miércoles, 30 de mayo de 2012

Una historia de amor: "Una mirada entre la gente" 1ª parte.

Sales de casa con una idea prefijada de lo que te va a pasar en el día. No hay mucho lugar a las sorpresas, y la experiencia te dice que no suelen llegar. Y las dos veces que lo hicieron, mejor que se hubieran quedado en su casa.


Tienes que ir a trabajar, debes hacer algún recado antes, ir al banco, por ejemplo, quedar con ese amigo a desayunar para comentar el partido del día anterior, o sencillamente hacer alguna gestión de tu trabajo.
Hoy, por ejemplo, quedé con Felipe, mi amigo del instituto, para comentar el partido del Madrid y el Barcelona. No es algo que me de muchas satisfacciones últimamente, porque soy del Madrid, y Felipe es culé de toda la vida.
El mamón de él, me ha machacado. Y me jode doblemente, porque sé que tiene razón, pero... no me apetece dársela. Al menos en lo que atañe al fútbol. Y el Pepe ese de los cojones, haciendo el bestia, no ayuda mucho. Me siento defensor de lo indefendible. Pero nunca daré mi brazo a torcer frente a un barcelonista. Y menos ante mi amigo del alma, Felipe.
- ¡Viva Mou! - Grité en un momento dado.
Felipe el capullo se quedó mirándome con cara de sorna supina.
- No entendéis su estrategia – le espeté poniendo cara de convicción.


No os voy a contar la carcajada que soltó el capullo. ¿Capullo? Lo repito mucho últimamente cuando pienso en Felipe y en el fútbol. ¡¡Capullo!!
Pero en el fondo, a pesar de sus colores “furboleros”, quiero un huevo a Felipe.
Salimos de la cafetería riendo, con buen rollo. Él se fue a su trabajo en una gestoría, y yo me fui a mi tienda. Él se fue a la derecha, y yo a la izquierda.
Y no había dado yo tres pasos, cuando vi a ese chico.
Hace tiempo que no miro a ningún chico. Total, me da igual... pero éste me llamó la atención. Veintitantos, bajito, con mirada rotunda. Hasta diría que tenía una mirada un poco “malahostia”. Cubierto por la capucha de su sudadera, con una cazadora encima, una cazadora que no debía quitarle ni la cuarta parte del frío que hacía.


Me miró.
Nos miramos.
Nuestros ojos se encontraron a mitad de la distancia que nos separaba. Pero su mala hostia, esa que destilaba por cada poro, parecía que empujaba con su fuerza y hacía que cada vez yo perdiera en la lucha, y mi mirada se recluyera tras mi coraza.
Cuando nos cruzamos, él hizo un pequeño gesto con la cabeza, como saludando. Pero fue casi imperceptible. O a lo mejor no fue un saludo, sino un gesto altanero.
Me pregunté por qué ese chico me había llamado la atención. Ya he dicho que hacía tiempo que no miraba a los chicos, hasta esta mañana. Pensé durante un momento, mientras me arrastraba hacia mi tienda, despacio, como si no hubiera prisa o tuviera unos horarios que cumplir, meditando, y quizás soñando.
No sé por qué he utilizado la palabra quizás. No, no había ninguna duda. Iba soñando. Y ahora, recordando esta mañana, hasta me imagino con cara de bobo. Es que la llevaba, estoy convencido.
Me imaginé que me volvía. De hecho me volví un par de veces. Disimulé como pude, como si hubiera visto a alguien conocido, o como si quisiera fijarme en la librería del otro lado de la calle, y el último lanzamiento de Charles Dickens, un autor nuevo. Pero no vi la capucha con la mala baba debajo que tanto me había enamorado. ¿Enamorado? Bueno, no, ya me entendéis. En mi sueño, claro, no era así, él de repente aparecía en una de estas veces que me giraba, y sin decir nada más, me besaba, y me giraba el cuerpo, como en esa película, “El hombre tranquilo” de John Ford, recostándome sobre sus piernas... un beso de tornillo, apasionado... y luego me miraba a los ojos, y ¡zas! La declaración corta, pero definitiva: “¡TE amo!”. Así, sin más preámbulos ni más anestesia.


Estuve casi tres minutos mirando la verja de la tienda antes de decidirme a meter la llave que la abría y quitaba la alarma. La señora Jacinta, me miraba con estupor.
- ¿Le ha dado un vagal, Jaime?
La sonreí con cara de idiota, y apenas balbuceé una excusa, la cual me es imposible recordar en estos momentos.
La señora Jacinta venía a mirar un regalo para su nuera, que aunque la odia a muerte, pues, que narices, quiere a su hijo, y desea verle contento. Y se ha decidido por un grupo de figuritas de cristal de Murano, ma-ra-vi-llo-sas. Eso sí, una pasta, y sin descuento. Ella puede. No, no penséis que soy prepotente, o que quiero timar a la señora Jacinta. Sabe que tengo lo más selecto, lo más exclusivo en regalos, y no lo encontrará a mejor precio.
Se fue la señora Jacinta. Se fue contenta. Había más clientes, pero mis ayudantes podían con el tema. Decidí irme a la oficina. Quería soñar un rato... con la capucha.
- Perdone, es que quería hacer un regalo.
Me giré cuando ya tenía agarrado el pomo de la puerta.


Eran un grupo de 4 jóvenes. El que había hablado, miraba al suelo cuando me giré. Abarqué a los otros chicos, que me miraban curiosos, expectantes. Una de mis ayudantes se acercó como para quitarme el muerto de encima, pero la hice un gesto indicándola que me ocupaba yo.
- Para quién es el regalo ¿para tu novia?
Los demás se echaron a reír, aunque rápidamente se quedaron otra vez serios. El chico parecía haberse incomodado por la reacción de sus acompañantes.
- No... es... - el chico balbuceaba. Y todavía no había levantado la mirada del suelo.
- Es para su madre, está enferma y va a ser su cumpleaños. Mañana.
Uno de sus amigos había hablado por él. Ese mismo amigo le tocaba la espalda suavemente, como para darle fuerzas.
Entonces tuve un impulso para intentar que el chico perdiera un poco la vergüenza.
- Me llamo Jaime – y le extendí la mano.
Él por primera vez levantó la vista, aunque tímidamente. Y lo vi. No, miento... lo sentí. Por segunda vez en el mismo día me quedé completamente atontado. Pero esta vez, era algo distinto. Quizás con el chico de la capucha fuera pasión, morbo, o ambas cosas o algo más animal. Con este chico que tenía delante, y del que esperaba saber su nombre en unos instantes... era dulzura, determinación, amor, algo mágico... amor... es que vi amor en él... me desconcertó; y me gustó.
- Álvaro.
Fue apenas un susurro y me alargó la mano. Y otra vez me sorprendió, porque por su apocamiento e indecisión, pensé en un apretón de manos flojo, sin fuerzas, pero no, me encontré con una mano que me envolvía la mía con fuerza, determinación, y un movimiento del brazo corto, pero rotundo. Y esta vez sí, me miraba directamente... parecía que ese momento de timidez, había pasado. Y dibujaba una ligera sonrisa en sus labios, unos labios finos, pero con volumen... un poco resecos, quizás por el momento nervios que acababa de pasar... me pregunté a qué se debería esas dudas... tantas dudas que había traído a unos amigos que le apoyaran.
- Casi nosotros nos vamos.
- No recuerdo haber escuchado vuestros nombres – les dije encarándolos ahora directamente.
Y le tendí la mano al que parecía ser el cabecilla. Al que no dejaba de rozar la espalda de Álvaro. Álvaro... qué bonito nombre.
Bruno, Aitor y Hugo. Así se llamaban. Aitor y Hugo apenas disimularon unas risas, y una cierta incomodidad por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos.
- ¿Y en qué pensabas para el regalo?
- Pues no tengo una idea muy clara, me gustaría que me enseñaras cosas...
Y les enseñé la tienda. Al final los otros no se fueron, y viendo distintas posibilidades pare regalar a la madre de Álvaro. Reíamos y tal, y me contó que su madre estaba con la quimio, y que estaba siendo muy duro. Y quería que al menos el día de su cumpleaños fuera un día en que olvidara todo lo mal que lo estaba pasando.
- ¿Te decides por algo? - le pregunté cuando ya habíamos visto casi todas las gamas de regalos que tenía.
- Jaime, a lo mejor esas flores que llegaron ayer y que no hemos sacado...
Sonreí.
- Gracias Sandra (Es mi mano derecha en la tienda).


Entré en el almacén y saqué unas cajas muy aparentes que no habíamos tenido tiempo de poner en la tienda. En cada una venía una flor de porcelana. Eran de tamaño natural, pero muy finas, delicadas. Con la porcelana hay que tener cuidado, porque hay algunas figuras que son una horterada. Pero estas eran maravillosas.
Álvaro se quedó con la boca abierta. Le había escuchado un rato antes que a su madre le gustaban las flores, pero le daba pena cuando se quedaban mustias.
- Pero será muy caro.
- No, no te creas. Por ser para tu madre, te lo dejo en... - me quedé pensando unos minutos, era importante acertar con un precio bajo, pero sin que se ofendiera porque pareciera que se lo estaba regalando.
- 60 euros...
Me fijé que contraía un poco la cara...
- Pero con un descuento, se puede quedar en 40.
- Yo te presto, no te preocupes – se apresuró a decir Bruno, mientras sacaba del bolsillo del vaquero, un billete de 10 euros todo arrugado y se lo daba a su amigo. Éste sacó una cartera de esas de velcro, y sacó los 30 euros que llevaba en ella.
- ¿Cuál te gusta más? - le pregunté.
- Ésta – no dudó ni un instante.
Era una rosa. Maravillosa. Parecía que en cualquier momento iba a aparecer una gota de rocío en ella, y se iba a abrir uno de sus pétalos al contacto de un rayo de sol perdido.
- Yo te la envuelvo, no te preocupes - Sandra seguía al quite – es un inútil con el papel de regalo. -les dijo a los chicos guiñándoles un ojo.
- A lo mejor mientras, os apetece tomar un café – dije al grupo.
- Tú, Álvaro, nosotros nos damos el piro, que estamos out.
- No, yo ahora tengo clase, ya sabes...
- Pero date el piro – le susurró Bruno, dándole un pequeño codazo. – Aprovecha.
- Si no, puedes venir esta tarde, sobre las 7, y tomamos algo – me apresuré a proponer.
Todavía no sé por qué lo hice.
Álvaro me miraba. Yo creo que intentaba leer dentro de mí lo que sentía, o lo que pretendía... no, en realidad... ya sé lo que buscaba, buscaba si le estaba tomando el pelo, o... si le invitaba por lástima. Sí, eso es lo que buscaba en mis ojos...
- Vale – dijo al cabo de unos instantes que se hicieron largos de narices.
Le sonreí, y él sonrió. Bajó la mirada...


Cuando salieron, Sandra me sacó de mi atolondramiento:
- Anda que, menudo negocio has hecho. Si esas flores nos cuestan a nosotros 135 eurazos. Espero que el polvo merezca la pena.
- ¿Polvo?
- Huy... - Sandra se quedó mirándome de esa forma – si ha sido un flechazo... ¡coño! ¡Qué estamos casi en San Valentín! Ya veo que me tocará cerrar esta tarde...
- Serás... falta un mes.- pero ella ya se había ido a atender a un señor que acababa de entrar en la tienda – Y las flores cuestan 175,00 €.
No las tenía todas conmigo. Desde que abrí por la tarde la tienda, estuve nervioso, dándole vueltas a si vendría o no. Pero... Álvaro ha venido.
Nos fuimos a la misma cafetería en la que había intercambiado pullas futbolísticas por la mañana, con mi amigo Felipe.
Nos contamos.
Estudia Industriales. Tercero. A lo mejor no puede acabar este año, por lo de su madre.
Se le ha escapado que ya me conocía, de un día, unos meses antes, que fue con su madre a comprar un regalo para una tía. Y que le gusté.
No le he mentido, no lo recuerdo.
Me ha contado que lleva días intentando hacerse el encontradizo y que no lo he mirado ninguna de las veces que se ha chocado conmigo.
Tampoco le he mentido ahí, no me di cuenta. Me pregunto ahora, como no le había visto. Es tan especial... en la cafetería por primera vez me fijé en su físico... es que es guapo, pero no de esa belleza arrolladora. Es de una belleza serena, tímida... es alto, con el cabello ensortijado, pelo negro, ojos marrones, nariz pequeña, algunas pecas en los mofletes... no tiene muchos mofletes... un pequeño hoyuelo en el mentón... rasgos suaves en el rostro... se intuye un cuerpo agradable, sin musculatura, sin huesos marcados... y una sonrisa, entre pícara, luminosa... y melancólica.
Quizás el malahostia hizo que algo se despertara, y que desapareciera mi decisión de hace ya unos meses, muchos meses, de no mirar a los chicos con los que me cruzaba. Si le veo un día, le daré las gracias.
Hemos pasado toda la tarde juntos. Paseando despacio, hablando, cenando unas tapas por la zona de Sombrerería... Le acabo de llevar en coche a su casa, vive un poco alejado del centro y ya no había autobuses.
Al bajarse del coche, se volvió de repente, y me robó un beso. Me quedé extasiado. De hecho, ahora mismo, si pongo mis dedos sobre los labios, me da un pequeño calambre.
Le agarré de la cazadora, y le atraje de nuevo hacía mí. Me le quedé mirando un buen rato... a mí me ha parecido un buen rato... estaba embelesado con sus ojos... tenía un brillo especial... y le he besado. Ha sido un beso suave, solo con los labios... y le he acariciado levemente su rostro... y he sentido su barba de un par de días...


Se ha separado de mí, y otra vez nos hemos quedado mirándonos.
Otra vez nos sonreímos.
Cerró la puerta, a la vez que hacía un gesto con una mano, de despedida. Y otra vez esa sonrisa...
Veo mi reflejo en la pantalla del Vaio, y... sí, tengo esa cara de gilipollas. Esa cara de gilipollas enamorado.
No me lo acabo de creer.
Este año, dentro de unas semanas, a lo mejor puedo celebrar San Valentín. Estaría bien ¿no?
No voy a poder dormir...
Voy a soñar despierto... con Álvaro...
Ains.
Qué cara de bobo tengo ahora mismo.


1 comentario:

  1. No recuerdo cuanto hace que leí esa historia, es de esas que me arrebatan y me hacen pensar que valió la pena vivir, aunque solo fuera por tener la oportunidad de disfrutar de momentos como esos que has descrito con esa maestría que te caracteriza.

    Muchas gracias.

    Un abrazo.

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