín, en ese sitio tan especial y magnífico para los músicos como es la Filarmónica.
Y los oye como se oye caer la lluvia cuando estás refugiado al calor del hogar, y las  gotas de agua resbalan por la ventana, mientras miras por ella distraído, con una manta sobre las piernas y un libro en el regazo.



Él... él sueña mientras tanto. Sueña con un vals... sueña  que está bailando con una sombra y dan vueltas y vueltas en uno de esos salones de cualquier palacio suntuoso de Viena. De repente cambia el escenario, y baila  sobre la Plaza San Marcos de Venecia.  Y dan vueltas y vueltas... parece que vuelan sobre el suelo... sus capas al aire... no puede ver su rostro, porque es una sombra...
El anfitrión de la cena llama al brindis y el Músico debe dejar su baile para más tarde. Piensa en una excusa para retirarse pronto y poder dejar de fingir, bailar en sus sueños, y llorar su tristeza y su soledad. Hoy le pesa especialmente...
- ¡¡Por el Músico!!
Levanta su copa de Moët Chandon y saluda al anfitrión.
- ¡¡Por el Músico!! - contestan todos levantando también su copa.
Él mira a toda la mesa fugazmente. Muchas personas, pero él no ve a nadie.
Aplauden. El finge ruborizarse. Arrecian los aplausos.



De repente allá en el fondo, una sombra retiene su mirada, pero... el anfitrión vuelve a reclamar su atención para comentarle lo agradecidos que están de que el Músico hubiera aceptado la invitación para participar en ese concierto. El Músico sonríe, protesta “Yo soy el que debe estar agradecido de que me inviten a un concierto con ocasión tan señalada”. Protesta el anfitrión, vuelve a protestar el Músico... Sonríen, un sorbo de champán, otra sonrisa... “Estoy feliz de estar aquí”...
Conversación mil veces repetida, en inglés, francés, alemán, español, italiano... una conversación que ya hacía tiempo que le producía un hastío insufrible. Pero siempre sonreía.
Cuando le dan un minuto de respiro y vuelve a mirar... ya no está... la sombra.
De repente todo le pesa más que de costumbre. Nota un pitido en sus oídos... se disculpa apresuradamente y sale del salón hacia donde cree que podría haber ido... pero no lo ve, no encuentra... no lo siente...
Sus hombros se hunden un poco más... creyó haberla sentido, creyó que esto cambiaría su vida que ya no necesitaría llorar en silencio por las noches.
En un momento la gente volvió a rodearle,  ajena completamente a sus sentimientos, interesados en estar lo más cerca posible del Músico. De sacarse una foto, o de intercambiar un par de frases con él y poder contarlo al día siguiente al vecino del cuarto.
Nadie se percató de que una lágrima, una única y solitaria, se había escapado por uno de sus ojos, mientras sonreía con intensidad a la Señora del traje azul. ¿Quién era la señora? Él no lo sabía, y tampoco quería saberlo.
Se la secó disimuladamente con el pañuelo que llevaba en el bolsillo del traje... y siguió sonriendo.



Al día siguiente era el concierto. Uno importante. Algunos decía que el más importante de su ya importante y dilatada carrera. Importante concierto, importante ocasión, importantes los espectadores.  Todos estaban seguros de su triunfo, porque en realidad su triunfo era el de ellos y lo anhelaban con todas sus fuerzas.
- Sí, era una apuesta segura - habían dicho en el Patronato que regía la programación del Auditorio.
Pero él no... él no...  no estaba tan seguro porque había sentido esa parte de él que le faltaba, y como la había sentido, la echaba de menos. No le había pasado antes. Por primera vez la había percibido. Confiaba en su técnica perfecta y casi insuperable, pero no confiaba en sus sentires, en poder volcarlos en su violín.
Fingió un leve dolor de cabeza, seguramente por “la fatiga del largo viaje”, para retirarse al hotel.
Todos lo comprendieron. Le pidieron disculpas por no haber tenido la sensibilidad suficiente para liberarle del compromiso y permitirle descansar. Eran palabras, solo palabras, vacías de sentimientos, sin nada dentro. Alguno se atrevió a creer que la responsabilidad le pesaba. “Ganas de hablar” solo palabras.
Caminó sin rumbo fijo. Hacía frío, pero él no lo sentía. Llegó a un parque, y se sentó en un banco, mirando a un pequeño estanque en el que parecían navegar un grupo de cisnes.
- ¿No dormirán? - se dijo en voz apenas audible.
Los cisnes parecieron escucharle y dejaron de chapotear. Solo se escuchaba ya el sonido de la noche... miraba a la luna que se escondía en esos momentos entre las nubes... sonreía... esa sonrisa triste y llena de melancolía...
Cerró los ojos...
Otra vez bailaba... otra vez con la misma sombra... no podría decir por qué, pero era la misma, lo sentía... lo pensó durante un instante “¿Por qué va a ser la misma? No puedes estar seguro Músico a lo mejor es otra sombra”... pero lo era... él lo sabía.
No sabía, no veía su rostro, no sabía si era guapo o feo, alto o bajo, gordo o delgado... era una masa informe...
Pero bailaban... sin descanso... y sentía que en su sueño estaba por primera vez contento, feliz. Y a la vez esto le producía confusión: nunca había tenido esos sentimientos,  él que nunca había querido tener alguien al lado, no había sentido esa necesidad... y ahora en su sueño se sentía pleno, completo... una sensación novedosa... que convertía su realidad en imperfecta y agobiante.
Él  lo había descartado... los viajes, los compromisos, su música. La libertad de tener sexo sin compromisos, sin ataduras... porque no quería ataduras con las personas... solo precisaba de las ataduras a su pasión: la música... él pensaba así, era su vida.
Pero acababa de darse cuenta de que le faltaba algo. Que no estaba completo, que la música llenaba una parte importante de él, pero... no podía seguir solo, no podía seguir sonriendo sin esperanza... necesitaba un beso por la mañana, necesitaba una mirada cómplice, un azote al levantarse, un pellizco... un beso, una mirada... un “te quiero”, sentir que alguien leía dentro de él...
Sintió frío de repente a la vez se le venía una pregunta a la cabeza: “¿Hacía cuanto nadie leía dentro de él?”. Otra pregunta: “¿Alguien lo había hecho alguna vez a parte de sus padres y hermanos?”.
Se subió los cuellos del abrigo, y emprendió el camino de vuelta al hotel. Allí le esperaba la mejor suite, como un piso, con tres habitaciones, el salón, un piano de cola, y una botella de champán, cortesía de la casa. La envidia de todos.
Saludó con una sonrisa al recepcionista... y un leve gesto con la mano. Iba hacia el ascensor...
- Perdone, ¿Me firmaría un autógrafo? Soy un admirador suyo... - al hombre se le trababa la lengua - y estaba de vacaciones, sabe usted, y... la verdad... es que no me lo creo tenerle aquí, delante... y  casualmente y me he enterado de su concierto... ¡joder! y bueno, dio la casualidad que que le vi entrar en el restaurante y aunque me echaron... y luego averigüe que...
El Músico se le quedó mirando... algo se movió por dentro... en el estómago, en las piernas, en sus brazos... algo pasaba... era como un destello eléctrico, como un destello de luz, un golpe de sonido... un calambre que le recorría todos los poros de su piel, cada célula... era todo eso y nada a la vez... nadie le había mirado como el Hombre que tenía delante...
No era guapo ni feo, ni siquiera lo sabía, no era bajo ni alto, ni viejo ni joven... daba igual... no vio nada de eso... solo vio en sus ojos... lo que vio por un instante en su mirada... antes de que la apartara avergonzado.
- ¿Bailamos!



No lo pensó, ni siquiera supo que lo dijo, si  no hubiera sido por la cara de sorpresa que puso el Hombre, que no dejaba de mirarle también a los ojos, que se había quedado completamente parado, con el bolígrafo en ristre; no supo si fue una pregunta, o una invitación o toda una declaración: no lo supo.
El Hombre seguía con su mirada fija en sus ojos... era... era su ídolo, era el músico que para él... era... era el que le hacía sentir... era el que cuando llegaba a casa y ponía sus CD's para olvidarse de su vida aburrida y depresiva, para soñar con su música... el Músico que le levantaba el ánimo, el que le hacía seguir queriendo levantarse por la mañana... esa persona... era el que le decía tantas cosas con su mirada, el que le estaba abriendo su alma sin palabras solo con sus ojos... esa persona le acababa de invitar a bailar, en el hall del mejor hotel de Berlín.
Se quedó paralizado, pero el Músico no se amilanó: le agarró la mano derecha con su izquierda
y con el brazo derecho le rodeó la espalda. Y empezaron a bailar suavemente al ritmo del hilo musical del hotel...
- ¡Que bien, es un vals! - dijo el Músico.
Y sonrió.
Le sonrió.



El hombre le miraba a los ojos... le miraba la sonrisa... quería quedarse con todos los detalles,  quería leer todo lo que pudiera. Y quería pellizcarse para comprobar que no estaba en su casa, en España, y que todo era un jodido sueño que le produciría un enorme vacío por la mañana.
Pero no podía, porque no quería soltar esa mano que sujetaba delicadamente la suya y cuyo roce le daba vida. No quería dejar de rodear la cintura del Músico que le miraba de esa forma, que leía en él, y dejaba que leyera dentro de su corazón. Del Músico que le había acompañado con su arte cada noche en los últimos años, que le había dado la vida sin saberlo.
Y poco a poco fueron ampliando los pasos. Acompasaron sus pies, y cada vez las vueltas eran más decididas, más amplias...
- Nunca había bailado antes – se atrevió a decir el Hombre.
- Ni yo tampoco – contestó el Músico mientras sonreía de esa forma que no recordaba haber utilizado antes.
Los botones del hotel salieron a ver el baile. Alguien subió el volumen de la música. El recepcionista dejó de atender a los clientes que acababan de llegar... estos se giraron y se quedaron embelesados mirando a los dos hombres bailar...
Acabó el vals y todos aplaudieron.
El músico sonrió y se giró estirando la mano, para obligar al hombre a girarse también y se inclinó ligeramente para saludar. Lo miró para que le imitara, y el segundo saludo lo hicieron los dos...
Sonrieron, se sonrieron, se miraron.
El ascensor se abrió a sus espaldas y entraron en él.
Era el piso 17
Un suspiro. Se miraban, sonreían... se sonreían.
Abrió la puerta de la habitación con su tarjeta
- ¿Seguimos con nuestro baile?
El Hombre le miraba, y sonreía... le sonreía. Un suspiro.
El Músico se acercó al equipo y lo encendió...
Un vals, otro vals... el vals...
Y bailaron toda la noche, descalzos sobre el suelo.
Al día siguiente, el concierto: fue un éxito.
El público se levantó como con un resorte en cuanto la última nota salió del instrumento del Músico. Nadie recordaba una interpretación tan sentida... todos habían percibido en sus entrañas la felicidad de la música, la angustia, la tragedia, el alborozo...
Allí, en primera fila estaba el Hombre. El Músico le miró desde el escenario. Sonrieron... una sonrisa que nadie más vio... solo ellos. Y en la distancia, se hicieron la misma pregunta los dos:
“¿Dónde estabas que no te vi antes?”.
Y a partir de ese día, dos fueron uno, sin dejar de ser dos.
Y la música sonaba distinta...
Algunos llegaron a decir que la música no salía del violín, que salía directamente de dentro del Músico, de su corazón... nadie que le escuchara podía resistir sin emocionarse. Esa música cambiaba la vida de todo el que la escuchaba, lo malo lo convertía en bueno, lo triste en alegre, lo falso en verdadero...
No volvieron a separarse, no volvieron a sentir la soledad en la noche, ni la angustia por el día.
Cuando se iban a la cama, simplemente el roce de una mano, les hacía quedarse profundamente dormidos. Y soñar...  soñar que eran felices, porque lo eran, porque al final, estaban completos.
Y esta ha sido la historia del Músico que te quería contar. Otro día te contaré alguna otra historia. Quién sabe sobre quién o qué. Hay tantas historias que contar...
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Esta historia tiene una dedicatoria clara: a Didac. Con él y para él la escribí, y él ha puesto la música. Y si la escucháis a la vez que leéis, comprobaréis que es perfecta. Parece compuesta ex-profeso para la historia.
Y también se la dedico a los que necesitan historias que acaben bien. A los que aprecian la magia, y creen en los sueños. Y sobre todo, a los que saben sentir.

1 comentario:

  1. Gràcias porque yo soy uno de esos, uno de los que necesita historias que acaben bien... Porque este mundo ya da de por si mismo suficientes tristezas.

    La historia es genial.

    Un abrazo.

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