miércoles, 29 de abril de 2015

¿Ya no te gusto? Final.

¿Y que te gustaría hacer ante semejante cuestión? Pues alguna cosa como esta:










¿Ya no te gusto? - y 2ª parte.


 Pero ayer... ayer... volvimos a encontrarnos en el garaje. Esta vez le vi trasteando en su coche. Pensé en acercarme a saludarlo e interesarme por cómo estaba, pero al final me arrepentí. Le saludé desde mi plaza sin mucho entusiasmo y sin hacer nada por que me saludara a la vez. Un “por si me ve, quedo bien y punto”. Como no esperaba respuesta, seguí hacia la puerta que comunicaba el garaje con mi portal.
- ¡Jaime!
Ya tenía la llave metida en la cerradura cuando me llamó. La saqué despacio y me volví más despacio. Puse mi mejor sonrisa y mi mejor cara de estar estupendo. En realidad estaba cansado hasta decir basta y no me apetecía jugar una partida del “¿Pero qué me estás diciendo que no te entiendo?”. Quizás si fuéramos al beso directamente, a lo mejor...
- Te ibas sin hablar conmigo.
Se me quitó la sonrisa y no pude evitar poner un careto de “no me lo puedo creer, lo que estoy oyendo”.
- Rodrigo, no me has mirado a la cara desde aquel día. Han pasado ya casi dos meses. No entiendo nada y hasta hoy no dabas la impresión de tener ningún interés en darme una explicación. Ni explicación ni nada.
- Solo mes y medio.
- Lo que sea. Pero no me has vuelto casi ni a saludar. - insistí.
- ¿Te sigo gustando?
- Y dale con el gustar. Rodrigo, me gustas. ¿Ya estás satisfecho? Pero no me gusta tu forma de actuar. No la entiendo. No se que querías el otro día, ni siquiera si querías algo. Menos sé si te fuiste contento o te sirvió de algo.
- ¿Cogiste las bombillas?
Me volvió a desconcertar. Parecía una conversación de bobos. Yo hablaba del tiempo y él de las Fallas. Pensé en mandarle a la mierda, pero la educación me pudo y pensé que tampoco pasaba nada por darle las gracias. Y eso hice. “Gracias Rodrigo, fuiste muy amable y tal, y bla, bla, bla, y las cambié todas, parece la playa de tanta luz, y bla, bla, bla.”
- ¿Sabes cuando me fijé en ti por primera vez?
Me quedé mudo y expectante esperando la respuesta. Estaba claro que llevaba un guión en la cabeza y lo iba a seguir a rajatabla, dijera lo que dijera yo. Hice un pequeño gesto con los hombros y las manos para indicarle que siguiera.
- En el autobús. Un día de nieve, hace varios años.
- ¿El día que saliste trastabillando del autobús, que casi te esmoñas y que corriste como alma que lleva el diablo?
Bajó la mirada y sus pómulos se tiñeron de rojo.
- ¿Te fijaste en mí? Creía que no me habías visto.
- Y el día que fuiste a tirar algunas cosas de tu cuarto, que te ayudé a tener la tapa abierta del contenedor. Y muchos más días en el autobús, y un día enfrente del Telepizza que estabas con un montón de amigos, todos presumiendo de coches.
- Te seguí un par de veces hasta el trabajo.
Me lo quedé mirando fijamente. No dejaba de sorprenderme.
- Me gustó tu beso.
No dije nada. Me quedé impertérrito, a la espera. Sin prisas.
- ¿No dices nada?
- No sé que decir – pensé que ser sincero era lo mejor. - No estoy seguro de que esto no sea un sueño o una broma.
Bajó el capó de su coche y se acercó a mí.
- Es fácil para ti, todo lo has tenido claro desde el principio – ya estaba a mi lado – Yo no lo he tenido claro.
- ¿Ahora lo tienes? - pregunté.
- No.
- ¿No qué? - pregunté.
Puso cara de no entender la pregunta.
- ¿No estás seguro de lo que te gusta, de lo que sientes, de lo que quieres?
- No estoy seguro de nada.
- ¿Y por qué yo?
- Me mirabas.
- Te mira mucha gente.
- Me gusta como lo haces tú. - dudó unos segundos antes de continuar – Me... gustas.
Y luego, cogió carrerilla y me dijo:
- Te quiero.
Y sin dejarme decir nada, pegó sus labios a los míos, e inició un intento un poco burdo de abrazarme.
- ¿Por qué no me abrazas bien? ¿Por qué miras por el rabillo del ojo a los lados?
- Es que no... es la primera vez...
- Has tenido novias. Las has abr...
- Pero no es lo mismo – me interrumpió.
Estaba nervioso. Quizás esos dos meses de distancia era lo que había tardado en acumular las energías para tener esa conversación. Al otro lado del garaje, se oyó una puerta. Alguien había entrado a buscar su coche. Empezó a mirar con disimulo en esa dirección. Sus brazos se tensaron y las piernas entraron en un movimiento continuo y espasmódico. Levanté mi mano y la apoyé en su mejilla. La acaricié con mi dedo pulgar mientras atraía sus ojos hacia los míos.
- Estamos hablando, tranquilo.
- No, si me da igual.
Había salido la parte de Rodrigo que estaba por encima de todo y de todos. Esa parte que la da el dinero y la belleza. Bajé la mano y me quedé mirándolo. Quizás todavía le faltaban otros dos meses de coger algunas más de fuerzas. De nuevo, me invadió el cansancio. Estaba perdiendo un tiempo precioso para descansar y relajarme en casa. No me parecía que eso fuera a llegar a ninguna parte en ningún sentido. Bajé la cabeza y empecé a caminar hacia la puerta de mi portal. Ya estaba en el pasillo que llevaba al ascensor. Me di la vuelta para despedirme de Rodrigo. Me miraba abatido, derrotado. Nunca le había visto así, vulnerable, desolado.
- Vamos – le indiqué – tengo otra habitación cuya lámpara tiene bombillas fundidas. Así puedes comprármelas y de paso, las pones.
En ese momento, arrancó un coche en el garaje. Sonaba cerca, así que nos tenía que haber visto hablar. Él debió pensar lo mismo, porque apareció un leve halo de preocupación.
- Vamos – le apremié.
Dudó. Pero al final se unió a mí. Entró en el pasillo y yo cerré la puerta. Y sin dejar que me girara para ir al ascensor, me rodeo con sus brazos y me besó. Y esta vez, me apretó contra su cuerpo. Me apretó tanto que casi me deja sin respiración. Porque su boca parecía insaciable, su lengua no dejaba de buscar la mía, sus labios masajeaban los míos una y otra vez. Y me apretaba. Empecé a acariciar su espalda mientras seguíamos besándonos. Sin buscarlo, una de mis manos acabó sobre uno de los lados de su culo. Él, al notarlo, lo tensó, lo cual por un lado me excitó, y por otro, me llevó a pensar que Rodrigo todavía tenía muchas cosas que avanzar para estar bien consigo mismo. Yo creo que él de alguna forma intuyó algo de lo que se pasaba por mi cabeza, porque redobló la intensidad de sus besos y volvió a relajar los músculos del culo.
Conseguí detener ese beso que empezaba a parecer eterno. No es que no me gustara, pero quizás sería bueno que buscáramos el interruptor de la luz, porque llevábamos tanto tiempo besándonos que se había apagado la luz. Cuando logré encontrarlo, vi una gesto en él más relajado, más decidido. Y también vi sus labios y esa zona de la cara, roja e irritada. Me sonreí porque me acordé que no me había afeitado en cuatro días anteriores. Fui a decir algo gracioso de mi barba y lo de rascar, pero Rodrigo se me adelantó.
- Me gusta tu barba.
Y sonrió. Y era una de estas sonrisas por las que me había llamado la atención al encontrármelo por el barrio. Le pasé la mano alrededor de la boca y se la acaricié.
- Pero si te he dejado todo irritado.
Él me imitó y me acarició el mentón y las mejillas.
- Tú también estás rojo.
Cuando pasó su dedo gordo cerca de la boca la abrí y lo aprisioné con mis labios. Nos miramos y sonreímos.
- Está rico tu dedo – bromeé con su dedo todavía en la boca, aprisionándolo suavemente con los dientes para dejar libre los labios y articular más o menos mis palabras.
Se volvió a apagar la luz. Sacó su dedo de mi boca y lo volvió a sustituir con la suya. Y así estuvimos un rato más. Hacía tiempo que no besaba de esa forma. Y lo echaba de menos. Él parecía estar a gusto también. No lo parecía, lo estaba. Pero en algún momento debíamos cambiar de ubicación. El sótano de mi casa es un lugar frío y ni el calor de los besos o de la pasión podía luchar contra ello durante toda la noche. Así que cuando logré pulsar otra vez el interruptor de la luz, fue un buen momento para seguir caminando hacia el ascensor.
- Me han dicho que te gusta escribir – me confió rodeándome la cintura con su brazo y apretándome contra él. La verdad es que su espinazo había ganado mucha flexibilidad en los últimos minutos.
- ¿Y quién te ha dicho eso? - pregunté extrañado, porque esa afición mía es un pequeño secreto que pocos conocen.
- ¡Ahhhhh! - se hacía el interesante el cabrón. - me lo tienes que contar todo.
- Y tú me tienes que contar de tus novias y de los coches y de esos amigos guays que tienes.
- ¿Ya me vas a poner los cuernos?
- Hombre depende de si están más buenos que tú. Y de lo simpáticos que sean y de lo bien que besen y de si me compran bombillas.
- Todos están más buenos. Pero yo beso mejor y solo yo compro bombillas.
- Bien; entonces no debes temer nada. - me reí con ganas.
- Tenemos muchas cosas que contarnos.
Busqué nuevamente sus ojos. Y vi que lo decía de verdad. Quería conocerme. Eso merecía un beso, y a ello me puse. Y ello duró el viaje en el ascensor y un buen rato a la puerta de mi casa.
Hoy vamos a ir a dar un paseo. Luego comeremos en un restaurante y quizás, por la tarde, vayamos al cine. Es un buen plan. Es un plan para acompañar a lo que verdaderamente nos vamos a dedicar que es a hablar y a conocernos. Y comprobar que lo que vimos por fuera y nos atrajo, se ve corroborado por lo que llevamos cada uno dentro. Y que eso nos gusta también y que podemos combinarnos. Y luego podamos decir “te quiero” con fundamento. Y luego decir “te amo” con más fundamento. Y celebrar el próximo San Valentín como dos tontos enamorados, con mucho azúcar. Y las Navidades, y los cumpleaños, y los aniversarios, y la fecha de estreno de nuestra canción, y de la del perro, y la de...


No hay comentarios:

Publicar un comentario