miércoles, 1 de agosto de 2012

Angelines fue de compras



No es un día especialmente dichoso. Los días deberían ser todos dichosos, la vida maravillosa, sudando felicidad por cada poro de la piel.
Hace sol. Calor.
Ayer también hacía sol. Pero con aire frío.
Estoy apoyado en mi coche. Fumo despreocupadamente. Miro la gente pasar. La miro por nada especial, sino porque pasa y estoy ahí, y no he cerrado los ojos.
La señora gorda, con las piernas hinchadas; un evidente problema de circulación. Camina cargada de bolsas, patatas y un poco de fruta. Mirada de asco. Nada que ver con una mujer coqueta que fue en su juventud, orgullosa de unas piernas que levantaban los ánimos de los albañiles en cualquier obra por la que pasara. “¡Qué cosas me decían!”, cuenta a su nieta Libertad, embelesada en los recuerdos de tiempos mejores. Y se ruboriza ella sola recordando...
Se casó con un desalmado. No era malo, solo egoísta. NO era malo, era solo un hombre en un tiempo en que debían ser "hombres". Pudo hacerlo con cualquiera, pero lo hizo con él. “El amor”, pensó. “El amor” justificaba a su amiga Edelmira. “El amor”, dijo a su madre, que la miraba resignada. “El amor” repitió a su padre que salió de casa dando un sonoro portazo.
No es un buen día para Angelines.
Todo hubiera sido distinto si aquel día no hubiera ido por la calle de Santander. No lo iba a hacer, pero lo hizo. Allí estaba “el amor”.



Miradas, caída de ojos, una sonrisa que se caía al suelo, y el galán se agachaba para recogerla, y entregarla a su dueña.
Repetimos:
Una sonrisa en el suelo, que había caído como descuidada. Y él que se agacha, la recoge y se la entrega a su dueña.
Una mirada.
“El amor”, le dijo al cura que les iba a casar.
“El amor es ciego”, le contestó el cura, resignado a consagrar ante Dios una nueva equivocación en nombre de “El amor”. “Con lo que tú vales”, se dijo persignándose mientras Angelines salía de la sacristía.
¿Y si hubiera ido por la calle Almirante? ¿Y si hubiera acompañado a su madre a la droguería a comprar jabón Lagarto?
Él no volvió a agacharse a recoger nada. La hizo cuatro hijos, y no se agachó nunca ni siquiera para levantar a alguno de ellos cuando se tropezaba.
¿Y si ese día ella hubiera ido al cine con su amiga Juana y su novio? Quizás el que se hubiera agachado a coger sus sonrisas hubiera sido Julián, el amigo de éste. Julián, buen chico... un poco triste, pero apañado. Sabía hasta cocinar, lo decía hasta su madre. Aunque de las madres nunca hay que fiarse.
Pero fue por la calle Santander. Y ahora arrastra la compra bajo el sol, con calor, porque hoy hace sol, calor, aunque ayer hacía frío.
A Angelines ya no se le cae ninguna sonrisa. En todo caso, se le cae el alma a los pies.
No me doy cuenta, y la colilla casi me quema los dedos. La tiro al suelo. Durante un segundo pienso que no debería haberla tirado al suelo, que está feo. Pero solo es un segundo.
Quisiera meter la mano en los bolsillos, subirme el cuello del abrigo, y caminar pensativo. Es lo que mejor le venía a estas líneas. Y un fundido en negro con mi figura encogida, caminando por la calle, hacia ningún sitio en concreto. Pero hace calor. Sol. No tengo cuello, porque no tengo abrigo. Así que camino, sencillamente.
No es un buen día, ya no recuerdo cuando fue el último buen día. Eso sí, hace calor. Sol.
Pero el fundido en negro vale igual.
“Camino calle abajo, o arriba, dependiendo de la relatividad, porque la calle es plana. Y acabamos con un fundido en negro, con mi imagen en el centro, caminando despacio, moviendo las manos al ritmo de mis pasos, sobrepasando a Angelines, cargada con sus compras: patatas y un poco de fruta.”
Fin.


1 comentario:

  1. Que buenas fotos...

    Es una de esas historias que le dejan a uno con el alma encogida. Es como haber desperdiciado la vida y haberla tirado al suelo como esa colilla que casi te quema los dedos que acaba pisoteada… Algunos errores se pagan demasiado caros.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar