lunes, 16 de julio de 2012

Esperando en el pasillo.




Jesús pensaba que todo era injusto con él. El mundo, la gente, los profesores, el director. Y Pablo.
Pablo pensaba que no podía cargar con el mochuelo que le quería cargar el enano ese. "Lo enano que es y lo ligero que tiene le puño el jodido". Y encima debía esperar a su lado, en el pasillo de dirección, de pie y sin asear. Pablo odiaba no estar aseado. Pablo odiaba al mundo.
¿Por qué era todo tan difícil?
Si la madre de Jesús pudiera leer en su mente, se enfadaría con él. Y lo haría con saña.
- Tienes mucha suerte, Jesús, hijo mío – le repetía incansable – No te va a faltar nunca un plato para comer, ni un abrigo para pasear por la calle en invierno. Y tienes un techo en el que guarecerte. Y tienes personas que te quieren, aunque tú no lo aprecies. Eres un chico sano. Lo demás no importa.
Pero su madre no había sufrido como él lo hacía. No era suficiente tener que cumplir las expectativas que todos se hacía respecto a él. Él era hijo de su padre, y de su madre, y era hermano, el pequeño, de sus hermanos. Todos marcando el camino con sus resultados académicos, sociales, deportivos. Todos con pareja, con la que se suponía que debían tener.
- Chorradas - diría su madre decidida.
Y era cierto que nunca le había impuesto nada. Ni le había obligado a estudiar nada en especial. Pero todo parecía escrito; y él lo sabía.
- Chorradas – repetiría su madre cada vez más enfadada.
A ver si dice lo mismo cuando se enteren de que me van a expulsar de esta magnífica universidad privada en la que han triunfado antes tantos de mis familiares.
Jesús miraba de vez en cuando de reojo a Pablo. Lo notaba incómodo, y asustado. El gran Pablo asustado, el héroe del deporte. El capitán del equipo de remo, la insignia de la institución. Un alumno brillante. Pero sin pedigrí.
Pablo no pensaba en el pedigrí. Nunca le había dado importancia. Sabía valerse solo. Sabía de sus cualidades, de lo que tenía que hacer. Y sabía hacerlo. Era bueno en el deporte y había aprendido pronto que abría puertas en un mundo muy competitivo. Y era bueno con los libros. Era de buena familia, si no, no estaría en ese Universidad. Pero sin exagerar. En la categoría de “buena familia” había muchas subcategorías intermedias. Y él era de las de en medio tirando a bajo. Pero quería escalar. Era competitivo. El deporte, ya se sabe.



Estaba enfadado consigo mismo. Porque se notaba sucio, y eso le incomodaba. Porque además se notaba sucio al lado de Jesús y que él lo estuviera también, no era algo que disminuyera ni un ápice su desasosiego. Porque llevaban los dos más de media hora de pie en el pasillo, esperando un veredicto que seguro, se imaginaba estaban comunicando a sus padres antes que a ellos.
- ¿Y si cargo con las culpas yo? Déjame a mí que yo...
Casi le pega cuando Jesús empezó a susurrarle camino del despacho, rodeados por la plana mayor de los profesores y cuidadores. Él se dio cuenta y calló.
- Te parto ese orgullo que tienes de lo más dentro, como se te ocurra algo en esa línea. Sé apechugar con mi culpa y las consecuencias.
- Pero... - intentó contestarle, pero uno de los profesores le reconvino con la mirada para que se callaran. Todo era muy teatral y serio. Faltaban unos gaiteros acompañando a la comitiva camino del despacho de Dios. Léase Rector.
Sus miradas se cruzaron un instante, cuando cambiaron de postura. Jesús insinuó una sonrisa. Pablo la secundó.
“Les podríamos haber machacado si nos hubieran dejado”, se dijeron en silencio.



Vinieron a tocarles los cojones, los del equipo rival. Vinieron cuando sabían que estarían los dos solos (porque lo hacían todos los días y todos lo sabían, no era ningún secreto), metidos en la embarcación, los dos tranquilos, uno recostado sobre el otro, y charlando sin prisas. Empezaron con la mierda de maricas e intentado enfadarles, gritándoles y provocándoles... creía que se iba a acoquinar, que se iban a esconder o algo así.
El pequeñín fue el primero en soltar el puño. Después todo fue confusión. Golpes por aquí, alguno de sus compañeros de equipo vino corriendo al escuchar el jaleo...
- Yo creo que ganamos – susurró Pablo mirando hacia el otro lado, como si alguien les hubiera prohibido hablar.
- El imbécil de Paul, se pensaba que... pero en esa universidad ¿hacen oposiciones de tocapelotas? ¿Tan derrotados estaban ya antes de empezar la carrera?
De repente salió Dios hecho una furia.
- Pablo y Jesús, Jesús y Pablo. Tanto montan el uno y el otro. ¿Cuántos años lleváis de noviazgo?
Se quedaron los dos con los ojos muy abiertos, descolocados absolutamente.
- ¿Y quién va a ganar mañana la carrera?
Se miraron de reojo los dos...
- Nosotros, señor director – balbuceó Jesús.
- Así se dice, patrón.
- Que yo sepa lleváis dos años como novios. Y no os he visto en el baile ninguno de los trimestres. Así que la semana que viene, os quiero bien emperifollados inaugurando el baile. Porque como además ganaréis la regata mañana, y os presentaréis al campeonato nacional... va a ser la leche.
- Pero señor...
- ¡Ah! ¿Alguna duda? Os habéis estado cagando aquí pensando que os iba a expulsar. Cagando al pensar que vuestros padres iban a aparecer por la escalera en cualquier momento para ayudaros a recoger vuestras cosas. Eso no era castigo... Castigo será que inauguréis el baile, con el vals de rigor, y que el verano lo paséis recorriendo Europa compitiendo defendiendo los colores de esta sacrosanta Universidad.



- Pero...
- Ni peros ni nada. ¿Alguna propuesta alternativa? ¿Los expulso por violar el reglamento de esta insigne Institución que prohíbe expresamente las peleas?
El director se dio la vuelta para volver a su despacho.
- Una pena, con lo buen partido que hubieran sido estos para alguna de mis hijas... - murmuraba al cerrar la puerta guiñándole el ojo a su secretaria que estaba presenciando toda la escena.
Jesús y Pablo se miraron. Deberían estar contentos, saltando de alegría, no les iban a expulsar, ni llevaría eso a su separación...
- ¿Sabes bailar? - lo dijo el "enano" con tono compungido.
- No, ¡qué palo! bailar delante de todos y los padres y profesores e invitados... vendrán mis viejos.
- Yo tampoco – Jesús tragó saliva angustiado - Mi vieja vendrá también.
- ¡Hombres! – exclamó la secretaria - Todos son iguales. A partir de mañana, clases de baile a las 8 en el gimnasio.
- Iban a protestar... pero pensaron que era mejor callarse. Había sido todo tan... desconcertante...
De repente la puerta del despacho se abrió de improviso.
- ¡Pero todavía están aquí! Irene, al menos se habrán dado un beso.
La aludida negó con la cabeza.
- ¿Pero a qué esperáis?
Juntaron sus bocas con torpeza, a la vez que sus rostros adquirían un tono rojizo.
- Y a descansar, que como no ganéis mañana, os vais a enterar.
Se despidieron aún más torpemente del Rector y de su secretaria que lo que se habían dado el beso.
- Mañana a las 8 en el gimnasio. Ropa cómoda.
Jesús y Pablo se cogieron de la mano, y echaron a correr, antes de que la situación pudiera complicarse un poco más.



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