lunes, 30 de noviembre de 2015

Le llamé, me llamó, fue en una noche de luna y brisa.











 Le llamé, me llamó, fue en una noche de luna y brisa.

Los garajes suelen ser tenebrosos. Un lugar para organizar en la cabeza alguna historia de terror en la que las arañas adquieran el tamaño de los dragones de Harry Potter y las columnas escondan siempre a malhechores dignos hermanos de sangre de Jack el Destripador. Y yo ahí, aparcando en mi sitio, bajo la luz titileante de un fluorescente que vivió tiempos mejores un siglo antes.
- Bueno, bueno, hace cuanto tiempo. Bueno, bueno, casi es una mudanza.
Me salió. Lo vi al salir del coche. Él sacaba del suyo una maleta enorme y un montón considerable de bultos menores. Lo que me extraña es que cupiera todo en so BMW deportivo. Vestía una camiseta negra que le ceñía a la perfección el cuerpo y dejaba claras las formas perfectas con las que ese chico deleita a la humanidad.
Nunca hemos hablado. Nos encontramos aquí y allí, en el garaje de casa, en la calle, en el cine una vez. “Hola, y tal ¿Cómo estás? Bien”; sigue un momento de incomodidad y una despedida apresurada. Tres palabras a lo sumo seguidas. Para que más. De no poder vivir junto a él el resto de mi vida ¿para qué malgastar briznas de pensamientos, de sueños, virutas de amores imposibles?
- Como nos vamos a ver si no me llamas.
Me lo dijo así, sin pensarlo. Casi me da más susto que si de detrás de una de esas columnas que pueblan el garaje, hubiera salido el mismísimo Jack el destripador y yo me hubiera convertido en su puta y por lo tanto, en su siguiente víctima, no me hubiera dado tal vuelco el corazón. Pero mira, por una vez en la vida, mi mente rápida, mi alma de actor frustrado, actor de la vida, que es una forma de ser actor más jodida y menos remunerada, o mejor, ahora que pienso a todo correr, mi alma de guionista de sitcom de éxito – veinte temporadas en antena y no baja el listón, o madre mía...
No sé que estaba diciendo.
¡Ah! Sí, comentaba mi gran despliegue de originalidad para contestar a esa invitación... porque era una invitación. Pues yo, me puse muy digno, saqué el teléfono y dije...
- Dame tu teléfono y verás si te llamo.
Me lo dió. Y le llamé.
- ¡Hola! ¿Qué tal? Me llamo Jaime.
- Yo Rodrigo, encantado.
Le miraba de reojo y sonreía. Yo no me miraba de reojo, pero también sonreía.
- Que tal el viaje.
- Un poco cansado. Desde Málaga se ha hecho largo.
- Son unos cuantos kilómetros.
- Y ha sido un viaje cansado, ha llovido mucho, Madrid imposible, un desastre.
- ¿Quieres que te ayude con el equipaje?
- No, gracias tú también estás cansado.
- Hacemos una cosa, te ayudo a llevar las cosas y luego cenamos un poco. ¿Tienes hambre?
Pero todo esto, por teléfono, mirándonos a la cara, él al lado de su maleta y bultos varios, y yo recostado sobre el capó de mi coche.



Era una noche agradable. La luna en lo alto del cielo, una suave brisa acariciaba nuestros rostros cuando salimos a dar un paseo. No hablamos mucho. Parece que lo nuestro no iba a ser la conversación. Pero había algo que empezaba a calar en nosotros y era que... estábamos a gusto juntos. No fue una gran cena, ni tampoco una gran noche. Sí, fue una gran noche. Compañía y silencio cómodo. Una gran noche, sí.
Un roce, un dedo apartando un jirón de cabello que amenazaba con apropiarse del camino al mar de sus ojos azules. Ojos cansados pero jubilosos que luchaban por permancer abiertos.
- Vamos – le dije al final tendiéndole la mano.
Él la cogió suavemente, sonrió todavía más suavemente y me siguió camino a mi piso. Subimos al sexto, entramos de nuevo, no hicimos caso de la cena sin recoger, llegamos a la habitación y le empujé sobre la cama.
Le ayudé con los zapatos, con la americana, con los pantalones. Le quité esa camita negra que tan bien había cincelado los detalles de su torso. Abrí la cama, le ahuequé la almohada y me iba a ir...
- No apagues la luz, por favor.
Sonreí.
- No te vayas, por favor.
Me había girado para salir. Volví sobre mis gestos y volví a sonreír. Me arrodillé a su lado, miré el fondo de esos ojos que luchaban por cerrarse y soñar con mundos rutilantes de algarabía y felicidad, llenos de nubes de algodón y monedas de chocolate.
- ¿Me llamarás mañana?
Dí a mi voz el empaque necesario para que esa simple pregunta sonara como la más importante a la hora de determinar el destino del mismísimo Universo.
- Te llamo ahora si quieres.
El tío, mira por dónde había salido.
Se quedó dormido al instante. Esa respuesta llena del fulgor de “¿Podría ser amor?” fue un esfuerzo supino tras el que no cupo otra posibilidad que la de imbuirse en las sombras de la noche de los sueños. Y yo, asombrado por el cariz que había tomado mi paso por el garaje, esa cueva de los horrores normalmente reconvertido por gracia de una llamada de teléfono sin sentido, en una noche con mucho sentido, una noche en donde comienza el sentido de la vida de dos almas que hasta ese momento, no lo habían encontrado.
No tardé en unirme a él. No me dio tiempo ni a levantarme del suelo. Allí, recostado, iluminados por la lámpara de la mesilla de noche, dormimos los dos. Él tumbado, y yo mal sentado en el suelo. Al día siguiente lo pagué, con dolores varios, enfriamientos galopantes ganando posiciones en los órganos de mi cuerpo. Pero, amigo, me despertó una llamada.
- Es hora de levantarse – dijo alguien al otro lado del teléfono.
Y ese alguien era él, que con una mano empuñaba el teléfono y con la otra, me tenía cogido el alma, jodido de él.
Pero aún así, tardó en quitarse la tortícolis.

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