viernes, 2 de enero de 2015

Cenando con los padres de Ricardo.

Hoy el post está dividido en dos partes: Las fotos de siempre y luego un relato.
Las fotos y el relato son independientes, sin ninguna relación entre ellos.











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Cenando con los padres de Ricardo.

- Pero Elvira, siempre te pasa lo mismo.
- Si es que han venido mi hermana Felisa y mi cuñada Margarita. No han avisado. Y claro, pues ha quedado todo un poco escaso. Y necesitaba de ese paté que me llevé ayer y si me cortas un poco de jamón y un poco de ese fiambre raro que está muy bueno, pues así les lleno antes de llegar a la pularda, que si no va a quedar poco.
- Lo que necesites.
- Si quieres – se detuvo un momento mientras lo miraba de reojo para valorar la reacción de Ricardo – puedes subir con nosotros. Conoces a todos y sabes que eres bien recibido.
Ricardo sonrió. Cada año, desde el 2.011 en que abrió al tienda y empezó a tratar a Elvira, todas las Nochebuenas le hacía la misma proposición. Siempre llegaba a última hora, casi cuando estaba cerrando e intentaba que fuera a su casa.
- No está bien que pases esta noche solo - argumentó.
- No te preocupes, Elvira, que estaré bien. Es la Nochebuena que quiero. Y la he organizado con mucho cuidado.
- No es bueno que … hay que mirar hacia delante...
- Elvira – la reconvino con dulzura.
- Bueno, no insisto. Pero si cambias de opinión... va a venir Jean, que sabes que le gustas.
- Dales recuerdos a todos. Y muchas gracias. Y un abrazo a Jean – y le guiñó un ojo a Elvira – Celestina.
Elvira salió frustrada de la tienda. De verdad pensaba que lo que le hacía falta a Ricardo era enamorarse de nuevo. Y ese chico, Jean, era muy majo y le haría mucho bien. Y eso de pasar la Nochebuena solo...
Ricardo se fue a quitar el delantal y acabar de recoger, cuando otro cliente habitual, Juan, llegó corriendo. “El que faltaba”, pensó Ricardo, sonriéndose por dentro.
- ¿Que se te ha olvidado? Podías haberme llamado y te lo acercaba. Si me queda de paso.
- Que mi mujer se ha puesto pesada. Que vengas a cenar.
- ¿Para eso vienes? Sabes que no voy a ir. Elvira se acaba de ir y ha venido con la misma pretensión. Y eso le ha costado 25,00 Euros por la disculpa que ha puesto para venir.
- Anda, dame de esas croquetas que haces tan ricas.
- Solo me quedan estas pocas.
- Que se le va a hacer. ¿Seguro que no vienes? Que...
- Que sí, que no estorbo, que no es una molestia, que lo sé Juan, y te lo agradezco y a tu mujer también. Pero sabes que esta noche la paso en casa, con mis cosas.
- Es que eso no está... bien; y además va a venir un sobrino mío...
- Que no, que no me hagas tú también de casamentero Juan, por favor – empezaba a cansarse de la misma letanía de siempre.
- No insisto. Ya que tienes ese jamón empezado, dame 200 gramos.
- Claro que sí, hombre.
Cortó el jamón, se lo envolvió con cuidado, le hizo la cuenta y lo despidió con una palmada en la espalda.
- ¡Feliz Navidad!
Juan lo saludó con la mano alejándose por la calle.
Apagó las luces y cerró la puerta. Bajó con cuidado la verja, se puso un gorro impermeable, que la noche estaba llorona, y se encaminó a su casa.
Era tarde ya. Había sido un buen día de ventas. Y estaba cansado. Pero a la vez, estaba ilusionado por repetir la misma costumbre desde hacía ya unos años. Otra vez esa noche, dejaba de tener los 34 que ya había cumplido y volvía a los 15.
La mesa puesta, para tres. El cava en la nevera, como siempre Juvé i Camps, dos velas en el centro, la música suave en el equipo, unas cositas para picar, los pinchitos de piña y gamba que le gustaban a su madre, y las gambas rebozadas que le gustaban a su padre. Unos espárragos rellenos que le gustaban a él, y el foia que le gustaba a Javier, su hermano.
- A vuestra salud, papá, mamá.
Levantó la copa y dio un pequeño sorbo.
- Está rico.
Creyó oír como si llamaran a la puerta. Se quedó atento un momento, pero pensó que se había equivocado. Sería algún vecino, pensó. Justo acabó una canción y esta vez sí, oyó claramente el timbre de la calle.
- Seguro que será Elvira insistiendo - murmuró mientras se levantaba a abrir.
Respiró profundo para evitar mostrar un cierto enfado que empezaba a sentir por tanta insistencia... aunque la verdad, era un poco... tampoco debería enfadarse, aunque le incomodara, porque lo hacían con tan buena intención...
Pero no era Elvira.
- ¡Javi!
Su hermano estaba en la puerta. Iba cargado de maletas. Y con las maletas, también estaban sus dos hijos. El mayor, Fran tendría unos 12 años, calculó, y el pequeño, 9 o 10. No cabía duda de que eran sus sobrinos. El mayor era igual a su abuelo, y el pequeño a la abuela. Ricardo miró alrededor buscando a su cuñada, pero no la vio.
- Nos hemos separado – explicó escuetamente Javi interpretando el gesto de su hermano. Ricardo no preguntó y centró su atención en los niños, a los que apenas había visto un par de veces en su vida. Su hermano vivía en Argentina.
- Tu debes ser Fran. Y tú Emilio.
Se agachó y les dio un abrazo y un par de besos. “No cabe duda de que son hijos de su padre, tan secos como él”, pensó.
- ¡Qué bien que hayáis venido! Precisamente unos amigos que iban a venir a cenar se han … bueno que al final no han podido venir – pensó rápidamente una disculpa para los tres sitios en la mesa.
Javi miró de medio lado a su hermano. Pero no dijo nada.
Pero pasad, os ayudo con todo ese equipaje. Al fondo están las habitaciones... vosotros niños, en la de la derecha y tú en la de la izquierda.
- No queremos molestar...
- Javi, eres mi hermano. Para mí es algo importante. Para ti a lo mejor no. Te fuiste a los 19, te casaste a los 20 y te olvidaste del resto. Pero yo no soy así. Ahorrémonos todo eso de no molestar, de inconveniente y de esas cosas. Habéis venido y eso me alegra.
Javi lo miró de reojo. Hizo un ligero gesto de asentimiento y llevó sus cosas a las habitaciones.
- ¿Y Guillermo? - preguntó de repente Javi.
- Lo dejamos hace ya año y medio.
- ¡Ah!
- Pero gracias por preguntar. Y por acordarte de su nombre. ¡Vamos a cenar! Chicos, ¿Qué bebéis? Tengo Kas Manzana si queréis.
- Guay, tío. - contestó el pequeño.
Ricardo llevó un cubierto más a la mesa. Cortó un poco de Jamón Ibérico y un poco de queso. Sacó más gambas y las frió en un momento.
- Estas le gustaban a papá.
- ¿Te acuerdas?
Aunque no te lo creas, los quería. ¡Y has hecho espárragos rebozados! Joder, con lo que me gustan y el tiempo que no los como...
- No digo nada. - dijo Ricardo sonriendo.
Poco a poco los niños se fueron abriendo. Ricardo se reía mucho con ellos porque le hacía gracia el acento argentino y la chispa que tenían al hablar. Pero no aguantaron mucho despiertos, estaban muy cansados del viaje. Primero el avión desde Buenos Aires a Madrid, luego el autobús a Burgos...
Se durmieron en un instante, en cuanto pusieron la cabeza en la almohada.
- ¿Una copa, Javi?
- Si tienes whisky, si me tomaba un chispazo.
Ricardo preparó dos whiskys. Se sentaron en el sofá. Sonaba Diana Krall.

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- Gracias.
- No es necesario... no empieces otra vez.
- Si lo es, Ricardo. Te hemos interrumpido tu cena nostálgica. No hace falta que disimules.
- No se de que me hablas – Ricardo se levantó y empezó a recoger la mesa.
- Los echo de menos, Ricardo. Mucho. Los eché de menos el día que me fui. Era un imbécil y no supe lo que tenía... era un gilipollas creído que … pensaba que era mejor que todos y que me sobrabais todos... me estorbabais...
Se quedó callado un rato mientras daba vueltas al whisky. Ricardo dejó lo que estaba haciendo y se sentó de nuevo en el sofá, esperando.
- He venido corriendo. Quería llegar a toda costa a cenar hoy contigo. Quería... quería sabes, quería... - sus ojos se llenaron de lágrimas y apenas podía continuar hablando, pero lo necesitaba; hizo un esfuerzo en dominarse y siguió despacio, masticando las sílabas, casi en susurros - … quería cenar con ellos. Quería... que mis niños cenaran con sus abuelos y con su tío. Es que, joder, sabes … no sabes lo... sabes que... ¡¡joder!!
Ricardo le puso su mano en la pierna. Quiso abrazarlo, pero... recordaba que no le gustaba. Así que pensó que era mejor no violentarlo. Le apretó repetidamente la pierna, para darle serenidad.
Javier suspiró. Cerró los ojos y inspiró todo el aire que pudo. Aguantó la respiración unos instantes, y recomenzó a hablar.
- Es que... quería estar con ellos, sentirlos, y sabía que hoy era mi oportunidad. No podía esperar al año que viene, los necesitaba hoy, necesitaba... joder, es que … es una mierda todo, mi vida se ha ido al garete, ¿qué voy a hacer? Papá seguro que sabría que hacer, y mamá me daría un abrazo que yo rechazaría al cabo de un rato, pero ese rato me habría dado la vida...
Ricardo se acercó más a él y lo abrazó. Al principio Javi estaba muy incómodo. Se le notaba el cuerpo tenso. Como si tuviera un palo de escoba en la espalda, que le impidiera doblarse sobre su hermano. Pero poco a poco fue sintiéndose más cómodo. Y Ricardo no aflojó.
- ¿Hablas con ellos? - preguntó en susurros. - ¿Los ves?
Ricardo sonrió. Guiñó un ojo hacia la butaca de la derecha, en la que solía sentarse su madre.
- Todo saldrá bien, Javichu. No te preocupes por nada. Ellos siempre estarán ahí, contigo. Te querían mucho, mucho. Eras su preferido, yo creo.
Javi no pudo evitarlo y volvió a llorar. Seguía abrazado a Ricardo. Ahora ya era él el que se apretaba, el que necesitaba de ese abrazo, de ese contacto.
- Los niños se pueden quedar conmigo.
Lo dijo sin pensar. Lo dijo como lo hubieran dicho sus padres. No necesitaba que su hermano le pidiera. Lo conocía y sabía. Quizás no supiera los detalles de su separación de Cristina. Pero percibía perfectamente lo que quería.
Se sintió bien. No era su ideal el cuidar de los hijos de su hermano mayor. No era lo que tenia previsto. Pero... con la ayuda de sus padres, todo saldría bien.
Siguieron abrazados un buen rato. Sin apenas moverse. Diana Krall seguía sonando en el equipo. Y sus padres los miraban desde sus butacas, sonriendo.

1 comentario:

  1. El relato lo conocía, las fotos no... Y la verdad es que tanto las unas como el otro me tienen encantado.

    Un abrazo.

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