jueves, 26 de febrero de 2015

Gonzalo (III)


Este post tiene dos partes:
Las fotos, primero, como siempre.
Un relato, sin relación ninguna con las fotos.










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Gonzalo (III)

Estaba nervioso.
Habían pasado 7 años. Se fue con 16 de casa.
Le costó irse. Más de 10 palizas, muchos insultos por parte de su madre, el abandono de su padre del que nunca más supo. Le dolió dejar a su hermano allí, solo, con su madre. Pero no pudo hacer otra cosa. Estaba a punto de estallar y si hubieran seguido las palizas de su madre, un día hubiera respondido y hubiera podido pasar algo irreparable. Y todo hubiera sido peor.
Confió en que el instinto de supervivencia del Gonzalo le sacara adelante. Su mundo imaginario haría de terapia, seguro. Eso le mantendría a salvo. Los bomberos corriendo con el camión, con la sirena a todo meter, a apagar cientos de fuegos cada vez más grandes y complejos, pero siempre lograban apagarlo. O los viajes por el espacio, las lecciones de Yoda, las peleas con Dark Vader.
O las aventuras del Oeste, con los indios cabalgando a lomos de sus corceles blancos, con sus plumas al viento, para defender sus territorios de la invasión del hombre blanco. Con Gonzalo, los indios ganaban. ¿Qué hubiera pasado si en la realidad, hubieran ganado los indios y el hombre blanco hubiera tenido que volver a Europa?
Miró a su alrededor. No había nadie. Saltó la verja y fue a su escondite. Lo abrió y encontró, como siempre una carta. La cogió y se la apretó en el pecho. Miró hacia la casa, preocupado porque lo descubrieran. Pero no vio a nadie.
Iba de dejar el paquete, más grande que otros años, cuando oyó que al otro lado de la verja, alguien se acercaba. Reconoció la forma de andar de su hermano. Hacía lo mismo que a los 8 años: iba golpeando cada piedra que se encontraba, cada lata, las castañas en otoño. Hoy se debía haber encontrado una lata. Aunque no le parecía que le daba con muchas ganas. “Estará cansado, habrá tenido gimnasia con el Peláez”.
Escuchó el chirriar de la puerta. Corrió hacia el otro lado, para esconderse detrás de la casa. Fue a saltar otra vez la valla, pero se arrepintió: quería verlo, aunque fuera de lejos. Hacía tiempo que no lo hacía. Este año había estado muy ocupado con el trabajo, la universidad, su novio. Y con los trámites para llevarse a su hermano.
Lo vio.
Se puso muy triste. Gonzalo estaba muy alto, pero también muy delgado. Lo vio cabizbajo, ojeroso, con los hombros hundidos. No parecía un chico de 15. Parecía un viejo. Tuvo el impulso de salir del escondite e ir a verlo. Pero las cosas no estaban arregladas y cualquier descuido podía suponer que su madre se echara atrás y complicara las cosas. Y no podía permitírselo, y menos viendo a su hermano.
- ¿Pero que te han hecho, enano? - murmuró.
Las lágrimas acudieron a sus ojos. Miró el reloj: debía salir corriendo, o no llegaría al trabajo.
- Debería haberme quedado – pensó cabizbajo.
Pero eso hubiera sido un peligro. Hubiera acabado contestando a su madre y las consecuencias hubieran sido... no, no, hizo lo que debió. Pero algo había minado la fortaleza del chico.
Gonzalo entró en la casa. Matías corrió al escondite secreto y dejó en él el regalo de este año. Sacó un papel del bolsillo y escribió:

No queda nada, enano.
Pero tienes que comer.
Te quiero.
Feliz cumpleaños, enano.
Te quiero.

Mat.

Dejó la nota debajo del paquete. Se secó las lágrimas y fue corriendo a la valla. Saltó al otro lado. Corrió hasta estar lo suficientemente lejos como para estar seguro de que nadie lo veía. Se apoyó en un coche y empezó a llorar.
¿Qué le pasaba a su hermano?
Debía enterarse. Ahora.
Corrió al colegio. Entró y fue directo a ver al que fue su tutor el último año. Con un poco de suerte, sabría algo.
Llamó a su despacho, pero no contestó. Un bedel pasó por allí y le dijo que se acababa de marchar. Corrió a la salida, con un poco de suerte lo pillaría. Sabía el camino que habría tomado para volver a su casa.
Lo vio a lo lejos, caminando despacio. Parecía cansado.
Corrió.
- ¡Profesor! - gritó.
José Luis Buitrago se dio la vuelta. Esperó que Matías llegara.
- Profesor – dijo con voz implorante.
El profesor Buitrago se quedó mirándolo. Escuchaba la pregunta marcada en los ojos de Matías. Había sido uno de sus mejores alumnos y se acordaba bien de él. Pensó en esos segundos que estuvo mirando a Matías lo que debía responderle. No lo tenía muy claro. O sí, pero dudaba de la conveniencia siquiera de hablar con él. Su madre había prohibido a todo el personal del colegio que comentaran siquiera con nadie sobre su hijo.
Pero eso le importaba menos. Lo que más le preocupaba era que lo que dijera pudiera desencadenar alguna acción irreflexiva que tuviera consecuencias diferentes a las que convenía. Podía ser peor el remedio que la enfermedad. Conocía de la rabia que llegó a anidar dentro de Matías antes de que abandonara a su familia.
- No quiere vivir. Está desfondado. No come, no bebe. Está aislado. Está dispensado de hacer gimnasia, no tiene fuerzas. Con lo que es Peláez, tú lo conoces, que no perdona a nadie la gimnasia. Y tu madre dice que es una fase, que ella mejor que nadie conoce a su hijo, que no nos metamos. Y el director ha decidido no meterse. Se me va, Matías, se me va. Y no puedo hacer nada. Un chico de 15 años, maravilloso, y se me va. Se parece tanto a ti y a la vez, es tan distinto... es todo bondad, no tiene la capacidad que tenías tú de enfadarte.
El profesor Buitrago se dio la vuelta. Se había echado a llorar y no quería que Matías lo viera. Pero no pudo contenerse y se giró de nuevo.
- Felicitarle el cumpleaños, al menos. Hasta eso tenemos prohibido. El único niño en el colegio que no tiene cumpleaños. No entiendo a tu madre.
Movió la cabeza negando despacio. Esta vez se giró definitivamente y empezó a andar decidido, alejándose de Matías. Si alguien los veía y decía algo, podría tener problemas con el Director.
Pero Matías no podía ver nada, porque estaba sumido en su propia desesperación.
- Me las pagarás, mamá. Como le pase algo, te mato. ¡Lo juro!


1 comentario:

  1. Buenas duchas de tíos he visto por aquí. Te invito a visitar mi blog http://laaceradeenfrente.blogspot.com Saludos

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