jueves, 5 de noviembre de 2015

Bernat retoma su vida.

 Antes del relato, disfrutemos de unas fotos estupendas.










 Bernat retoma su vida.

Al final Bernat volvió a la Universidad. Fue casi un mes después de lo que debía.
El entierro de su madre fue algo difícil de sobrellevar. Tanta gente, tantas cosas que le dijeron, tantos saludos de personas desconocidas, palmadas en la espalda, consejos, tantas sentencias dictadas con membrete de verdades absolutas, tantos sentires mascados en murmullos y con pretensiones de calar en el ánimo de Bernat, que necesitó casi dos meses para que esas escenas vividas con un halo de irrealidad, dejaran de penetrar en sus sueños y destruirlos a ritmo de taquicardia y sudores fríos.
La primera noche la pasó en su casa. O al menos lo intentó. A las cinco de la mañana, en pijama, como cuando era pequeño, se encontró llamando a la puerta de su vecina, Matilde. La mujer lo abrió sin aprensión: conocía su forma de llamar, que no había cambiado desde los 7 años. Lo miró durante unos segundos intentando contener las lágrimas y la pesadumbre. Al final no consiguió ninguna de las dos cosas y abrazó al chico. 19 años como si fueran 7.
Bernat se dejaba abrazar. Lo que sentía desde bien pequeño cuando Matilde, la vecina del 2º lo acogía entre sus brazos, era algo difícil de explicar. Se sentía más seguro ahí que con cualquiera de sus padres. Su padre siempre pasó de él. Era un ente que vivía en su casa, nada más. Su madre... siempre le había mostrado su cariño, pero había algo, como una tela invisible que impedía que él la sintiera cerca.
Quizás algo tuvo que ver los gritos del cuarto de al lado, el de sus padres.
No, no, ese tema era tabú. No debía pensar en ello. Se agobiaba. Su corazón empezaba a galopar sin descanso hasta dejarlo sin resuello.
Esa primera noche Matilde lo llevó a la cama que le tenía reservada. La tenía preparada porque se esperaba algo de eso. El chico se tumbó sin decir nada. Ella le arropó y le acarició la mejilla. Le ayudó a cerrar los ojos y le susurró al oído: “Estoy aquí, Bernat, ahora nadie te puede hacer daño”.
Respiró profundo, suspiró aliviado y durmió un par de horas tranquilo. Eso le permitió resistir lo que le esperaba a partir del día siguiente.
Tuvo un impulso y fue a ver a su padre entrar en el juzgado. Se vistió con un chándal con capucha. Se puso unas gafas de sol y se encogió sobre sí mismo. Le dolían las cervicales de la postura, pero sentía que debía hacerlo. Cuando el coche de la policía se fue acercando, empezó a gestarse un rugido entre la muchedumbre. Empezó siendo un murmullo pero en apenas unos segundos, aquello se convirtió en un alarido de indignación. Si la policía no hubiera estado desplegada con generosidad, Bernat estaba seguro que toda esa gente que esperaba en la puerta de los juzgados se hubiera abalanzado contra su padre y lo hubiera descuartizado. Se lo imaginaba en medio de la muchedumbre, con decenas de manos golpeándole, rompiéndole la ropa. Él hubiera intentado huir, pero sin dejar ese ligero aire chulesco que siempre exhibía. Pero sus esfuerzos hubieran resultado en vano, porque esa marabunta no estaba dispuesta a dejar escapar su presa. Se lo imaginaba en el suelo, ahora con esas decenas de pies golpeándolo a discreción y sin descanso. Él intentado taparse con sus brazos. Pero era un esfuerzo inútil. Y de repente, sus miradas se cruzaron y como siempre desde que tenía uso de razón, vio reflejado en sus ojos el desprecio que siempre le había profesado, desde que podía recordar. Y esa mirada le hizo sentirse poca cosa, como siempre, desde que podía recordar.
Bernat se fue retirando y una nueva recua de gente ocupó su lugar para acabar de machacarlo. Cuando solo fue un cuerpo informe lleno de sangre, la muchedumbre se fue retirando poco a poco. Como último recuerdo, algunos le daban una patada en lo que minutos antes parecía su cabeza. Bernat se quedó mirándolo en la distancia. Y aún así, siendo un cuerpo informe y sanguinolento, pudo sentir su desprecio. Su asco. Y sus celos.
No ocurrió como otras veces cuando había visto escenas parecidas en la televisión. La policía no intentó ocultar el rostro de su padre. No lo llevó en volandas hasta el interior del edificio. Su padre no se mostró contrito. Seguía siendo el hombre desafiante que siempre había conocido. Eso envalentonó más si cabe a la muchedumbre que arreciaron en sus gritos. “Asesino”. “Maltratador”. “Hijo de la gran puta”. “Al paredón”.
Bernat fue saliendo del mogollón. Observó la escena durante un rato. No se había dado cuenta hasta ese momento de que la gente que chillaba eran casi todo mujeres. Muy pocos hombres. Vio alguna cara conocida, pero... el resto eran completos extraños. También fue consciente que en realidad no había conocido que su madre tuviera muchas amigas. Quizás no las había tenido. O quizás no las había conocido. Se dio cuenta de que conocía poco de ella.
“Tu madre te ha querido con locura, no lo olvides nunca”.
Matilde siempre se lo recordaba. Pero él no lo había sentido así.
Llevaba recordando esos días posteriores al asesinato de su madre sin tregua. Cada día, al levantarse, era la misma rutina. Un café con leche cargado, meterse en la ducha y sentarse en la terraza de la casa de Matilde.
Habían pasado unas semanas. Ahora había cambiado de escenario: estaba en su piso de estudiante, con Bernardo y Juan trasteando por la casa y él sentado en su habitación, mirando la pared.
Escuchó como un sonido lejano el tono que indicaba que había recibido un wasap.
“Ven a casa, estoy solo. Te hecho tanto de menos”.
Acarició la pantalla sobre las letras que conformaban las dos frases que le acababa de mandar Damián, su ex. Y sin poder evitarlo, sintió por primera vez que no se había quedado solo en la vida. Escuchó como reían sus dos compañeros de piso. Apenas le habían mandado un wasap cuando se enteraron de lo ocurrido.
“Voy”
Lo escribió y lo mandó.
“Guay”
Damián contestó y se sonrió. Dejó el teléfono en la repisa del baño y se metió en la ducha.






No hay comentarios:

Publicar un comentario