martes, 8 de mayo de 2012

No habrá fiesta de cumpleaños ¿verdad?


Entró en el restaurante. Comía allí todos los días.



Era más tarde de lo que acostumbraba. Se había entretenido dando un paseo. Llovía... pero le dio igual.
Estaba empapado. No llevaba paraguas. Había dejado resbalar las gotas de lluvia por su cara. Era mejor así. Nadie distinguiría sus lágrimas de las que el cielo enviaba a la tierra.
Había parado en un toldo de una tienda, para secarse un poco la cara, antes de entrar en el restaurante. Se había atusado un poco el pelo, mirándose en el escaparate. Una dependienta le había descubierto en el proceso. Se le había quedado mirando con lástima. Pensó que resultaba tan patético que hasta una desconocida le miraba con pena, a  través de maniquíes y cristales blindados. Luego pensó que quizás le daba pena la calada que llevaba.
El camarero rápidamente le indicó una mesa libre. Era al lado de la cocina. Se puso mirando hacia el comedor. No tenía que volver al trabajo esa tarde. Le habían dado la tarde libre. Era curioso, pensó, el día que prefería trabajar, era el día que le daban libre.
Le cantó el menú el camarero. Eligió una menestra de primero. Un bacalao de segundo. De postre, una manzana.
Antes de irse el camarero le sonrío. Le extrañó. El chico era muy serio normalmente. Muchas veces había pensado que si ese chico fuera un poco más alegre, o sonriente, sería un hombre irresistible. Y hoy, que le había visto una sonrisa, daba vueltas a la razón, al por qué. Por cierto, pensó, el chico la verdad casi mejor que no sonriera. Se notaba que no estaba acostumbrado. Más que una sonrisa, era una mueca.
Le trajo la menestra.
Estaba rica. Tenía un poco de jamón, además de las judías, patata, las coles de Bruselas, zanahoria... La paladeó despacio. Mientras se fijaba en la señora rubia de todos los días, como se levantaba de su silla, y se iba con sus aires de reina destronada hacia la calle. Tenía la misma cara de estreñida que todos los días. Se alegró que al menos una persona en su entorno, no hubiera cambiado hoy las rutinas.
Cuando se llevó a la boca el último bocado, una col con un trozo de patata, se fijó como los ejecutivos de la empresa de la esquina, se levantaban también. Iban hablando animadamente del partido del Madrid del finde anterior. Cavilaban sobre las posibilidades que tenía de ganar la liga. Tenían todo muy estudiado, pensó. Si eran tan eficientes con su trabajo, seguro serían los mejores directivos de empresa que se pudieran encontrar en España.



El camarero no le dejó saborear su última col. En cuanto posó el tenedor, le quitó el plato, y le trajo su bacalao. No le había dado tiempo ni a rebañar con un trozo de pan el juguillo de la menestra. Se notaba que ya era tarde y el comedor empezaba a vaciarse. Se imaginó que el camarero tendría ya prisa por sentarse a comer, o de irse a casa con su novia. No sabía si la tenía, pero hacía tiempo que llegó a la conclusión de que ese chico o estaba casado, o tenía novia. Como no llevaba anillo, pensó que solo estaba ennoviado. Pero solo eran conjeturas. Le gustaba especular sobre cómo era la gente que se encontraba. Le daba pena ese chico... tan triste... siempre parecía enfurruñado, de mala leche... muy educado sí, servicial, eficiente... pero cabreado.
Se acercó el dueño. Le saludó, y como todos los días, le preguntó solícito sobre cómo estaba la comida. Él como todos los días le dijo que estupendo. Todo estaba estupendo. No era cuestión de decirle que quizás las verduras estaban un poco pasadas de cocción. Y que el bacalao estaba un poco insípido. Al fin y al cabo, era un menú del día. No podía esperar un lomo de bacalao de primera, con una elaboración de primera, y con una salsa digna de Arguiñano, cuando menos.
Era amable el dueño. Un hombre ya mayor, y orondo. Alguna vez se le había imaginado probando todos los platos del menú antes de abrir el comedor. Y luego acabando con las sobras. Pero le parecía que, pudiera ser una fachada, la de su bonhomía. Algo le indicaba que, a lo mejor, sus trabajadores pensaran que era un cabronazo explotador. Algunas expresiones dichas en voz alta para que todos los clientes le escucharan, cuando no estaban ninguno de sus empleados delante, le hacía pensar eso. Hablaba siempre en todo negativo sobre ellos. Despreciativo incluso. Al camarero que le servía, le llamaba “vago”... como epíteto más suave. Siempre sacaba fallos a todo lo que hacían los demás. Pensó que a lo mejor, no era la presión a la que le sometía su novia lo que hacía que el camarero tuviera esa expresión de mala leche permanente. No debía ser fácil trabajar con ese hombre como jefe. De repente se le apareció en su imaginario, el jefe con un látigo, y unas botas de cuero, con una altura  sobrehumana, atizándole las posaderas a su camarero. Y éste, aguantando, por cojones, la más mínima queja por el dolor que le provocaba el látigo de su jefe.
Sonrió al transformar esos pantalones de franela caídos porque no le abarcaba la barriga
en unos de cuero, con una pelambrera descomunal que impedían casi ver un trozo de piel en su pecho, que llevaba al descubierto, y unas botas de esas de militar, de 5 cm. de plataforma, y colocarle una gorra de esas de cuero también...
Acabó el bacalao entre esos desvaríos de su cabeza. Se había quedado solo prácticamente. Solo quedaba una parejita joven, que iban con alguna frecuencia. Debían ser estudiantes que vivían cerca, y de vez en cuando se daban un capricho e iban al restaurante a comer, para no tener que cocinar ni fregar.
De repente, se apagaron las luces.
Empezó a sonar una música...
Se abrió la puerta de la cocina...
Venía el camarero con un trozo de tarta.. y con una vela encendida.
Se quedó ojiplático.
Al lado del camarero venía la cocinera, y otro camarero que solía estar en la barra.
Venían cantando... al ritmo de la música... cantaban el cumpleaños feliz...
Estuvo a punto de salir corriendo. Pero la vergüenza de levantarse y salir corriendo le parecía mayor a la de que fuera a él al que le cantaran el cumpleaños feliz... Porque sí, se dirigían a su mesa.
La pareja se levantó también y sonriendo empezó a cantar...
“... y que cumplas muchos mássssssssssssss”
Aplaudieron todos
Él no sabía que hacer...
El camarero, ahora sí sonreía bonito, le dijo que soplara la vela y que pensara un deseo.
Se le quedó mirando a los ojos, como un bobo. No sabía que deseo pensar... no le gustaban los deseos. Nunca se cumplían y al final se deprimía por ello.
- ¡Vamos! – le empujó la cocinera.
Y sopló.
Otra vez todos empezaron a aplaudir. Él les miraba... les miraba y no les veía... solo era capaz de ver sonrisas, sentir alguna palmada en la espalda, le preguntaban cuantos cumplía, el contestó que 29... se acercó el jefe... le preguntó por la fiesta que celebraría de su cumpleaños, y le dio un codazo y un guiño, cuando se refirió a su novia y el regalo que le iba a hacer por la noche en la cama... él le miró con cara estúpida, y con una sonrisa más estúpida, con lo que el jefe se dio por contento... porque pensó que le daba vergüenza decirlo, pero que su novia iba a follar con él en ese día como si fuera lo último que harían antes de morir en un accidente aéreo, al día siguiente, cuando se fueran a las Bahamas de vacaciones, también por el cumpleaños.
El jefe le ofreció también un descuento si celebraba la cena con sus amigos. Él se disculpó como pudo... una fiesta sorpresa que él no debía saber nada, pero que se había enterado... que esa noche no iría a cenar por eso... mientras contaba estas disculpas, pensó en dónde cenaría esa noche...
La pareja se fue, después de darle un apretón de manos él, y un beso ella. El camarero le dio una palmada en la espalda, y siguió preparando el comedor para las cenas. El otro camarero volvió a la barra... la cocinera le dijo al oído que viniera antes otro día, que si venía ya tan tarde, la comida estaba un poco pasada... el jefe que no le dejaba hacerlo a su forma, para que todo estuviera igual a la 1 que a las 4 y media. Le guiñó un ojo, y se fue a la cocina para acabar de recoger, se imaginó. ¿Por qué todos le guiñaban un ojo?
Comió despacio la tarta. Estaba muy buena. Era de manzana y crema pastelera. Riquísima.
El camarero se fue a cambiar. Él esperaba que volviera para que le cobrara. Cuando volvió ya vestido de calle, y con una bolsa de deporte al hombro, le llamó para que le cobrara. Pero le dijo que estaba invitado. Como regalo de cumpleaños. Se alejó, y le vio en la barra, dándole un billete al jefe, que estaba en la barra. El jefe marcó un menú en la caja, y guardó el dinero.
El camarero se despidió con la mano. Salió a la calle.
Él se levantó y se puso su gabardina.
Cogió su bandolera y se fue hacia la puerta.
El jefe le despidió levantando la mano ostentosamente, y con un guiño igualmente ostentoso. ¿Tendría alguna enfermedad en ese restaurante que a todos hacía guiñar el ojo?, pensó él.
Cuando salía, entraba un grupo de hombres que, por la pinta, iban a ponerse a jugar al mus.  Estos al menos no le guiñaron un ojo. Respiró tranquilo.
Se cerró la puerta detrás de él.
Se subió los cuellos de la gabardina. Aunque ya no llovía, parecía que había refrescado un poco.
Empezó a andar despacio, hacia la derecha. Como todos los días.
Giró en la esquina. Era la tienda dónde antes se había encontrado con la mirada lastimosa de la dependienta. Ya no estaba.
- A lo mejor te gustaría tomar un café conmigo.
Él se sobresaltó. Levantó la vista del suelo... era el camarero. Y sonreía.
- No sé...
- Hay una cafetería al otro lado de la calle. Es tranquila.
- Es que... el trabajo...
- No creo que tengas que ir a trabajar hoy. Ya te hubieras ido hace rato. Calculo que llegarías 1 hora tarde.
- Pero... – estaba sorprendido por la perspicacia de ese chico.
Se le quedó mirando con la cabeza girada un poco hacia la derecha. Con esa sonrisa en sus labios... ahora sí... una sonrisa bonita...
- No soy muy buena compañía... yo...
- Déjame opinar a mi sobre eso... ¿vamos?
El camarero empezó a cruzar la calle. Él le miraba mientras se alejaba. Pensó en irse... pero, como ya le había pasado en el restaurante, la vergüenza de irse era mayor a la vergüenza de ir con ese chico a tomar un café. Así  que empezó  a cruzar la calle... el chico le esperaba con la puerta abierta. Pasó y el otro le siguió.
Se sentaron en una mesa al fondo. Era un sitio agradable, con poca luz, y una música suave de fondo muy agradable.
- Me llamo Diego – y estiró su mano para estrechársela.
- Jaime.
Vino un camarero para tomarles nota. Diego pidió por él. Unos cafés escoceses. Le dijo que los preparaban muy bien. Jaime le dejó hacer.
Se quedaron en silencio unos minutos. Jaime miraba a todos los sitios... Diego le miraba a él.
Llegaron los cafés. Jaime lo probó... estaba bien cargado de whisky.
- Tenía ganas de charlar contigo – dijo Diego.
- Ah. No soy muy hablador.
- ¿Por qué sueles estar tan triste?
- ¿Y tú? ¿Por qué sueles estar enfadado?
Se miraron. Y se rieron.
- Feliz cumpleaños – y Diego levantó el vaso para brindar – no va a haber fiesta ¿verdad?
- Gracias – y levantó también el vaso para entrechocarlo con el de Diego – no, no la habrá – y sonrió con tristeza.
Y empezaron a hablar.
Toda la tarde.


1 comentario:

  1. Creo que a esta historia le falta mucho, que está inconclusa. Ya te lo había dicho ¿Verdad?

    Ya sabes que me encanta...

    Un abrazo.

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