jueves, 26 de febrero de 2015

Gonzalo (II)



Hoy el post está dividido en dos partes: Las fotos de siempre y luego un relato.
Las fotos y el relato son independientes, sin ninguna relación entre ellos.

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Gonzalo (II):



Vendría María a prepararle algo de cena. O eso había entendido.

Su madre se había ido esos días de viaje. Últimamente se iba mucho de viaje.
Gonzalo creía que se había echado novio. Estaba un poco más agradable, aunque apenas le dirigía la palabra o se interesaba por sus cosas. Como siempre.
Era 23 de diciembre.
Gonzalo cumplía 14 años.
Había pegado un gran estirón. Por eso estaba un poco torpe. No se había acostumbrado a tener las piernas más largas ni los brazos. Los pies eran ya casi del tamaño de los de su hermano, y eso que cuando vivía con él, le parecían barcazas.
Se los miraba por la mañana, al levantarse de la cama.
- Ahora las tengo yo, joder. Si son más grandes que los suyos.
Seguía siendo muy callado. Incluso más. Opinaba que no tenia mucho de que decir a nadie. Opinaba que, no tenía a nadie a quién contárselo.
Se lo hubiera dicho a su padre, pero se fue un día de casa y no supo más.
Su madre lo odiaba y lo despreciaba. María, que llevaba toda la vida con ellos, no hacía más que repetir que Gonzalo era la viva imagen de su padre. Eso lo decía cuando su madre no estaba, claro. Decirlo delante hubiera sido jugarse el puesto de trabajo. Y María, aunque no le gustaba su jefa y el niño le daba mucha pena, (“Mira Gloria, es que lo del niño, me da una pena”, le decía a la mujer de la limpieza del chalet de al lado), necesitaba el trabajo. Así que callaba. Le hubiera gustado estar un poco más cerca del chico, pero eso hubiera supuesto arriesgarse al enfado de su madre. Así que se dejaba llevar por la corriente y por el interés. “Nadie me va a agradecer nada”, se repetía. Y se lo repetía mucho, por ver si al final se lo creía.
- Por eso le doy asco y me llama basura – decía Gonzalo cuando lo escuchaba.
Él tampoco decía nada. María no le caía bien, en realidad. Nunca le había hecho nada de lo que le había pedido. Ni lo más mínimo. ¿Odiaría ella también a su padre, y por ende, a él?
“Que la peten”.
“No necesito a nadie”.
“Solo a Matías”.
Oyó la puerta de la calle.
Se asomó por la escalera. Vio a María dirigirse a la cocina. Sacó unos taper de un carrito de compra, y los metió en el frigorífico. De él sacó otros taper y algunas bolsas, y las metió en el carrito.
La mujer iba hacia la escalera. Gonzalo se retiró para que no le viera.
- Niño, la cena esta en el frigo. - gritó.
Y sin decir nada más, salió con el carrito.
Bajó las escaleras. Fue a la cocina. Ya no estaban el pavo de ese relleno que venden ya preparado para calentar. No estaba el marisco que habían llevado el otro día de una tienda de congelados. Había unos taper con alubias y con filetes de pollo empanados.
Otro de pescado rebozado. Hallibut, parecía.
Otro de paella.
- ¿Paella?
Lo vació directamente en el cubo de basura. Tenía un aspecto horrible y pasado.
- ¡Qué jeta la María!
Parecía que también le odiaba. Estaba claro. ¿Le habría hecho algo? Empezaba a dudar si su madre tendría razón y era mala persona. Todos parecían odiarlo.
Escuchó un ruido en la calle. Le pareció que dos coches habían chocado y los conductores empezaban a discutir. Gonzalo corrió escaleras arriba para verlo desde la ventana.
- Pelea, pelea – gritaba en su mente.
- Ahí estaban, empujándose.
- Pero si no es para tanto, si casi ni se han rozado...
Achicó los ojos, para ajustar la vista. Uno de los que discutía le pareció Ramón, el novio de su hermano.
Se le quedó abierta la boca de la sorpresa.
Le pareció que el hombre que se parecía a Ramón, miraba un momento a la ventana.
Corrió hacia la calle. Abrió la puerta de golpe y corrió al escondite. Lo abrió y sacó un paquetito. Buscó un papel, pero no vio nada más. Lo puso en su sitio y volvió igual de apresurado a la casa.
Subió otra vez al piso de arriba, no sin antes coger una linterna que siempre había en el aparador de la entrada.
Dio 4 fogonazos, dirigidos al hombre del coche.
Le pareció que señalaba a un tipo que estaba en la acera contraria a la casa. Ese hombre parecía pasear mucho por ahí estos días, pensó el chico. Le sonaba de verlo cuando iba al colegio o cuando estaba estudiendo en el cuerto y miraba por la ventana. ¿Y si lo estaban vigilando? ¿Por eso le hizo la seña Ramón? ¿Por eso del accidente fingido? ¿Sería que planeaban secuestrarlo? ¿A lo mejor el cártel de la droga? ¿O sería el MI-15 de las novelas de Smiley?
- Mi madre – dijo al final, saliendo de sus mundos inventados.
- ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Se repitió la pregunta todo el día. Casi se le olvida abrir el paquete del regalo.
- ¿Por qué?
Pero al final lo hizo.
- ¡Yoda! De Papá Noel. ¡Guay!
Revisó por si había un mensaje. Pero no vio nada más. Aunque de repente, en el papel de embalaje, si había un pequeño mensaje.

Te quiero enano.
Feliz cumpleaños y Feliz Navidad.
Te hice caso. A los 16. Vendré y te llevaré conmigo.

Sonrió.
Su hermano era el único que seguía acordándose de su cumpleaños.

- Guay.

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