miércoles, 16 de mayo de 2012

El whisky era malo... pero malo, malo.


No podía recordar la última vez que se escribió con sus sobrinos. Y tampoco pudo recordar la última vez que habló por teléfono con su hermano Pedro. Y mucho menos con Julio. Y había una cosa que lo asustaba sobre el hecho que estaba constatando y es que... no los echaba de menos. Podía perfectamente pasar sin ellos. Sin su compañía, sin su cariño. Sin siquiera unas palabras para cumplir.
Leo ha sido el culpable de que estuviera ahora en esas disquisiciones matutinas. Su amigo Leo. Hablando con una copa de whisky en la mano durante horas y horas; whisky con hielo, porque era malo.



El alcohol suelta la lengua y se acaban diciendo bobadas. Bobadas que son la mayoría de las veces verdades como puños que cada uno guarda celosamente en el fondo de sus archivos, en una carpeta con un nombre en clave, para que nadie llegue por error a ella y vea el porno que suponen tus pensamientos más profundos. Y con la esperanza de que no se abran nunca sobre tu escritorio. Pero el whisky lleva al traste a tus planes y las hace abrirse sin remisión y, dependiendo de la dosis, incluso los saca  (los pensamientos secretos) adornados con unas cuantas lágrimas de sentimientos, que jurarás el resto de tus días, fueron únicamente producidas porque “era malo... pero malo, a ver si la próxima vez que vayas al Carrefour te estiras y compras uno decente”. “La próxima compras ese que hace que acaben en la cama los que lo beben”, porque esa carpeta en la que guardas tus deseos de que tu amigo Leo y tú mismo acabéis retozando en la cama sin miedo a levantarse a la mañana siguiente y girarse y llevarse un susto de muerte pensando que quizás una bonita amistad se haya perdido por obra y gracia de una buena noche de sexo y pasión (o mala, según toque), ha conseguido que no se abra. Por esta vez al menos.



- Está bueno el jodido de Leo – dijo Adrián en voz alta, como para comprobar como sonaba en voz alta - me gusta – siguió diciendo en voz alta – me pone – siguió matizando en voz alta y comprobando el sonido (aguardentoso 100%)
No supo decir si le sonaba bien o no en el sentido metafísico de la cuestión. Comprobó que su voz sonaba como la de un carretero (aguardentoso 100%)
Estiró la mano sin apartar la mirada del techo y cogió un cigarrillo. Lucky, que había decidido cambiar los Pall Mall por Lucky. “Los Pall Mall solo los fuman los hombres siniestros con gabardina”, le dijo Andrea hacía poco, con cara de estar diciendo una verdad incontestable. Y cuando al cabo de unos minutos  fue al servicio y cerró los ojos (por eso de parecer que se abstraía y se concentraba en esa importante acción de miccionar, o quizás para evitar que el de al lado pensara que le estaba intentando mirar su miembro en esa misma situación), se vio de esa guisa, caminando por el paseo marítimo y apagando las farolas a su paso. Paso lento y cansino. Daba igual que viviera en Burgos y que por razones evidentes no hubiera paseo marítimo en Burgos. “Sería gracioso” murmuró entre dientes, mientras el que miccionaba a su lado se apartaba de un salto y le miraba con cara de “Mira el depravado éste”, o pensando en qué de gracioso tenía su miembro, puesto que en semejantes circunstancias no cabía en la cabeza de nadie que se estuviera refiriendo a otra cosa.
Encendió el cigarrillo mientras cogía el cenicero y dejaba el mechero y el paquete en su sitio. Todo sin apartar la mirada de la pantalla en blanco que suponía el techo.
Se estaba estudiando minuciosamente. Estaba estudiando con el método de darse noticias sobre su familia para comprobar su reacción.
- Tu hermano Pedro ha muerto
Una llamada le da la noticia. Quizás su cuñada Rosa.
Nada. No siente nada.
- Tu sobrino Kevin es heterosexual.
Nada, sin reacción. No se le movió nada por dentro, ni una sombra de inquietud, ni se le despertó una necesidad apremiante de ir a consolarlo, a ayudarlo, a apoyarlo en ese trance de sacar eso que tan difícil le iba a hacer la existencia: ser heterosexual.
- Tu hermano Julio, se ha arruinado y de repente se ha convertido en un hombre modesto, humilde, sencillo.
Nada, sin reacción.
- Tu sobrino Jon tiene leucemia.
Vale, “a luchar, Jon, yo te apoyo”. Y una palmada en la espalda. Pero no se le mueve nada dentro.
Y volvía a recordar esa noche, que parecía lejana ya, de tantas vueltas que le estaba dando, pero que en realidad era la noche anterior, con el whisky malo, rebajado con hielo, en la mano, dándole vueltas sobre sí mismo, mientras escuchaba a Leo como lloraba de impotencia por estar hastiado con el mundo, con sus mundos, con todos ellos, con el de la ONG, con el de sus amigos del Instituto, con los de la Universidad, con los del equipo de fútbol, con los del baloncesto, con sus amigos del trabajo, con sus amigos del parvulario, con los que se reencontró por cierto una semana antes, al grito de “No has cambiado nada, nada, Jacinta hija”, cambiando “Jacinta” por el nombre de cada uno de los asistentes, los cuales por razones evidentes llevaban colgados de un cartelito a la altura del pecho. No fuera a ser que por alguna causa incomprensible, no se pudieran reconocer, o no se acordaran del nombre, después de más de 20 años de no verse, y de que cuandos e perdieron de vista tenían 5 añitos. 5.



- ¿Y yo te canso? - preguntó con la boca pequeña. Adrián, con la boca seca, aunque no dejaba de darle al whisky.
- Tú eres distinto – contestó Leo mirándolo fijamente.
No supo interpretar bien su mirada y mucho menos sus palabras. Podía significar que era “la hostia”, o que era “una mierda y que nunca había esperado nada de él”, o que sencillamente le era tan indiferente como la planta de su portal que había fallecido por ahogamiento súbito de sustancias... peligrosas, soltadas a altas horas de la madrugada, sobre todo los fines de semana al grito de: “que no llego, que no llego”; y con un suspiro de alivio doble al final: por el hecho en sí y por el peso que se le quitó de encima por... “haber llegado con la bragueta abierta”.
Adrián apagó el cigarrillo. Volvió a estirar el brazo para dejar el cenicero en la mesilla, cuando una mano salida de la nada se posó en su pecho.
Adrián fue a ponerse nervioso y levantarse de golpe... pero no le gustaba ser típico, ni en esos momentos de confusión. Así que decidió tomárselo con calma, respirar hondo una, dos, tres veces... Esa mano no parecía peligrosa, era una bobada salir corriendo ni hacer un drama.
Fue girando el cuello, despacio. Mientras, la mano intentaba atraerlo hacia ella. Hasta que en una conjunción de ideas y circunstancias, movimientos y pensamientos, se encontró a dos palmos de la cara de Leo, que resulta que era el dueño de la mano, y que tenía los ojos cerrados, muy cerrados, lo que le hacía pensar de que estaba más despierto que el niño del vecino de arriba, que llevaba tres horas dando por saco “Y es domingo coño, y lo peor es que ayer fue Sábado, hostias y el whisky era una puta mierda... malo, malo”.
De repente la acción que estaba produciendo su cabeza de archivar cuidadosamente esa parte de la noche, fue abortada; y la carpeta se abrió de golpe...
- Juguemos a verdad o mentira – dijo uno de ellos (en realidad fue Leo, pero eso en sus archivos no estaba bien definido)
- Guay.
- Mentira, pagas prenda (la chaqueta)
- Mentira, pagas prenda (la sudadera del otro)
- Mentira, pagas prenda (Las “new balance”)
- Mentira, pagas prenda (Los zapatos)
- Mentira, pagas prenda (los calcetines, que no “comprometen a nada”, sonriendo pícaramente; “soy fetichista de los pies”; “Mierda si lo llego a saber, me quito el anillo de la comunión, ahora me parece estar en pelota picada, si es que me mira como si lo estuviera, hasta empieza a salivar...”).



- Mentira...
- Mentira...
- Mentira, pagas prenda (“hostias que solo me quedan los Calvin, menos mal que me los he puesto, y... y... y... no los cutres que llevo todos los días”; “vamos, vamos”; “Al toro valiente, fuera los CK”)
- Mentira, pagas prenda (Los “Punto blanco” del otro... “tariro tariroooooooooo”)
- Mentira pagas prenda (Un beso, y otro beso... y más besos... muchas más... un beso aquí y otro allá, y más por aquí, y una mano suavemente por el pecho, y patatín... “Vamos a la cama mejor” “Pues chachi” “Qué malo es el alcohol” “Qué sí que sí...”
"Fue guay", pensaba Adrián mientras miraba la sonrisa de oreja a oreja de Leo. Y era raro, no se le notaba resacoso ni nada, con lo mal que le suele sentar la bebida.
- Ahora dirás que el alcohol... - prefirió ponerse la tirita antes de que Leo le dijera lo del alcohol, que se arrepentía y esas cosas.
- No bebí una mierda. Mis whiskys se los bebieron las Alegrías.
Ahora entendió Adrián por qué se le morían tantas plantas, si él las cuidaba, las hablaba, las ponía música por las mañanas, las mimaba.
- ¡Feliz cumpleaños Adrián!
Éste abrió los ojos de par en par... no se acordaba, era su cumpleaños...



- Guay, gracias – y se le pegó en la cama, y le besó, y le besó, y le besó, y le besó, y le besó, y le besó... En un momento dado en modo interrogación: - ¿Me has comprado un regalo? - con ojos de niño pequeño, morritos de niño pequeño, adorable en una palabra.
Leo se levantó, salió corriendo de la habitación y volvió al cabo de un rato con una especia de lazo, que se puso en el pecho, procurando que pasara por la altura de su corazón, el cual latía a un ritmo inusualmente rápido.
- ¿Te gusta mi regalo? Le he puesto hasta un lazo – y guiñó un ojo de esa forma, pícara, con esa sonrisa... pícara... esas malas artes irresistibles... pícaras...
Y Adrián suspiró de satisfacción, mientras cruzaba los brazos detrás de su cabeza, y se apoyaba en ellos, contemplando su regalo, que giraba sobre si mismo para mostrar todas sus virtudes.
Y decidió en ese momento, dejar de estudiar su apego hacia sus amigos y su familia. De momento lo que le apetecía era “a-pegarse” a su regalo.



Y volvió a suspirar.
- ¡¡Feliz cumpleaños!!

2 comentarios:

  1. El 15 de abril esta historia tenia aún más fuerza, pero a pesar de no ser hoy tu cumpleaños la historia me sigue encantando...

    Un abrazo.

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  2. Pus fíjate que aunque lo publiqué ese día, no lo escribí con ese motivo...
    Gracias.

    besos.
    muchos.
    envueltos.

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