martes, 13 de noviembre de 2012

Amor con distancia (I).



Adrián cerró el messenger.
Eran las 5 de la mañana. Y unos minutos. Dentro de tres horas debería levantarse para ir al trabajo. Y debería haber dejado la conversación hacía ya unas cuantas horas. Debería.
Llevaba ya unos meses en que debería haber hecho muchas cosas. Pero nada de lo que su razón le indicaba que debía hacer, nada, era lo que el corazón y todo él le pedían hacer.
No recordaba cuando comenzó. ¿En febrero? Puede ser. Llevaba ya tres meses escribiendo un blog. Un día le dio por ahí. Llevaba ya unos meses absolutamente enganchado a ellos. No comentaba en ninguno, no se atrevía. Pero ese día, estaba tan mal que, se lanzó. Y empezó a comentar a todos los que leía, y algunos de los nuevos. Y para finalizar la gran traca, también a altas horas de la madrugada, creo el suyo propio... “Un rincón donde patalear”.
Y empezó a escribir casi diariamente. Unas veces tristezas, otros días locuras, para olvidar las frustraciones, y otros días sencillamente ponía un vídeo.
Muchos a los que comentó, llegaron a su blog, y empezaron a comentarle. Parecían majos casi todos. Incluso a algunos empezó a tratarles, primero por mail y después por el messenger. Con muchos se sentía identificado, en muchas de las cosas que pasaban por su mente. Con otros, por lo menos podría hablar de hombres, cosa que no podía hacer con casi nadie en donde vivía. Por no decir con nadie. Lerma, el pueblo de Burgos donde vivía, no era el mejor sitio para ser gay. Por lo menos, el no se atrevía a vivir como tal.


Y ese día de febrero... ¿qué día fue exactamente?... Por más que intentaba recordar el día del primer comentario de Álvar. No se había fijado nunca en su blog. Pero ese día, al final, acabó leyéndolo entero. Y para variar, también le dieron las 3 de la mañana.
Pues no se iría a la cama sin comprobar qué día fue ese. El 3 de febrero. Tras buscar día por día en su blog, lo encontró. El 3 de febrero.
Y ese día, a partir de ese día, mejor dicho, empezó a cambiar su vida. Le siguió todos los días. Todos los días se comentaban en sus respectivos blogs. Y al final, un día recibió un mail de él. Parecía que habían pasado siglos desde el primer comentario hasta el primer mail, pero a penas fueron 10 días. El 13 de febrero.
Pensando en ese día, no pudo por menos que empezar a sonreír. Recordaba los casi 15 mails que cada uno mandó al otro. Fueron horas y horas. Porque no eran mails cortitos, no. Eran largos. Pasó toda la mañana en su negocio leyendo y escribiendo mails.
Pero nada sabía aún de Álvar. El nombre le gustaba, era un nombre muy castellano. Y poco común. Parecía como si estuviera cerca de él. Y eso le gustaba. Podría incluso llegar a conocerle un día. Y quien sabe a lo que le llevaría esto. Porque la confianza que había entre ellos, la complicidad, parecía indicar que, eso era posible.
Y al final de la jornada, llegó un mail en el que se le invitaba a hablar por el messenger con Álvar. Ya había cerrado su negocio de maquinaria agrícola, así que, salió corriendo hacia su casa. Apenas 5 minutos después, ya tenía su ordenador en casa encendido, y con el messenger abierto. Ahí encontró el mensaje típico para anunciarte que, te habían agregado y si aceptabas. Le dio al aceptar, sin siquiera mirar quien le había agregado.
Y allí estaba él. Conectado.
No le dio tiempo a pensar nada, ya tenía un saludo largo y chispeante. Abrió completamente la ventana y vio el patito amarillo como foto. El solía tener una foto de la Playa del Sardinero de Santander, donde había pasado bonitos verano con sus padres, cuando él era pequeño.
Y hablaron.
Y hablaron.
Y sabes, sin saber ni siquiera como era Álvar físicamente, ni nada de él, ni en donde vivía, ni si estudiaba y trabajaba, se sintió todavía más atraído por él. Parecía un poco más joven que él, por la forma de hablar, pero eso le daba igual. Se sentía cómodo, se reía, y él, parecía estar cómodo con él, y se reía... y por la velocidad de respuesta parecía que ninguno de los dos estaban manteniendo otras conversaciones paralelas. Y Álvar le confesó que tenía al menos 100 contactos activos en el messenger.
Siguieron días así. Hablando todo lo que les permitían sus ocupaciones. Escribiendo en el blog, comentándose. Los dos olvidaron las demás bitácoras que visitaban.


Un día, un par de semanas después, se decidió a poner una foto suya. No es que tuviera ningún problema en ponerla, pero como Álvar tampoco la ponía, pensó que, si la ponía le obligaría y no quería que eso sucediera. Cuando apareció Álvar en el messenger, vaya, también tenía puesta una foto. Los dos pensaron lo mismo.
Y se quedó perplejo.
Lo que veía era, la foto de un chaval. Nunca hubiera pensado que, Álvar, tuviera... es que aparentaba... no tener más de 18 años.

La sorpresa parecía mutua.
Álvar tardó en abrir ventana.
Al final, lo hizo.
Adrián no se atrevía.
Y Álvar, después de su habitual forma de saludo, le dijo algo así como...
- Parece que nos hemos puesto de acuerdo para poner una foto...
Y Adrián contestó...
- Pues sí... jajajajaja... y ¿hemos puesto los dos una foto nuestra?...
Y Álvar, tardó en contestar unos segundos que, parecieron siglos....
- Yo sí que he puesto una foto mía... me la hice ayer... me la hizo un amigo en el Puerto
Y Adrián, tras unos segundos... contestó sin mucha alegría...
- Pues entonces sí, hemos tenido la misma idea... la foto que he puesto es mía, me la hice en la excursión a Covarrubias que hice el otro día... ¿te acuerdas que te conté?
Y Álvar volvió a demorarse en la respuesta.... pero esta vez más... mucho más... Adrián no dejaba de mirar la ventana, esperando que llegara una frase de Álvar... y no dejaba de darle vueltas a la situación... Y no dejaba de pensar en que... en que... y no dejaban de llorar los ojos... porque se había enamorado de un chaval de no más de 18 años... y él...
- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Claro – escribió Adrián – siempre he contestado a todas tus preguntas.
- Vale, es cierto... ¿Cuántos años tienes?
Y era una pregunta inocente. Pero ahora, lo que veía en el recuadrito de la foto del messenger, daba una importancia tremenda a la pregunta... y todavía más a la respuesta...
- Tengo 37 años.
El silencio se volvió a adueñar del messenger. Al final, Adrián se atrevió a preguntar...
- Álvar... ¿y tú? ¿Cuántos tienes?
Tardó en contestar. Parecía que se había ido. Incluso Adrián comprobó que la conexión estaba bien, y que Álvar seguía conectado.
- Tengo 16 años.

(Continuará)

1 comentario:

  1. Para mi las edades no tienen mayor importancia... Si yo te contara...

    Un abrazo.

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