miércoles, 26 de agosto de 2015

Preguntan su nombre

¿Sabes su nombre?











Preguntan su nombre.

Su nombre no importa. Nadie lo conoce ni a nadie interesa. El último que lo supo se perdió en algún camino a la izquierda, según miras hacia el sol. No hace falta un nombre para hablar del tiempo en el ascensor, o para pedir la carne en el supermercado. “Una barra de pan, tostada, por favor, que esa parece de goma”; “¿Le parece bien ésta, señor?”.
Señor.
El del 10º.
- Es un poco callado. ¿No?
Y la mujer se encogía de hombros.
- ¿Y sabes como se llama? He mirado en el buzón y no pone nada.
Y la mujer se encogía de hombros.
- Pues es atractivo.
Y la mujer suspiró y puso los ojos en blanco.
El del 10º escuchaba detrás. Apuraba su cigarrillo antes de entrar en el portal. Ahora apuraba la conversación de los vecinos para ir al ascensor y subir a su casa. No quería importunar, ni causar incomodidad. Sobre todo no quería que en el fragor del comentario a una de ellas se le ocurriera preguntar. No quería preguntas que no le apetecía responder.
Y no le apetecía responder a nada.
No recuerda cuando empezó a obviar las preguntas y evitar las respuestas. No recuerda cuando la gente le dejó de importar, de interesar. No recuerda el nombre de su último amigo, como tampoco recuerda nadie su nombre. Como nadie conoce su esencia, lo que es, o qué siente, lo que piensa. Ni siquiera su último amigo lo hizo.
- No parece mayor ¿verdad?
Y la mujer se encogía de hombros.
- ¿Unos 50?
- Yo creo que menos. - afirmó sin encoger los hombros.
El del 10º se encogía de hombros.
- Antes vivía en el 3º.
- ¡Ahh!
Antes vivía en el 3º. En esa época, todavía había alguien que recordaba su nombre. Todavía no había dejado a su último amigo a causa de su última decepción con la gente, con el mundo. No era un problema de la gente o del Universo: era un problema de él. Era consciente. No echaba la culpa al resto de la humanidad, ni siquiera a los posibles alienígenas que despertaran la vida en la Tierra, según algunos estudiosos de los temas paranormales. Era él, lo sabía, y por eso se fue al 10º. Desde allí no podía distinguir a las personas allí abajo. Eran casi hormiguitas. Sapos, por el tamaño. Allí estaba casi por encima de las copas de los árboles, en comunión con las águilas y los halcones. A la luz de los relámpagos en las tormentas y hablando con la Luna de tú a tú, sin nada de por medio. Escuchando música clásica y leyendo historias de personas a las que no tendría que tratar nunca.
Al final se decidió. Aunque había intentado alargar el cigarrillo lo máximo posible, ya no daba más de sí. Se sentía ridículo escuchando a las señoras especular sobre él y esperando a que acabaran. Cogió del suelo las bolsas de la compra y entró en el portal, con aire resuelto. Puso una media sonrisa en su cara y comprobó lo que se temía: la incomodidad que había producido en sus vecinas por pillarlas hablando de él.
- Buenas tardes – pulsó el botón del ascensor - ¿subirán conmigo o seguirán... - pensó en decir alguna maldad como: “haciéndome un traje”, “metiéndose en la vida de los demás”, “Siendo unas putas cotillas de mierda”; al final se contuvo – en amena charla?
Las dos mujeres lo miraban con la boca abierta. “Pues sí que es guapo”; “No, Maruja se equivoca, es más joven”; “Y ¿Cómo se llamará?”.
- Estaba pensando que... - el del 10º entró en el ascensor.
- ¿Suben? - repitió con su media sonrisa sin dar a entender que había escuchado el intento de conversación de las mujeres.
Estas se miraron. Una de ellas indicó a la otra con la cabeza que subiera con él.
- Pregúntale su nombre, Tina. - susurró.
- Esto... no quisiera importunarle, pero... no he podido escuchar su nombre.
El del 10º sonrió y fue a responder, pero en ese momento se cerraron las puertas del ascensor y si dijo su nombre o no, las mujeres no lo supieron nunca.
- Pues no es tan mayor como has dicho antes. Ni los 40.
- Anda que eres tú, no te enteras de la misa a la media. 60 tiene, seguro.
- Subamos y hagámosle una visita.
- No, ni se te ocurra. Me contó Angelines que un día subió y ni siquiera le abrió la puerta.
- Yo tampoco abro la puerta a nadie.
Y mujer se encogió de hombros.
El del 10º llegó a su piso. Abrió la puerta y dejó las bolsas de la compra encima de la mesa de la cocina. Cogió un cenicero y encendió un cigarrillo de camino a la galería. Abrió la ventana y dejó que el aire le diera en la cara, aunque todavía era un poco frío. Cogió el mando del equipo de música. 
.


Bernardino Valle Chinestra - Symphonic Suite 'Canaria'

.
Cerró los ojos y se olvidó de todos.







1 comentario:

  1. Qué tierna historia, Tato. Suele ocurrir mucho esto, que nos tropezamos con frecuencia con absolutos desconocidos, incluso los vemos a diario, y, sin embargo, no sabemos ni su nombre. Unos meses atrás me topaba en el bus todas la mañanas con un dios de la belleza, me tenía embobado :-P,... y nunca supe nada de él... ainssss. Y qué música tan chula, muy dulce y relajante, como chicos nos traes. Un todo delicioso, como un sueño en una noche de verano. Besotes, Tato.

    ResponderEliminar