jueves, 8 de enero de 2015

Antonio.

Hoy el post está dividido en dos partes: Las fotos de siempre y luego un relato.
Las fotos y el relato son independientes, sin ninguna relación entre ellos.

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Antonio:

El Hall estaba abarrotado. No faltaba casi nadie. La empresa había vuelto a los beneficios y por primera vez desde hacía cinco años, volvía la tradición de la fiesta navideña. Canapés en abundancia, bebida más copiosa todavía. Y croquetas. No faltaban las croquetas. De boletus, de gambas, de bacalao, de jamón.
- Al jefe le deben gustar las croquetas – exclamó picarón Gerardo, intentando ser gracioso con Ana, por si había suerte y se fijaba en él.
- Mira, gambas rebozadas, me pirran, las gambas rebozadas – dijo Ana lanzándose hacia el camarero que las llevaba. - ¿Qué haces luego, guapo? - preguntó al camarero. Este sonrió, la guiñó el ojo, pero no dijo nada. Gerardo tampoco dijo nada, cogió otra croqueta y se dio la vuelta para charlar con Laura, la de recepción. A lo mejor tenía más suerte, aunque le gustaba menos.
Música en directo. Un grupo de cuerda. Con sus pajaritas y su frac negro.
Y un mago acababa de terminar la actuación. Todos se miraban buscando una explicación a sus trucos. Pero nadie pareció haberlos descubierto. Magia.
Ya nadie recordaba las fiestas de la época en que todo iba bien. Las miradas atravesadas, los malos gestos. Todos con ganas de escurrir el bulto, pero con la necesidad de fingir delante de la dirección. Quizás todo era distinto porque algunos de esos que incordiaban acabaron en el paro. O quizás, porque las cosas se veían ahora de otra manera. O porque algunos se dieron cuenta que con Antonio, eso no valía. Ni las broncas, ni los peloteos. Ni el mal ambiente. Antonio valoraba mucho eso. Si eras un crack pero no había quién te aguantara, prescindía de ti. Si tus credenciales se basaban en el peloteo, te indicaba la puerta. Trabajar debía ser algo agradable, duro, pero no debía convertirse en una tortura para nadie.
Rosa miraba preocupada a la concurrencia. Llevaba ya un buen rato paseando su mirada por toda la estancia. Buscaba precisamente a Antonio.
- ¿Has visto al jefe?
Paró a Saúl, el asistente de Antonio.
- Ni idea de dónde está. Me dijo que bajaba enseguida, pero eso ya...
- ¿Sabes si va a algún sitio esta noche? Le dije que si quería venir a casa.
- Y yo también se lo dije, pero me ha dicho que no. Y sé de otra gente que le ha ofrecido. A todos que no. Y mira que mi madre me da la brasa con que lo lleve - se encogió de hombros. - Ya sabes que se pone melancólico estos días. Por eso no creo que baje.
- Si, eso sí, vendrá un rato, para saludar. Siempre lo ha hecho. Tú lo que pasa es que no pillaste esa época.
- Desde que murió Mario...
- Ya bueno. Eso lo empeoró, sí.
Estos últimos años, no solo afectó la crisis. Antonio perdió a su marido, Mario. Un accidente de coche. Trágico y de verdadera mala suerte. La carga de un camión se desplazó y cayó sobre su coche. Cuando le dieron la noticia estaba reunido con Saúl y con Rosa. Se quedó pálido, sin poder articular palabra. El móvil en la mano, sin poder reaccionar y colgarlo. Al otro lado del teléfono, la persona que había llamado, requería su atención, asustada, pensando en que quizás le había ocurrido algo. Fue Saúl el que le quitó el móvil de la mano, y mitigó la preocupación del portador de la mala noticia.
Antonio tenía apenas treinta años. Mario era mucho mayor que él. Bromeaban mucho sobre que Mario moriría antes. “Ley de vida”, decía siempre. Aunque Antonio se peleaba con él porque eso no tenía por qué ser así. “Tú te cuidas, das paseos, y todo eso. Comes sano, haces deporte. Yo solo trabajo y fumo.” “Desde los veinte con la empresa, sin parar.”
Al final Mario tuvo razón. Pero eso no era un final esperado.
No volvió a ser el mismo. No volvió a reír de la misma forma, ni a disfrutar de la vida, de su trabajo, de la gente. Se fue encerrando en si mismo y fue cortando los lazos que le unían a sus amistades. Solo Saúl lograba traspasar, muy de vez en cuando, su coraza construida a base de tristeza y amargura.
- Sube y convencerlo. Le sentará bien. Y la gente lo agradecerá. Le están esperando. A ti te hará caso.
- Tú también podías subir, a ti te escucha. Más que a mí.
Al final optaron por subir los dos. La puerta de su despacho estaba abierta. Él estaba de pie, con una botella de agua mineral en la mano. Les oyó llegar y sin darse la vuelta, les dijo:
- Podéis iros ya. ¡Feliz Navidad! Y ni se os ocurra venir en toda la semana.
- Anto, deberías bajar. Todos te esperan.
Fue Saúl el que rompió a hablar.
Antonio no dijo nada.
- Ya tienen su fiesta, no me necesitan a mí.
- Nosotros si te necesitamos – insistió Rosa. - Todos te queremos. Y te están esperando. No se irán hasta que bajes. Serán solo unos minutos.
- Rosa, Rosa. Sabes que eso no es así. Quieren el sueldo que les paga la empresa. Y nada más. Hoy están contentos porque han cobrado la extra por primera vez en años, y porque hay fiesta, con alcohol. Navidad, dulce Navidad. Y punto. - se le notaba la amargura en su voz.
- No hables así, Antonio. No piensas eso. No eres así y sabes que las cosas no son como las acabas de pintar. Hoy estás triste...
- Por eso es mejor que no baje. No quiero amargar a nadie.
- Si no lo quieres hacer por ti y por los demás, hazlo por nosotros. Y luego te dejamos elegir si te vas con Saúl a cenar en su casa o conmigo a la mía.
- Mi madre te espera. No es bueno contradecirla, ya la conoces. Se ha puesto pesada con eso. Ha amenazado con llamarte.
- Os agradezco...
- Por favor. Nunca te he pedido nada – argumentaba Saúl – hoy te lo pido. Baja a saludar a la gente y luego ven a cenar con nosotros, sabes que mis padres te esperan. O con la familia de Rosa.
- Tengo otros planes, Saúl. No te siente mal, valoro tu preocupación y tu amistad. Y la tuya Rosa.
- No te creo – dijo decidido Saúl, con un ligero tono de enfado.
- Bueno, pues si no te lo crees, vienes conmigo.
- No os pongáis así. Antonio, sabes que...
- Que sí, Rosa, que sí, y os lo agradezco. Vuestra amistad y vuestra fidelidad. Sois mi familia.
- Si no quieres venir con nosotros, al menos baja a saludar. Pero yo me voy contigo. Lo has dicho.
- Sois unos pesados.
Cogió la americana que tenía colgada en el respaldo de su silla. Se la puso y abrió los brazos. Rosa fue la primera que entendió y se agarró a su brazo. Saúl hizo lo mismo en el otro brazo.
- Así os aseguráis de que no me escapo. ¡Malandrines!
- Que bobo eres – le regañó Rosa.
Bajaron por las escaleras. Cuando llegaron al hall, Saúl y Rosa le soltaron. La gente empezó a darse la vuelta al saber que estaba él. Algunos empezaron a aplaudir. Él intentó que no fuera a más, pero al cabo de unos segundos, todos le aplaudían.
Los fue mirando a todos. Estaba descolocado. No se esperaba esa reacción de su gente. No sabía como actuar, qué decir. Fue paseando su mirada por todos los que estaban. Buscó primero a Saúl, buscando un por qué, o quizás buscando al organizador de todo aquello. Saúl levantó los brazos en señal de inocencia. Rosa hizo lo mismo cuando su mirada interrogante la buscó a ella. Aquello parecía no tener fin, así que optó por pedirles a todos un poco de silencio con sus manos.
- Búscame una copa, por favor, Saúl.
Con la copa en la mano, paseo la mirada por la concurrencia, estaban todos allí. No recordaba, en los tiempos buenos, si eso se había dado alguna vez. Era más bien al contrario, la gente se escaqueaba a todo correr, ponía excusas variopintas para no asistir, y los que lo hacían eran los que querían exhibirse ante los jefes, que les vieran; los pelotas, los arribistas.
- Si estáis todos, ¡qué sorpresa! - empezó su speech consiguiendo algunas risas ayudado sin duda por el cava – Espero que la fiesta os haya gustado. A lo mejor no ha habido croquetas para todos...
Se levantó un murmullo general negando que eso hubiera ocurrido.
- No quiero aburriros, ¡Feliz Navidad! Y que el Año nuevo nos traiga a todos cosas buenas y alegres.
Levantó la copa, bebió un trago y sonrió.
Tardó media hora larga en saludar a todo el mundo. Estaba deseando escapar de allí, pero no veía la manera de hacerlo sin desairar a sus compañeros. Estaba un poco abrumado por el afecto que parecían demostrar todos. Quizás había estado luchando contra sus fantasmas demasiado tiempo y se había olvidado mirar a la gente de su entorno. Antes siempre lo hacía.
Quizás, desde que murió Mario, su deseo de estar en compañía se había diluido. Y sobre todo, de leer en sus caras. Preocuparse por ellos. Quizás porque ellos sabían de sus propios sufrimientos y no quería ver reflejados en sus gestos, la pena que les daba. No quería dar pena. Ya se la daba a él mismo. Y con eso bastaba.
Quizás era eso, su obsesión por no dar pena a los demás.
Al final Rosa y Saúl consiguieron sacarlo de allí. Se quedaron mirándose un rato en el despacho, indecisos. Hasta que Antonio retomó el tema de donde pasar la noche.
- ¿Venís al final?
Rosa y Saúl se miraron. Creían que era una disculpa.
- Pues tendréis que llamar a vuestras casas para que no os esperen. La noche va a ser larga.
- Mi madre me mata – dijo apesadumbrado Saúl.
Rosa bajó la cabeza. Sus hijos y su marido no se lo perdonarían. Dejarlos solos ante la perspectiva de lidiar con sus padres y hermanos, sería algo que no le perdonarían en la vida.
Antonio se acercó primero a Saúl. Le abrazó fuerte y le dio dos besos.
- ¡Pásalo bien! Dale recuerdos a tu madre.
Se giró hacia Rosa. La abrazó despacio y la apretó a su cuerpo.
- Dales un beso a todos.
- ¡Ven! - le suplicó.- O vete con Saúl, te cuidará bien. Te quiere mucho – esto último se lo dijo susurrado al oído.
Antonio negó con la cabeza. Les sonrió mientras les cogía la mano.
- Gracias – les dijo en un todo casi de confidencia.
No quiso alargar más la situación. Cogió el abrigo y salió de su despacho. Bajó deprisa las escaleras y salió a la calle. Respiró profundo y, sin dilación, tomó la calle que bajaba a la derecha. Ya era tarde, para la idea que tenía en mente.
Anduvo a paso rápido. Veía a la gente acabando algunas compras, tomando una copa con sus amigos antes de irse a sus obligaciones familiares del día, a los niños con sus puños llenos de petardos dispuestos a hacerlos estallar en cualquier momento. A los perros que los miraban con terror, sabía que les esperaba una noche llena de sustos.
No tardó en llegar a su destino. Era una casa nada lujosa, con sus paredes de ladrillo a la vista ya un poco ajadas y sucias por mor de los tubos de escape de los coches y las calefacciones antiguas de la zona, algunas todavía de carbón. Las puertas y ventanas de aluminio gris, el de toda la vida, que diría Mario. Llamó al portero automático.
- Soy Antonio.
Le abrieron.
Subió las escaleras. No había ascensor así que tampoco había otra opción. En el tercero, el C, la puerta estaba abierta.
Entró y cerró la puerta.
- Niños, saludad a Antonio.
Lucía le sonreía desde la puerta de la cocina mientras 7 niños se le abalanzaron a Antonio.
- Hola, hola, cuidado que me tiráis.
- ¿Te va a quedar con nosotros? - le preguntó una niña de 10 años agarrada fuertemente a su pierna, con el pelo recogido en una coleta atada con un lazo verde, a juego con su vestido y una chaqueta de punto que llevaba para abrigarse.
- Claro. Para eso he venido, Rebeca.
- ¡Guay! - Gritó Eduardo, saltando sobre Antonio, que apenas tuvo tiempo de poner los brazos para sujetarlo. - Creía que te rajarías y te irías con la gente guay.
Iván, que era el mayor, 16 años, le puso la mano en alto para que la palmeara.
- Hay un montón de comida – dijo con los ojos muy abiertos Willy. - Yo he ayudado a pelar patatas.
- ¿Y Jose? - Preguntó a Lucía.
- Ahora viene. Se habrá encontrado con alguien, ya sabes estos días. Ha ido a comprar algo de beber para nosotros, que bien vale por un día.
- Yo también podré beber – preguntó-afirmó Hugo, un muchachote de 15 años, pero que sacaba la cabeza a los adultos.
- Ni por asomo – le contestó rotunda Lucía.
- Toda la peña beberá hoy, y no vamos a ser nosotros los únicos pavos que no. Luego con qué jeta te presentas en el cole y dices que no te has mamao en Nochebuena.
- Pues diles que has hecho cosas más guays que mamarte – le picó Esther, una joven de 14 años que lo miraba con cara de estar por encima de estas “tonterías”.
Hugo arrugó la nariz y preparaba una respuesta adecuada, pero una mirada de Lucía, le contuvo.
- ¡Ya estoy aquí! Mira a quién he encontrado en la calle buscándote.
Antonio se giró y vio como Saúl aparecía detrás de Jose. Se sonrió al verlo.
- No confías en mí ¿eh? Al final me has seguido. No me eches la culpa de que tu madre te abronque luego.
- Te quedarás a cenar ¿verdad? - propuso Jose a Saúl.
- ¿Eh? – Saúl miraba con los ojos muy abiertos a toda la gente.
- Niños, ayudadme a poner la mesa y dejad a Antonio y su amigo que hablen.
- ¿Y esto? - preguntó Saúl abriendo mucho los brazos, mientras el resto de iban camino de la cocina y del salón.
- No... ya ves, es un piso de acogida. Son chicos que lo pasan mal con su familia y no tienen dónde ir. O han perdido a sus padres y son mayores para que los adopten. Yo les ayudo con el mantenimiento. Lucía y Jose hacen las veces de padres-tutores o como quieras llamarlo. De vez en cuando vengo y juego con los niños o los llevo al cine, o hago los deberes con ellos. Y hoy he venido a pasar la Nochebuena aquí. Me lo pidieron y me pareció un buen plan.
- No sabía nada – sonó a reproche.
- Era algo que quería hacer por mí, solo. No quería que te metieras, no quería obligarte, sé que hubieras puesto todo tu interés, pero ya te quito mucho tiempo, no quería condicionarte más.
Se quedaron mirándose.
- Ahora, deberías irte con tu familia.
Saúl dudaba.
Por el pasillo vino corriendo un chico bajito, con el pelo ensortijado y los mofletes pintados de rojo.
- ¿Ya le has cogido a Lucía el pintalabios? Cuando se entere... - le riñó Antonio.
El niño se plantó al lado de Saúl. De repente le cogió la mano.
- Egoitz ¿Dónde estás?
- Aquí, Oller, en la entrada. Con el novio de Antonio.
Saúl miró desesperado, primero al niño, y después a Antonio, que reía con ganas.
Otro chico llegó corriendo también, tras los pasos del primero. Eran exactamente iguales.
- Egoitz y Oller, os presento a Saúl, un amigo.
- Hola.
Saúl los miraba sorprendido. Si Egoitz le había cogido una mano, su hermano le cogió la otra.
- Vaya, les has caído bien, no es fácil. ¿Me dais un beso?
Antonio se agachó para que se lo dieran, y lo hicieron, pero sin soltar las manos de Saúl.
- ¿Cuántos años tenéis? - preguntó Saúl dubitativo, por preguntarles algo. NO estaba acostumbrado a tratar con niños.
- 11. Yo soy 15 minutos más mayor – apuntó Oller. - ¿Y tú?
- Yo, 27.
- ¡Qué viejo!
- ¿Viejo? Pero si soy un chaval. - se escandalizó Saúl.
- Viejo – contestó rotundo Oller.
- Vamos a cenar. ¿Ya me has cogido el pintalabios? Pero no gano para pintalabios – regañó Lucía al ver los mofletes de Egoitz. - A ver que vamos a hacer.
- ¿Comprar otro pintalabios? - propuso éste con cara de pillo inocente.
- ¿Te quedas al final? - preguntó Lucía mientras ponía cara de divertida resignación por la contestación del niño.
- No. - Antonio.
- Sí. - Saúl.
- Veo que os habéis puesto de acuerdo. No hay nada como hablar para llegar a un acuerdo – bromeó Lucía.
- Si no molesto.
- Ya está puesto un cubierto más. Contaba contigo. Vamos.
Los gemelos tiraron de Saúl hacia el salón. Antonio los miraba divertidos mientras le hacía señas a Lucía por la reacción de los niños. No habían llegado hacía mucho tiempo al piso y les costaba estar con los demás. El que de primeras hubieran adoptado a Saúl, era sorprendente.
- ¡Mira! Hay langostinos.
- ¡Y revuelto! ¡Guay!
- Me pido al lado de Antonio – gritó Rebeca levantando la mano.
- Pitufa, me tocó ayer en el sorteo – la contradijo Hugo.
- Jo.
Saúl no dejó de mirar todo sorprendido. Estaba un poco enfadado con Antonio porque no le había contado nada de eso. Así entendía que algunos días saliera antes que de costumbre y que los fines de semana se perdiera.
- ¡Guay!
Lucía traía un enorme pavo asado.
- ¡La hostia! - gritó Willy emocionado. - En la vida he visto eso tan grande.
- Vamos a brindar. - propuso Jose.
- ¡¡Feliz Navidad!! - brindó Raúl.
- ¡¡Feliz Navidad!! - gritaron todos.
- Y por ti, Antonio, que nos ayudas tanto todos los días.
- ¡Oh!
- Sí, sí, por Antonio – dijeron todos.
- Vamos a jugar.
- Al Tabú.
- No, al Trivial.
- No, que vosotros tenéis ventaja, que sois mayores.
- Al juego de descubrir a los asesinos...
Lucía y Jose sonreían. Los niños estaban enfrascados en ese momento en la búsqueda del juego perfecto. Habían disfrutado de una Nochebuena que posiblemente no habían tenido antes en su vida. Y se les notaba felices, de una forma distinta a los demás días. Habían oído hablar de la Nochebuena, pero creían que era algo como los cuentos o las películas de dibujos animados.
Y en esa noche, encontraron que sí, que era real. O en todo caso, ellos eran los protagonistas de esa película de Príncipes y Hadas, y ellos eran los Príncipes y las Hadas.
Levantaron la copa en dirección a Antonio, al lado contrario de la mesa. Él les respondió levantando levemente la suya. Y sonrió.
- ¡Feliz Navidad! Y Gracias.
- ¡¡Ufff! Esto es muy fuerte - contestó Saúl – debería haber ido a cenar con mi madre. Voy a acabar llorando.
Se echaron a reír.
- ¡Vamos a jugar al Tabú! - gritó alguien.
- ¡Yo con Antonio! - pidió Rebeca.
- Yo con Saúl – gritó Egoitz.
- ¡A sorteo!
- Mierda, seguro que pierdo – dijo enfurruñada Rebeca.
Los niños aguantaron hasta tarde. Eran casi las 3 de la mañana cuando Saúl dejó a los gemelos en sus camas y Antonio le dio un beso a Rebeca. Lucía y Jose les abrazaron en la puerta y les dieron las gracias.
- Ha sido una noche fantástica para los niños. - les dijo Jose al despedirlos.
- Y para nosotros – añadió Lucía mientras cerraba la puerta y les decía adiós con la mano.
- Vamos, anda, que hace frío.
La noche era fría y oscura. Las calles estaban vacías. Las ventanas de las casas empezaban a apagarse. Ya habrían acabado las partidas de cartas, las del Scatergoris, las charlas, incluso las peleas entre cuñados. Los niños estaba en la cama, esperando quizás que llegara la mañana, ilusionados con los regalos que Papá Noel pudiera haberles traído. Miles de historias había ocurrido esa noche. Dido y Peter, Gonzalo y su hermano Matías, Adri y Jaime, la madre de Saúl con el resto de la familia, los niños de la casa de acogida, Josep, Dídac, Pilar y Ángel, Borja, Saúl, Lorién, Ricardo, Javi, Valyria, Rilkerainer, Mario, Alex, Israel, Sonia, Virginia... La ciudad de apagaba lentamente recogiendo el halo que dejaban esas historias. Las tristes y las alegres.
Mañana sería otro día. Pero en esa noche, muchas historias habían empezado. La magia había hecho su trabajo. Los demás, la gente, las personas, solo deberíamos hacer lo posible por no cagarla.
Antonio y Saúl se pararon de repente, los dos a la vez, como si hubiera llegado a su destino. Pero no. Miraron hacia arriba y vieron una estrella fugaz. Bajaron la cabeza y se miraron. Sonrieron y se dieron un suave beso en los labios.
Se abrazaron y siguieron caminando.

1 comentario:

  1. Una verdadera historia de Navidad... Y unas fotos preciosas.

    Un abrazo.

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