jueves, 28 de junio de 2012

El cumpleaños de Martín.




Fue la última vez que lo vio. Y durante mucho tiempo la imagen de él caminando despreocupado calle arriba, se le repetía una y otra vez en la cabeza. Y el corazón se le encogía.
Durante más de tres horas la policía le preguntó y le volvió a preguntar; siempre las mismas cosas, aunque de formas distintas. Él estaba como traspuesto, asimilando no solo la idea de que su amigo del alma se hubiera largado misteriosamente, sino de que era un asesino a sueldo, como los de las películas.
Y el Inspector machacaba. Una y otra vez. Cansino a más no poder. Llegó un momento en que consiguió salir de su estupor, al escuchar la misma pregunta por vigésimo quinta vez y le dijo al Inspector: ”usted se ha debido creer que soy imbécil o algo así”. No fue muy original, pero es que las circunstancias no le ayudaban mucho. El inspector sonrió de esa forma que hacen las personas que saben que ellos son más listos que el resto del mundo, y que efectivamente piensa que su interlocutor es imbécil, aunque no está bien decirlo en voz alta. Ni en voz baja. Pero una sonrisa sardónica vale por cualquier explicación expuesta en un tratado de mil ciento siete páginas.



Siendo sincero reconozco que, que tu mejor amigo resulte ser un famoso asesino en serie, es un poco chocante. Y que tú no te hayas enterado de nada. Más chocante es que hayas incluso compartido lecho con él por temporadas, con una relación de ida y vuelta, que se quedó en ida, o en huida más bien por su parte, a los brazos de Irene. Un poco aire de imbécil la verdad si se queda, así como grabado a fuego en la piel, en la frente, bien visible.
Irene.
Irene salió corriendo unos meses antes de que hiciera lo propio Carmelo, el asesino. Se fue tan deprisa que incluso se olvidó de llevarse a su hijo Ignacio. Por no llevarse no se llevó ni su set de maquillaje, al que era adicta hasta decir basta. Martín sonrió un momento al Inspector pensando en que Irene era más adicta al maquillaje que a su hijo Ignacio. Fue un error, porque el Inspector pensó que se reía de él y de la pregunta sesuda e inocente que le acababa de hacer por decimonovena vez, y que tenía algo que ocultar. Llegó a cogerle de la pechera y a romperle la chaqueta. “Quién rompe paga”. Se le escapó, no lo pudo evitar. Y casi le rompe la crisma. Pero llegó una amable asistente social con un chico de unos 14 años, con la cabeza gacha, para salvarle la crisma.
De la crisma le salvó, efectivamente. Pero en contrapartida, Ignacio, el hijo de Irene, al que tuvo a consecuencia de un escarceo con un holandés que vino a pasar un verano a le estepa castellana y que salió por patas en cuanto se enteró que Irenita estaba preñada, está ahora ocupando una de las habitaciones de su casa. Y tiene jerseys nuevos, ordenador nuevo, camisas nuevas, calzoncillos nuevos, porque el señor juez que instruye el caso del “famoso asesino a sueldo” no permite que entren en la casa para recoger siquiera los calcetines cortos que le gustan a Ignacio para hacer deporte. También tiene calcetines cortos nuevos.
Y deportivas.
- Que de vueltas da la vida, Martín, tú con un churumbel y de tu amor de juventud.
Maribel se tronchaba con él. No, en realidad se tronchaba de él. Era pura venganza porque ella había sido su novieta de juventud. La dejó por seguir su afición a los hombres. Y eso ella no se lo perdonó. Nunca entendió que sus tetas no pudiera más que dos cojones. Y se lo tomó a mal. Si se hubiera ido con la dependienta de la droguería que había en frente del ultramarinos, se lo hubiera perdonado. Al fin y al cabo, esa chica las tenía mejor puestas que Maribel, y eso ella lo reconocía.
Ahora llega el momento de la venganza. Y de la juerga padre, cuando Martín va a llevar a Ignacio al fútbol, y se queda todo el partido, y encima lo anima..., “¡Venga Ignacio, machácalos!” y luego lo espera, y le escucha atento cuando le cuenta el partido desde dentro, y que el entrenador le ha dicho, y que el defensa del otro equipo era un guarro, y que le ha escupido, pero que luego él le ha pisado un callo “qué se joda” se encontró diciendo todo decidido Martín.
- Es como si tú y Carmelo hubierais tenido un hijo y éste te hubiera caído en el reparto.
Y la jodida se carcajeaba. Martín se sonreía.
Llegó el cumpleaños de Martín. Hizo una cena en un restaurante y llevó a Ignacio, claro. Le compró incluso un traje informal para la ocasión. Era la primera vez que iba a cenar así a un restaurante con mayores.
Martín invitó también a algunos amigos: Maribel, a Ernesto, a Juan, a Juanjo, a José y a Ana. Se apuntó por su cuenta Sonia, que era una pesada, y llegó de improviso Jorge, que adelantó su vuelta de Estrasburgo para ese día. Por Jorge bebía los vientos Martín últimamente. Pero Jorge a su vez los bebía por Maribel. Una vez pensó Martín en la posibilidad de decirle a Maribel de... de... de un trío, y así como quien no quiera la cosa, tener unos roces con Jorge. Pero le pareció demasiado humillante y eso era grave, porque mira que se había humillado últimamente Martín para llamar la atención de Jorge.
- En este caso si pueden más las dos tetas de Maribel que dos cojones – se dijo una mañana frente al espejo, explotándose un granito que le había salido en el mentón, por la banda izquierda, como diría el entrenador de Ignacito.
Y se puso triste en la cena al ver al susodicho amor frustrado, y verle retozar con Maribel, que procuraba hacerlo más visible y escandaloso, para joderle un poco.. .”Ten amigos para no necesitar enemigos” mascullaba Jorge. Y los demás cantando, “¡Meeeeee casó mi madre, meeeeeeee casó mi madre, chiiiiiiquita y bonita ay ay ayyyyyyyy...” y echándole los años que tenía, que él guardaba celosamente. Solo Maribel sabía su edad y se cuidaba muy mucho de decir nada, porque así tampoco sabrían la suya. “¡Pacto de silencio!”. Pero ella seguía metiéndole mano al Jorge de los collons.



Casi al final de la cena, se presentó Raúl. Fue como una revelación divina. Se olvidó por un momento del asesino a sueldo del que estuvo encoñado, de Jorge y el trío con Maribel, de Aitor, un chico con el que tuvo un escarceo hace unos años, pero del que se desengañó rápidamente al comprobar que se estaba liando a la vez con el bedel del Museo provincial, que era feo con avaricia. Desde que llegó lo miraba y no apartaba la vista, y que parecía que el otro le miraba también, y que “que guapo es” “Y que majo” “Y como habla” “Y que ojos” “Y mira como sonríe”. Llegó un momento de tal obnubilación, que Maribel dejó de meterle mano a Jorge, porque ya no surtía los efectos deseados en Martín y Jorge de esa forma perdía un poco de interés.
Regalos. Llegó la hora.
Tontadas varias. Unas zapatillas para estar en casa, una camiseta para correr por las mañanas “Pero si no me gusta correr”, un libro de macramé “¿mandeeee?”, un juego de sales de baño “pero si en mi casa solo hay ducha”.
Raúl le regaló unos gayumbos de Armani. “Mira mira el Martín, se ha puesto rojo como un tomate. ¡¡Aquí hay tomate!!”, y Jose y Juajosé se rieron de su gracia.
Ignacito se le acercó también para darle su regalo: un paquetito. Y le dio un beso en la mejilla. Y Martín ya no fue persona, porque era la primera vez que alguien le daba un beso de esa forma, con ese cariño de verdad. Abrió el paquetito, y era un cuaderno de esos guays que venden ahora para que los que se creen escritores y se crean con la necesidad de llevar un medio en el que exponer sus ideas que surgen en cualquier sitio y momento, se gasten una pasta, en lugar de comprar una libretita en un todo a cien. Será que la inspiración entiende de clases también.
“Querido Martín:
por primera vez en mi vida no he sido el único niño al que no ha acompañado nadie al fútbol. Una vez vino mi madre, pero se lió con el padre de uno del equipo contrario, y ya no volvió. Ella cree que no me di cuenta. Luego en los partidos siempre se iba con él, que me lo dijo el otro niño. El otro día un compañero me dijo que tenía un padre guay, y yo no le dije que no eras mi padre. Porque tengo la esperanza de que me dejes ser tu hijo, porque no tengo a nadie más, pero sobre todo porque me tratas bien, y me cuidas, y me quieres. Y yo también te quiero.
Feliz cumpleaños”. Y no te preocupes que no le contaré a nadie que cumples 33.”
Y Martín lloró como un gilipollas en el salón de su casa, cuando se sentó a leer el regalo de Ignacio. Y se levantó y fue a su habitación y le dio un beso en la coronilla. Y le susurró: “gracias, el mejor regalo de mi vida.”
Ignacio se levantó y se abrazó a él.
- ¿Mejor que el de Raúl?
Y se rieron los dos, y bromearon... pero al final Martín reconoció que, ni Raúl en persona mortal, en carne y hueso y sin calzoncillos siquiera, era mejor que el regalo de Ignacito.
Ahora en la soledad de su habitación, cierra los ojos. Y repasa una vez más a su amigo alejándose calle arriba, despreocupado, con ese baile que tenía al andar. Y no deja de pensar en cómo le pudo engañar de esa forma.
Sintió hambre. Se levantó de la cama y fue a la cocina.
Hacía frío.
Se puso a escuchar... pero no había ningún ruido en la casa. Abrió la nevera, y ahí vio su tarta de cumpleaños. Faltaba un trozo, el que se había comido esa noche, solo, al llegar del trabajo.
Cogió una chaqueta que tenía colgada en una silla y se la puso. Se cortó un poco de tarta; de manzana, la que le gustaba de niño; se puso un vaso de leche y se sentó a comer.



No quiso cerrar los ojos, para no seguir imaginándose una vida de aventuras, llena de amigos, de amores aunque fueran fallidos, incluso de niños que le querían a rabiar. Se centró en saborear la tarta de manzana de la pastelería de abajo, que no era ni de lejos como la de su madre, pero se dejaba comer, y se centró en su trabajo del día siguiente.
Hacía frío. Y eso que ya era primavera.

1 comentario:

  1. En muchas de tus historias nos transmites un profundo sentimiento de soledad que pareces conocer muy bien, o la menos imaginarlo...

    Al principio me perdí un poco, pero tu habilidad narrativa a acaba siempre redituando al lector justo donde tu quieres.

    Muchas gracias.

    Un abrazo.

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