jueves, 30 de agosto de 2012

Arturo y la felicidad


Arturo creía en las casualidades y en las premoniciones.
Llevaba varios días rodeado de frases sobre la felicidad.
"La felicidad no consiste, como cree la gente, en ser dichoso, ni tampoco en no ser desgraciado, sino en procurar lo primero y en no resignarse a ser lo segundo". George Bernard Shaw
Se la encontró en un correo electrónico. Se quedó mirando la pantalla durante un rato, pensando. No, no pensaba en realidad: sentía.


No le gustó lo que sintió, pues era la desgracia que anidaba en sus entrañas. Intentó procurar no ser desgraciado, y así ser un poco feliz, aunque luego pensó que no valían los atajos, no era lo mismo hacer lo posible por no ser desgraciado, que por ser feliz.
Arturo se calzó sus Adidas, se levantó de un salto de la silla, y salió a la calle, lleno de actividad, de fantasía, dispuesto a conquistar el mundo, a ser feliz no siendo desgraciado, o siendo feliz para no caer en la desgracia.


Pero se fue apagando según caminaba por la ciudad.
Miraba a su alrededor, pero no veía nada.
Escuchaba las conversaciones, pero...
Recogía las sonrisas de la gente con la que se cruzaba pero... no valían, eran falsas, amargo reflejo de la hipocresía, la vanidad, y un poco también del miedo.
Se paró en medio de la calle, en un paso de cebra con semáforo, en este caso, verde para los peatones, miró al cielo, en ese momento nublado, y gritó a todo pulmón:
- ¿Qué necesito para ser feliz? ¡Tú! ¿quieres decírmelo de una puta vez?
Y señalaba al cielo, y lo miraba con cara de odio, o asco, o un poco de las dos cosas, con matices de desesperación.
Recordó tiempos pasados, y también algún tiempo futuro. Miró dentro de él, y fuera. Pero nada vio que se pareciera a algo parecido a la felicidad.
Seguía ahí plantado, en medio de la calle. Pero nadie le miraba, ni le increpaba. Era como si no existiera. De hecho los coches lo atravesaban como si no estuviera, y los peatones pisaban sus callos y le daban patadas en las espinillas, las de las piernas, no las de la cara. Aunque alguna se perdió también en las de la cara.
De repente una voz que parecía susurrarle, una voz salida de ningún sitio, o de todos quizás, le dijo:
Cuando recuerdo aquella escena sólo lamento no haber sido consciente en su momento de lo intensamente dichoso que fui durante aquella etapa de mi vida. Eso es lo malo de la felicidad: que resulta demasiado fácil acostumbrarse a ella.” Marta Rivera de la Cruz.
Sin darse cuenta anduvo unos pasos, hasta quitarse del paso de cebra con semáforo. Escuchó entre brumas, unos aplausos encendidos y entusiastas y los cláxones sonando estridentes. Les prestó la misma atención que dedicaba a sus amigos y a su familia, y a sus compañeros de trabajo, y al del Kiosko, y al de la hamburguesería: ninguna.
Arturo de repente se dijo algo a sí mismo, como para romper la dinámica en la que su cabeza había entrado, de viajes al pasado, como si fuera el chico ese de Regreso al Futuro, o el científico payaso.
Algo tiene que pasar, el destino me acerca la felicidad. Dos frases felices en poco más de 10 minutos, o a lo mejor son 36, pero da igual... ¡Mi felicidad va a llegar!
Y miró a derecha, a izquierda, para verla llegar. No sabía si llegaría andando, o en buga, o en una bicicleta de montaña, o quizás lo hiciera en skate, o en patinete, muy recta, porque la felicidad sabrá seguro que si no lleva la espalda bien recta, al final duele...
- A lo mejor por eso a veces dicen los románticos que la felicidad duele.


Y se rió de su propia gracia. Arturo estaba cogiendo la costumbre de hablarse en voz alta. Un chico de unos 23, alto y ancho de espaldas, pelo rubio ensortijado, piel suave y brillante a la vista, sonrisa en ristre, y una suave pelambrera asomando por la parte de arriba de su short, se le quedó mirando sorprendido. Arturo lo miró también, e inmediatamente pensó en que ese chico era su felicidad. Y se vio entre sus piernas, en medio de una lucha de bocas, buscándose el uno al otro con tanta fruición, con tanta prisa y dedicación que no se encontraban en ningún lado. Las manos recorriendo torpemente su cuerpo, y las suyas, el suyo, o al revés, pero que lío de manos suyas o suyas había organizado en un momento, en su cabeza claro. Y un fundido en negro dio paso a una tierna escena de Arturo tumbado en el prado sobre la pierna del rubio. ¿En cual prado? Pues Arturo no sabía, a lo mejor era un prado del rubio rutilante sin nombre, llamémoslo Felicidad, como lo llamó Arturo en su mente, que lo había proyectado hacia su propia mente, la de Arturo me refiero.


Arturo puso su mejor sonrisa y demás, pero cuando iba a agarrar con las palabras al rubio rutilante, éste había desaparecido entre el gentío de la calle.
- ¡Felicidadddddddddddd! ¡Felicidaddddddddddd!
Arturo gritaba y gritaba. Saltaba para ver al rubio del prado ¿qué prado? Ningún prado, porque ya no estaban en ningún prado, ya estaban en ningún sitio. El fundido a negro se había transformado en un negro, negro, sin nada que fundir.
"La felicidad no es el fin , sino el medio de la vida".
Su amiga Esmeralda. Se lo dijo ayer en el pub de la esquina de su casa. Estaba borracha. Ella no era feliz, aunque lo intentaba. No, se corrigió Arturo. En realidad Esmeralda fingía ser feliz. Era una chica de estas happy happy, una Mary flowers cualquiera.
- ¿Y como se hace eso? - preguntó Arturo a su amiga, entre sus propios vapores etílicos.
Ella se encogió de hombros entre sus propios vapores. Eran las 6 de la tarde, y ya estaban borrachos.
- ¿Eso es la felicidad? Se preguntó en silencio Arturo delante de la puerta de la empresa en donde trabajaba.
Entró decidido en el local. Se fue hacia el primero ordenador que encontró y tecleo.
La pantalla se iluminó en azul eléctrico.
Feliz es aquél que se cree una lombriz”
Del techo empezó a caer una densa niebla. En apenas unos instantes lo engulló todo. Arturo apenas era capaz de distinguir su propia mano. Ni la pantalla del ordenador que parpadeaba unos instantes antes en un azul eléctrico que debía ser visible desde kilómetros de distancia.
De repente se vio en el suelo. De repente se vio serpenteando por el suelo. De repente se sintió... ¡lombriz! Y la euforia anidó en sus células, lo inundó todo.
Ahí estaba Esmeralda, Alfredo, Juan, su ex Carlos, su anterior ex Francisco, Manuela, Eduardo, su jefe, Ricardo, Miguel y Alberto, y Teresa, y José Luis. Su padre Calixto.
Andaban por la calle. No miraban a nadie, ni miraban por dónde iban, ni... solo se preocupaban de ellos mismos, buscando quizás como Arturo su felicidad, la propia, que a los demás les den morcilla de Burgos, que está riquísima, pero que no supone mucho gasto ni esfuerzo... los miraba alborotado Arturo, siendo una lombriz feliz, y habiendo encontrar esa frase que al final...
¡¡¡trassssssssss!!!
No lo supo nunca. No supo si fue Fernando, o fue María. O quizás fue Saúl. O Leo. Arturo no fue capaz de discernir de quién fue el pie que le pisó, y le machacó entero. Tampoco supo cual fue el segundo, o si a lo mejor fueron tres a la vez. Y el cuarto quizás llegó más tarde.
Pobre Arturo. Ni siquiera pudo ver desde el cielo, como a veces había soñado, cuánta gente había ido a su entierro. A las lombrices no se las entierra, y si fuera así, nadie iría, salvo el niño de 3 años que había jugado con ella en el jardín de su casa, y puede que su madre, la del niño, no la de la lombriz.
Arturo echó una última lágrima de impotencia. Nada le había hecho feliz. Ni siquiera la nada.
- Tendré que seguir buscando.
- ¡¡Levanta!! No te acostumbres a quedarte ahí to borracho, maricón de mierda. La próxima a la puta calle.
- ¿Eres feliz? - le preguntó al encargado del pub de la esquina con voz gangosa y estúpida.
- Cuando te parta la jodida cara que parió tu puta madre, seré la hostia de feliz. Así que no me toques los huevos y lárgate.
- Vamos Esmeralda... aquí no nos quiere nadie. Hip.
- Yo si te quiero Arturito – y sonrió ruidosamente, sonrisa de borracha.
- Lo tuyo no vale Esmeraldita, ¡hip! Tú quieres a todos. - y Arturito sonrió de esa misma forma que su amiga.
- ¡Adiós chico feliz! - gritó Arturito.
Y vio como el encargado se acercaba peligrosamente a ellos, con cara de estar muy feliz, le pareció al menos a Arturiro, y apoyándose en su amiga, y ésta en él, salieron tambaleándose a la calle. Cuando estaban a unos metros, Arturo se giró y le hizo un corte de mangas.
- No soy feliz, y te voy a proporcionar a ti la felicidad. ¡¡Que te jodan Mariano!!
Y se fueron a dormir al grito de:
- Esmeralda, somos unos desgraciados. ¡Cópiame, Esmeralda!
Esmeralda no quería copiar a su amigo.
- ¡Cópiame, Esmeralda!
Insistió Arturo.

¡Somos unos desgraciados!

- Así me gusta Esmeralda. Es la primera vez que dices la verdad en tu puta vida.
Ni premoniciones ni hostias. Ni casualidades ni mierdas.
- Felicidad, jodida felicidad... ¿Dónde hostias estás?
Silencio.

1 comentario:

  1. Lo primero que he pensado era en la lucha por la felicidad, pero al final me he quedado en lo malas que son las drogas. Todas.

    Un abrazo.

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