lunes, 29 de diciembre de 2014

Historia de Navidad: Dido.



Eran las nueve y media cuando llegó a la puerta. Miró el reloj para asegurarse de que era una hora apropiada. Se separó el cuello de la camisa; “Puta corbata, joder con mi vieja con la coña de ponerse de pitiminí en Nochebuena”. Le apretaba. Y su madre se mostró intransigente con que se la pusiera para la cena.
Fue a llamar pero se arrepintió. Se dio la vuelta y pulsó el botón del ascensor. Removía inquieto la bolsa con el paquete, cuidadosamente envuelto. Se removía inquieto todo él, no paraba ni un segundo.
Miró de nuevo el reloj. Dos minutos pasaban de las nueve y media.
- Como llegues tarde, te capo – le dijo en tono muy serio su madre cuando vio que salía de casa. Seguramente pesaba que el año anterior llegó a cenar a las doce de la noche, cuando todos habían acabado. Algo tendría que ver también que llegó muy subido de alcohol.
Llegó el ascensor; Peter se quedó parado, mirando la puerta. Seguía con su movimiento continuo y nervioso; dudaba. Al final se dio la vuelta de nuevo y encaró la puerta. Sin pensar llamó al timbre.
- Dido, Dido, que abra Dido.
Respiró profundo cuando escuchó unos pasos acercarse a la puerta desde dentro de la casa. No parecían los de su amigo.
- ¡Peter! Pero qué sorpresa.
Era su madre.
- Pasa, pasa. Dído está dentro, pasa... Oye, que elegante vienes. Ya podría aprender tu amigo de ti.
Peter dio dos pasos para entrar, pero no se decidía a llegar más allá.
Es que... mi madre... tengo prisa... ¿Podrías llamar a Dido? Es solo un segundo... me da palo, ya sabes y...
La mujer se quedó mirándolo un segundo. Se sonrió un momento antes de girarse y llamar a voces a su hijo.
- ¡Feliz Navidad! - le dijo a modo de despedida mientras le daba un beso en la mejilla. - Estás muy guapo – repitió antes de volverse hacia el salón.



- Joder ¿Qué haces aquí, tío? La hostia puta, si llevas corbata. ¡Qué palo, tío!
- Mi vieja, joder, se puso la hostia de pesada...
Peter alternaba el peso de su cuerpo en cada pierna. Estaba inquieto y molesto. Más. Todavía tenía tentaciones de irse corriendo poniendo alguna escusa. Pero no se le ocurría ninguna.
- Para ti.
Le tendió con un gesto brusco la bolsa.



Dido se quedó parado. Dudaba en coger la bolsa. Por alguna razón le daba miedo. Recordó el partido que vieron con toda la peña hacía unas semanas.
- Ten – insistió Peter.
Dido al final cogió la bolsa.
- Joder, si es un regalo, ¡qué flash! Yo no tengo...
- Da igual, me abro. Mi vieja me corta los huevos si llego tarde. Y ya llego tarde. Y me gustas mis cojones, fijo.
Se dio media vuelta y salió corriendo. Decidió no esperar al ascensor y bajó por las escaleras, de cinco en cinco.



Dido cerró la puerta. Fue a llamar a su amigo, pero pensó que mejor, le mandaba un wasap, más tarde. Levantó la bolsa, la abrió. Era un paquete que parecía un libro. Lo sacó, dejando caer la bolsa al suelo. Rasgó el papel con prisas.
- ¡Hostia!
Sonrió. Era “Amarillo”, el último libro de Blacksad. Su cómic preferido. Dio vueltas al libro, observándolo, palpándolo, como si fuera una joya. Pasó la palma de su mano por las tapas, acariciándolo.
- Mola – se le escapó.
Abrió la tapa. Dentro, en la primera hoja, había algo escrito.
Te quiero, Did”.
Feliz Navidad”
Y firmaba.
Pet.
Lo cerró como si le hubiera mordido. Tuvo tentaciones de dejarlo en cualquier sitio, o mejor de esconderlo. Pero al final, desistió.
Sin darse cuenta, se lo puso en el pecho. Lo apretó contra él. Puso sus labios sobre el borde de la tapa y suavemente, sin querer, posó un beso sobre él.
- La cena ya está, Did, no te ...
Su madre lo miraba desde la puerta del salón. Al otro lado, se escuchaba a sus tíos riendo, y a su hermana tocando un villancico en el piano.



Su madre estiró la mano y rozó levemente el hombro de su hijo.
- ¡Que bonito regalo te ha hecho Peter! Sabe lo que te gusta.
Dido no reaccionó. No sabía que hacer, que decir. No sabía que sentir.
- Todo está bien, hijo. Vamos para adentro, si no tu tío Jaime nos dejará sin nada. Lleva tres días sin comer, para hoy ponerse las botas... - bromeó.
Dido se dio la vuelta. No decía nada, no se atrevía. No sabía. Le asustaba lo que sentía dentro de él. Una euforia nunca conocida. Y le asustaba.
- Todo está bien – insistió su madre.
Al final, dio los tres pasos que le separaban de la puerta del salón, y entró en él. Pero sin darse cuenta, seguía llevando el libro pegado a su pecho. Y lo apretaba fuerte. Y ese contacto, le hacía sentir dichoso.
- Luego le mandas un wasap de esos para darle las gracias – propuso su madre como sin querer.
Pero... ¿Qué le diría?
Suspiró.
- ¡Ya era hora, sobrino, esto se enfría! - le dijo su tío dándole una palmada en la espalda que casi lo descoyuunta.
Sonrió.
Un wasap... ¿qué le diría?
Luego lo decidiría.
Quizás mejor debía quedar luego con él.
Luego lo decidiría.
- Guay.
Y sonrió.


2 comentarios:

  1. Una linda historia que podría muy bien ser real...

    Unas lindas fotos.

    Un abrazo.

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  2. AWWW lindisima la historia me quede con ganas de saber el final

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