jueves, 21 de junio de 2012

Otra vez ocurrió.


Otra vez.
Una historia que se repite día a día.
Miré el reloj incrédulo.
Miré la hora en el móvil.
La radio daba los pitos.
- Son las nueve, las ocho en Canarias.
Recuerdo cuando me levanté: las siete. Recuerdo ir al servicio y apoyarme en la pared para orinar. Recuerdo bajar la tapa y dar a la bomba. Recuerdo el ruido del agua caer de estampida.



Recuerdo ponerme frente al espejo y tardar en reconocer la imagen que me devolvía.
Recuerdo mirarme los ojos, y calibrar las ojera de esta mañana. Dos milímetros más que ayer, pensé.
Calibré la intensidad de mi mirada: menos tres en mi sistema de medida de cero a diez. Calibré la tristeza que transmitía: veinticinco.
Recuerdo abrir la tapa del dentífrico, y extenderlo sobre le cepillo de dientes. Llenar el vaso de agua para aclararme luego.



Recuerdo empezar a cepillarme. Recuerdo... recuerdo como el sabor triste de mi boca, iba cambiando hacia un menta neutro. O clorofila sin alma. Fresco en todo caso.
Recuerdo esos diez minutos. Quince a lo sumo.
Son las nueve. Hora y tres cuartos. Faltan hora y tres cuartos. Quizás hora y cincuenta minutos.
Me duele la cabeza. Parece que me va a estallar.
Me duele el alma, me duele perder mi vida a retazos. Me duele perder mis recuerdos, mis vivencias, me duele perder amor. No esto último no, porque no puedes perder algo que nunca has tenido. Aunque eso es mejor que no tener nada que recordar. Nada que recordar... una mirada al vacío de hora y tres cuartos.
Intento pensar, intento recordar a dónde viajé en esa hora y tres cuartos, quizás hora y cincuenta minutos, pero... no lo consigo. Solo consigo tener más presente el dolor de mi cabeza, el dolor de mi impotencia.
Vuelvo a abrir el tubo del dentífrico. Porque mi boca vuelve a saber a mierda. Como la mierda de mi vida. Mi boca no sabe a otra cosa distinta a lo que soy.



Cierro el armario del baño y miro la ducha. Y miro el reloj. Recuerdo que ayer domingo perdí dos horas en la ducha, dos horas que se me fueron por el desagüe, acompañando al agua caliente, más bien templada. Hoy no puedo correr el riesgo de perder otras dos horas sin recuerdos, sin vida, sin mi vida.
Cojo el abrigo, y el móvil, y la cartera, y el paraguas. Llueve.
El del primero me mira.
La vieja del cigarrillo escupe al suelo mientras me perdona la vida. Como los vaqueros en el lejano oeste, pero sin tabaco de mascar.
La de la frutería me mira.
El gordo se ríe. Me mira.
Adrián, el chapero me mira. Se para frente a mí. Sonríe: ¿pena?
- Tronko, tás pa´llá.
Le miro.
Me mira.
Le miro.
Me mira.
Le miro preguntando.
Me mira los pies.
Miro.
Voy descalzo. De hecho voy desnudo, solo el abrigo. Y la cartera.
Le miro perdido.
Me sonríe. ¿Pena?
Da un paso y me coge del brazo. Me dejo llevar...
Llegamos a mi casa y dejo la cartera. Dejo el móvil, me quito al abrigo.
Me siento en el sofá. Desnudo.



Adrián, el chapero se sienta a mi lado.
Me mira.
Le miro.
Me mira.
Le miro.
Gira un poco la cabeza y me sonríe.
Y yo... yo me acerco a él...
Y él me abraza...
- Tío, todo es guay – dice – Tranki (con k, porque él lo dice con k)
Y lloro.
Y el me besa en la cabeza.
- Todo es guay – repito.
Y lloro. Porque no recuerdo: he perdido mi vida. O es que a lo mejor, no tengo vida. La he tenido... ¿La he tenido alguna vez?
Fuera llueve.


2 comentarios:

  1. Como siempre me han encantado las fotos con que iluminas esta historia que recuerdo ya haber leído... Una historia muy triste de un alma en pena que tiene la suerte de encontrar a su buen samaritano en ese chaperillo. Me entristece que haya mucha gente así, como tu protagonista, sin vida, pero me enternece. Me enternece el buen corazón de Adrián.

    Un abrazo.

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  2. Sí, los chaperos son como todo el mundo: los hay de todo tipo. Y me encanta cada vez que se señala a uno con buen corazón y capaz de ayudar a alguien que lo necesita. Despierta ternura en mis recuerdos, porque yo nunca olvidaré a mi Adrián... Vaya aquí mi homenaje a los que han sabido no despersonalizarse en el comercio del cuerpo.

    Besos.

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