martes, 3 de febrero de 2015

Dido 2.

Hoy el post está dividido en dos partes: Las fotos de siempre y luego un relato.
Las fotos y el relato son independientes, sin ninguna relación entre ellos.

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Dido 2.

Capítulos anteriores:

Dido está hecho un lío
Dido (I)



Lo llamó varias veces. Y le escribió otras tantas.
Después de la cena y de estar un rato con la familia, con su tío Jaime especialmente pesado, después de haberse llenado el buche como si no hubiera comido en quince días, y con la tía Enriqueta muy graciosa, el cava se le subía enseguida, intentó llamar a Peter por primera vez. Pero el teléfono estaba apagado.
Le mandó un wasap, pero parecía que tampoco lo leía.
Salió de casa “solo a dar una vuelta, mamá, no seas pesada”. Fue a los sitios que sabía le gustaban. A la Quinta, por los botellones, pero no estaba y nadie lo había visto; a “La Rua” por lo de tomar una copa de tranqui, tampoco estaba; al local con los colegas, pero no había nadie.
Se encontró con unos compañeros de la universidad, que le dijeron de irse a la casa de uno de ellos, a montar el belén, pero la verdad es que no le apetecía mamarse esa noche.
Y a lo mejor no era una mala solución. Así dejaba de dar vueltas a lo que hacer con Peter. Porque antes de la cena estaba decidido a ver que pasaba, “guay”, pero según pasaba el tiempo...
Decidió volver a casa. Caminaba despacio, sin dejarse ninguna baldosa de la acera. Valoraba lo que debía hacer. Ya no estaba tan seguro de que fuera una buena idea. No estaba tan convencido de que Peter fuera una opción para tener un rollo con él. Ni Peter ni ningún otro chico.
No, no le gustaban los chicos.
No, no le gustaba Peter. Decididamente, no. “Es un colega y bien, pero no más”.
Miró el wasap que le había mandado, por ver lo que le decía. Le asustaba que se hubiera comprometido en algo por escrito. Pero no le decía nada más que “tenemos que hablar, dime y quedamos”. “Ya he acabado la cena, que rollo. Donde estás?”
Pensó en mandarle otro wasap. Acarició las teclas y pensó en qué decirle.
“Tranki, me abro. Toy mamao.”
No le gustó.
Se le ocurrió que a lo mejor le había pasado algo.
“tas bien?”
Ese si lo mandó. Pero no estaba conectado. “¿Le habrá pasado algo?”.
Casi había llegado a casa, cuando se le ocurrió pasar por delante de la de Peter, por si lo veía por casualidad. Era una tontería, porque si hubiera salido, hubiera ido a los sitios de costumbre y con el móvil en línea.
Estará con la familia, su madre se habrá puesto en plan sargento y no le habrá dejado salir. “Apaga el móvil, que estamos aquí todos”. Seguro. Su madre también se lo decía a veces. Le enfadaba mucho que estuviera contestando wasaps mientras comían.
Dio la vuelta a la esquina de la calle de Peter. Miró hacia su casa y vio luz. “Están ahí todos, fijo”. Fue a darse la vuelta e irse para casa. Por un momento se le pasó por la cabeza el subir y llamar a la puerta, como Peter en la suya hacía unas horas. Pero le dio vergüenza. Era ya muy tarde. Casi las 2 y media. Su madre seguro que le miraría seria “estas no son horas de llamar, Dido”. “Ya es que tenía una necesidad de hablar con Peter” “Pues no es hora. Mañana le mandas un mensaje de esos”. “Es que tiene el móvil apagado”. “Y bien apagado está, Dido; hasta mañana”.
Sin darse cuenta, llegó al portal. Dudó un rato sobre si llamar al portero automático. Dio dos pasos adelante pero no tuvo empuje para dar los dos siguientes. Se dio la vuelta y se alejó.
Pero al llegar a la esquina volvió a cambiar de opinión. “Debo dejar terminado el tema; no puedo seguir así y que se haga ideas tontas”. “No me gusta y punto”. “No soy marica”.
Anduvo decidido hacia el portal. Tan decidido que no vio que salían de él los padres de Peter.
- Hombre Dido, Feliz Navidad.
Su padre se acercó a darle un apretón de manos.
- Feliz Navidad cariño – su madre que le plantó dos besos. - Sube si quieres, Peter está en casa solo. No ha querido venir a tomar algo con nosotros. Nos ha apetecido así de repente, - mirada cómplice a su marido - se han ido todos pronto y nos hemos decidido.
- No aburras a Dido. No tienes que justificarte. Sube, que se alegrará de verte. Hoy parecía un poco mustio.
- Le estaba explicando …
Siguieron un rato los dos con ese intercambio de opiniones. A Dido se le ocurrió la idea de que estaban los dos un poco “pallá, las burbujas, fijo”.
- Sube, que te vas a quedar helado.
El padre de Peter zanjó así la cuestión. Cogió a su mujer del brazo y la arrastró calle arriba.
- Adiós Dido. - se despidió Rosa sin apenas girarse – No corras tanto que me llevas en volandas. - le recriminó a su marido.
Dido les vio perderse cuando giraron por el mismo camino que había utilizado él para llegar. Y después de no verlos ya, estuvo quieto un rato más. Le daba la sensación de que sus piernas se habían desconectado, que si intentaba acercarse al portal, no le harían caso. Tenía como un nudo en la garganta. El corazón le palpitaba más que si hubiera corrido la San Silvestre y estuviera llegando a la meta después de esprintar. No lo traslucía en sus gestos, cualquiera que lo viera pensaría que estaba esperando a alguien lo más tranquilo del mundo.
Ahora que lo habían visto los padres de Peter, debía llamar. Probó a llamar de nuevo al móvil, pero seguía apagado. Lo metió en el bolsillo con un poco de fastidio. “Peter, que gracias y tal, pero que no soy marica, joder, y que no es por nada, pero me caes bien, lo sabes, pero no puede ser”. “Joder, joder, que pensaría la peña, el Peter y el Dido de novios”. “Al Fernando le da algo, si no nos parte la boca, por maricas”.
Empezó a mover el pie con nerviosismo. Por mucho que se repetía esa solución, no le acababa de tranquilizar. Buscaba eso, que lo que se imaginaba que le iba a decir, le relajara. Y no, seguía teniendo ese nudo en la garganta, esa cosa que se movía dentro de él, por el estómago, por los pulmones, por los brazos que temblaban un poco, como la pierna, que era imposible calmarla y repiqueteaba en el suelo contínuamente. Y el puto corazón que no dejaba de bombear sangre como un descosido.
“Pero me cae bien, y me ha regalado lo que quería. Eso es que se fija en lo que digo. Y el caso es que estoy a gusto con él”.
“Pero no, a mi no me gustan los tíos, joder. ¿Yo marica? No, no, no.”
- No.
De repente, su madre se apareció en su imaginario. Era extraño el comportamiento que había tenido desde la aparición de Peter en la puerta de casa esa noche. “Todo está bien” “Todo está bien” “Todo está bien” “Todo está bien” “Todo está bien” “Todo está bien”.
- ¿Qué está bien mamá? - se preguntó en voz alta. “¿Y si ella se imagina algo? Eso sí sería un palo. Yo no soy marica, cómo he de decirlo”.
Todo eso le estaba sacando de quicio. Cada vez estaba más inquieto.
- A la mierda con todo!
Anduvo con grandes zancadas los pocos metros que le separaban del portal. Buscó el botón del 3ºD. Pulsó. Una, dos, tres cuatro veces.
- ¡Quien!
Era Peter. Y parecía enfadado. A lo mejor había pulsado el botón demasiado.
- ¡Quién es joder, como baje al puto bromista le parto las piernas! ¡Hijos de puta!
Se quedó callado. No se atrevió a abrir la boca. “Pero hostias, antes no era así; le hubiera chillado más fuerte; ¿Qué me pasa?”
- ¡Qué os den por el puto culo!
Peter colgó el telefonillo.
Dido respiró profundo. Sin saber por qué, le vino a la cabeza esa vez, en el chamizo, viendo al Madrid. Ese primer día que Peter se le insinuó. Y como le puso de excitado. “No, no, no, Dido. Ni se te ocurra empalmarte, que con estos pantalones se marca la hostia”.
“¿Cómo sería que le tocara un hombre? ¿Cómo sería que le acariciara Peter? “¡No, no, Dido! ¿Cómo sería estar los dos pegados sintiendo sus miembros duros, pegados? ¡No, no, Dido!”.
- A la mierda con todo.
Se giró y volvió a pulsar. Uno, dos, tres, cuatro. Más largos que los primeros.
- ¡Voy a bajar y os parto el alma, hijos de puta! - estaba verdaderamente fuera de si. No recordaba haberlo visto de esa manera.
- Toda la puta fuerza se te va por la boca. Baja y a ver si tienes cojones de partirme nada.
- ¿Dido? - Peter había cambiado el tono de voz. De lobo a cordero.
- ¿Me abres o qué?
- Es que estoy en gayumbos.- no se le ocurrió una escusa mejor.
- Será la primera vez que te veo en calzoncillo, no te jode. Recuerda que nos hemos cambiado juntos cuatro años en el equipo del colegio. No te jode.
Peter no contestó. Solo abrió la puerta del portal.
Dido respiró de nuevo y empujó la puerta. El viaje en el ascensor hasta el tercero se le hizo eterno. Empezó a sudar, el pie se movía sin control. Se quitó la bufanda y se desabrochó el abrigo. Pero los calores emanaban de su piel. Parecía que quemaba. Llegaban de dentro.
Peter le esperaba con la puerta abierta. Se había puesto el pantalón del chándal.
- Tio, me has dado un susto de muerte.
- Y tú a mi. Ni teléfono ni hostias. Yo llamándote 10 veces, y no sé cuantos wasaps.
- Tres.
- Ya serán más.
- Lo acabo de mirar. Y cuatro llamadas.
- Suficientes. Y mira bien que me parece que eran más.
Entró en la casa. Peter cerró la puerta. Se le notaba incómodo. Los dos lo estaban. No dijeron nada durante un buen rato. Los dos de pie. Moviéndose inquietos. En el Hall. Peter no parecía inclinado a invitarle a su habitación. Ni siquiera al salón.
- Me encontré con tus viejos y me dijeron que estabas solo en casa – intentaba romper el hielo, pero Peter no tuvo ninguna reacción.
Así, toda la decisión de Dido se esfumó como por ensalmo. Ya volvía a no saber que decir ni como afrontar el tema. Tenía que hacer algo, pero no sabía el qué. “Yo no soy marica” “Y no soy marica”. Pero cuando Peter le había dicho que estaba en gayumbos, de nuevo, algo le había recorrido el cuerpo, como un calambre. Y todos las partes de su cuerpo se habían puesto en tensión. Otra vez. Todas.
Peter no parecía mucho mejor. Toda la noche se había estado arrepintiendo de lo que había hecho. “Debería haberlo dejado”. “Se va a reír de mí”. “O a lo mejor ya se lo está contando a toda la vasca y se están partiendo el eje”. “El Peter marica, jajajajajaja”. Se había escondido en casa con la esperanza de que a Dido se le pasara. Como había hecho en el chamizo, el día del fútbol y que a él se le ocurrió insinuarse e hizo como si no hubiera pasado nada.
Apagó el móvil en cuanto empezó la cena. Su madre lo miró extrañado. Su padre le dio una palmada en la espalda como reconocimiento. Sus tíos le pusieron de ejemplo ante sus primos. “El único inteligente de la familia, mirad”.
- Que, bueno, que quería darte las gracias por el regalo. Me ha gustado mucho.
- Si, que bien, estoy contento. Me hubiera jodido que lo hubieras tenido. Ahora con tantos regalos.
- Pero nadie sabe que me gusta los cómics. Salvo mi madre y mi hermana. No se como lo has sabido. No se lo digo a nadie. Por si se ríen de mí.
Peter se puso rojo.
- Te vi una postal en el libro de Mates, el año pasado.
- ¿Desde el año pasado lo tenías pensado?
Peter bajó la cara.
- Pero si te molesta, le quito la dedicatoria. A lo mejor te da palo o no sé...
Se calló abruptamente.
Dido tampoco sabía que decir. Si antes de subir estaba hecho un lío, ahora dudaba con más intensidad. Porque de repente, se había dado cuenta de que ver a Peter le gustaba. Y lo peor, es que se estaba percatando de que eso era desde hacía tiempo. Siempre que llegaba Peter cuando quedaban todos, tenía la impresión de que todo estaba bien. Ya podía estar enfadado o preocupado, pero verlo, le relajaba, le hacía sentirse bien. Durante mucho tiempo pensó que era ese continuo bromear que solía exhibir Peter. Pero ahora se daba cuenta de que no era eso. Ese día, esa Nochebuena, en ninguno de sus contactos había contado ni un solo chiste. Ni una sola tontería. Y por alguna causa, estaba muy a gusto, como con nadie.
- No me mires así.
- ¿Eh?
Dido se dio cuenta de que lo estaba mirando fijamente. Y que eso incomodaba a Peter. De repente se le ocurrió una broma. Quizás así rompía un poco la incomodidad. Con un movimiento rápido, se agachó y tiró hacia abajo de los pantalones del chándal de su amigo.
- ¿No decías que estabas en gayumbos? Pues a ver esos...
Peter reaccionó con presteza llevándose las manos a su entrepierna, para taparse el paquete. Pero a pesar de la rapidez, Dido se dio cuenta de que su amigo estaba excitado.
- No me mires así.
En dos segundos volvió a subirse los pantalones, para irse inmediatamente hacia su habitación. Desde el hall, Dido pudo escuchar el pestillo. Se quedó de pie, esperando. No sabía que se traía entre manos. Se sintió mal por haber provocado la incomodidad de su amigo. No se esperaba esa reacción. Ni la reacción, ni que estuviera así. Aunque él mismo lo estaba hasta unos momentos antes. Pero la situación, la incomodidad, habían hecho que al menos, esa parte de su cuerpo, se relajara.
Escuchó como Peter volvía a descorrer el pestillo de su habitación. Y venía hacia él decidido y completamente vestido, con pantalones y el cinturón bien apretado.
- Es mejor que nos olvidemos de todo. Olvida lo que te puse. Te agradecería que rompieras esa página y que no se lo cuentes a nadie.
Ahora era él el que lo miraba fijamente. Dido le mantuvo la mirada durante un rato. Las cosas no estaban saliendo bien. Tampoco sabía a ciencia cierta lo que era “salir bien”, lo que a él le gustaría. Ya no escuchaba con tanta intensidad esa voz en su cabeza que repetía machaconamente: “No soy gay, no soy marica, no soy homosexual”. Aunque esa etiqueta para él, ahora no importaba. Valoraba a Peter y lo que le provocaba. Y ahora le daba pena, porque lo veía sufrir. Y eso le hacía sufrir a él.
- Ha sido una tontería, perdona.
Peter permaneció inalterable. No parecía el mismo que estaba siempre de coña.
- Es mejor que te vayas.
- ¿Es lo que quieres? - preguntó con voz queda.
- Sí – contestó rotundo, sin apenas dejar que terminara la pregunta.
Dido se dio la vuelta y abrió la puerta. Tenía un pie en el descansillo, cuando sintió un impulso. Se giró hacia Peter, le cogió la cabeza entre sus manos, acercó su boca a la de él, y apretó sus labios contra los de él. Fue un poco tosco, porque no acertó del todo. No fue consciente y había cerrado los ojos. Sus narices estaban apachurradas. Sus labios no coincidían perfectamente. Sintió que los labios de él estaban secos y que temblaban. Peter temblaba todo él. Aunque podría ser que le trasladara su propio temblor, porque a Dido parecían recorrerlo unos escalofríos desde la nuca hasta la punta de los pies.
Tardó en separarse de él. Abrió los ojos lentamente mientras se humedecía los labios con la lengua. Quería recuperar el sabor a él. No lo hizo a propósito, pero se dio cuenta de que era por eso. Miró a los ojos de Peter y no los pudo encontrar. Miraba hacia otro lado. Parecía a punto de echarse a llorar. “Joder, que corte. Esto es una puta mierda”.
A Dido le entraron ganas de echarse a correr. Se subió la cremallera del abrigo y se giró para irse. Abrió la puerta y salió al descansillo.
Llamó al ascensor.
Quería volverse y mirarle, pero... no se atrevió. Intentó mirar por el rabillo del ojo, por si lo veía acercarse o hacer algún movimiento. Pero no veía nada. “Qué puto ridículo has hecho, Dido. La hostia.” Intentó empezar con su letanía de siempre: “no soy marica, no soy marica”. “Dime algo, joder, Pet, dime algo, dime que me quede.”
El ascensor llegó. Abrió la puerta y dio un paso para entrar. Cerró los ojos fuerte. “Esto es un sueño, esto es un sueño, nunca ha ocurrido”. “Ahora abro los ojos y llego de nuevo y empezamos de cero”.
- No te vayas.
Fue apenas audible.
Dido cerró la puerta del ascensor, aunque no se atrevió a darse la vuelta. Sintió que Peter se acercaba a él y le ponía su mano en el hombro.
- Perdona.
Seguía hablando bajo.
- Perdona tú. - atinó a contestar Dido. - No debía haberte tirado de los pantalones.
- Mírame, por favor. Si es necesario me bajo los pantalones.
- ¡No! - Dido se asustó y se dio la vuelta de un salto. Le asaltó de repente una duda. Y si ahora se arreglaba y le daba otro beso y con la excitación que tenían... ¿Cómo hacían? ¿Qué? ¿Qué venía después?
- No me mires así que me pones nervioso. No me mires y no digas nada. Bueno, entra en casa, que no hace falta que se enteren todos los vecinos.
Dido entró sin atreverse a levantar la vista del suelo.
- Es que – Peter empezó balbuceando – es que un día me di cuenta de que estaba guay contigo. Y me puse nervioso y dejé de ir unos días con la gente esta, pero te echaba de menos. Me dije que eras por lo de amigos y tal, y que era solo eso. Pero también me di cuenta de que me mirabas especial, que cuando llegaba parecía que te ponías contento y eso me puso más contento. Y nunca pensé que me gustara un hombre, aunque las chicas tampoco me dicen nada, aunque así con la gente pues digas de las peras de esta y aquella, y que le hice y tal. Estuve con un par de chicas y fue una debacle. Pero lo de hacerlo con un chico me pone del hígado, no sé que hacer y tal y no sé que, bueno que me da cosa, y verme así abrazados... aunque sabes, si pongo tu cara así cuando sueño, pues me siento bien y me relajo. Y eso pasó cuando llamaste al portero, que me imaginé besándote pegados y tal, y me puse a cien. Y pensé en regalarte el último de Blacksad y decirte que me molabas un montón, y que, pero es lo escribí y luego me arrepentí luego pues bien, y al final, pues te lo di y me sentí bien, porque pensé que me ibas a dar un puñetazo en la nariz, pero no lo hiciste aunque te vi un gesto raro y me puse luego, en la mesa, mientras cenaba, me puse así a darle a la cabeza y me asusté. Y apagué el móvil. Iba a salir, de hehco pensaba llamarte así y con la escusa pues ver lo que pensabas, pero me rajé al cien por cien.
Hizo una pausa para respirar.
- Y luego apareciste y me puse así palote, por lo de besarte y tal y por eso me puse el pantalón a todo correr mientras subías, porque me daba vergüenza y no sabía que hacer... y es quellevo este tiempo pues dandole vueltas y que me gustabas y aquella vez en el chamizo pues... y que me mirabas así con ojos de estar guay conmigo y...
Dido se cansó de esperar. Peter empezaba a repetir lo mismo que ya había dicho. Amenazaba con convertirse en un disco rallado. Así que de nuevo, tuvo un impulso. Pero esta vez lo hizo más despacio. Se fue acercando lentamente, fue levantando la mirada del suelo, sintió como la voz de su amigo empezaba a temblar, porque se imaginaría lo que iba a ocurrir. Y ocurrió.
Y esta vez no cerró los ojos. Y atinó mejor con las narices, pero aún así, no acertó por completo con los labios, y eso que como le pilló a medias de una palabra, Pit tenía la boca miedo abierta.. Y Peter se calló la boca, porque no le quedó más remedio. E incluso hizo un movimiento con la boca como queriendo devolver el beso, aunque fue todo un poco chapuza.
- Y ahora ¿Qué?
La pregunta la hizo Peter. Aunque Dido la podría haber hecho también, porque estaba pensando eso. Quizás debiera explicarle sus dudas y los miedos, tal y como había hecho él. Pero... no sabía por dónde empezar y … ahora, con tantas tensiones, empezaba a estar cansado.
- ¿Y si nos sentamos a oír música? Pongo el móvil enchufado al equipo de mi padre y lo oímos por los altavoces.
- Guay.
Fueron al salón y después de preparar las conexiones se sentaron el uno al lado del otro.
- ¿Es ese chico que viste en youtube?
- Sí. ¿Te gusta?
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Dido no contestó cerró los ojos y siguió escuchando. Al poco rato, apoyó la cabeza sobre el hombro de Peter. Ahora estaba tranquilo, “Todo está bien”, como le dijo su madre hacía unas horas. Y sentía que Peter estaba también relajado.
Al poco de apoyar Dido la cabeza en su amigo, éste apoyó la suya en él.
Y la música continuo sonando.
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Y todo estaba bien.

1 comentario:

  1. Se me ocurrió que Dido tenía que haberle contado a Peter como se sentía, pero luego pensé que tenían tiempo para hablar de ello, que era mejor empezar por relajarse.

    Me ha encantado este episodio y las fotos, especialmente la última.

    Un abrazo

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