jueves, 30 de abril de 2015

Los elegidos de hoy.

Les ha tocado.
Han sido elegidos en unas pruebas de casting muy duras.









Un palauso para ellos. Quiero decir, un aplauso.


miércoles, 29 de abril de 2015

¿Ya no te gusto? Final.

¿Y que te gustaría hacer ante semejante cuestión? Pues alguna cosa como esta:










¿Ya no te gusto? - y 2ª parte.


 Pero ayer... ayer... volvimos a encontrarnos en el garaje. Esta vez le vi trasteando en su coche. Pensé en acercarme a saludarlo e interesarme por cómo estaba, pero al final me arrepentí. Le saludé desde mi plaza sin mucho entusiasmo y sin hacer nada por que me saludara a la vez. Un “por si me ve, quedo bien y punto”. Como no esperaba respuesta, seguí hacia la puerta que comunicaba el garaje con mi portal.
- ¡Jaime!
Ya tenía la llave metida en la cerradura cuando me llamó. La saqué despacio y me volví más despacio. Puse mi mejor sonrisa y mi mejor cara de estar estupendo. En realidad estaba cansado hasta decir basta y no me apetecía jugar una partida del “¿Pero qué me estás diciendo que no te entiendo?”. Quizás si fuéramos al beso directamente, a lo mejor...
- Te ibas sin hablar conmigo.
Se me quitó la sonrisa y no pude evitar poner un careto de “no me lo puedo creer, lo que estoy oyendo”.
- Rodrigo, no me has mirado a la cara desde aquel día. Han pasado ya casi dos meses. No entiendo nada y hasta hoy no dabas la impresión de tener ningún interés en darme una explicación. Ni explicación ni nada.
- Solo mes y medio.
- Lo que sea. Pero no me has vuelto casi ni a saludar. - insistí.
- ¿Te sigo gustando?
- Y dale con el gustar. Rodrigo, me gustas. ¿Ya estás satisfecho? Pero no me gusta tu forma de actuar. No la entiendo. No se que querías el otro día, ni siquiera si querías algo. Menos sé si te fuiste contento o te sirvió de algo.
- ¿Cogiste las bombillas?
Me volvió a desconcertar. Parecía una conversación de bobos. Yo hablaba del tiempo y él de las Fallas. Pensé en mandarle a la mierda, pero la educación me pudo y pensé que tampoco pasaba nada por darle las gracias. Y eso hice. “Gracias Rodrigo, fuiste muy amable y tal, y bla, bla, bla, y las cambié todas, parece la playa de tanta luz, y bla, bla, bla.”
- ¿Sabes cuando me fijé en ti por primera vez?
Me quedé mudo y expectante esperando la respuesta. Estaba claro que llevaba un guión en la cabeza y lo iba a seguir a rajatabla, dijera lo que dijera yo. Hice un pequeño gesto con los hombros y las manos para indicarle que siguiera.
- En el autobús. Un día de nieve, hace varios años.
- ¿El día que saliste trastabillando del autobús, que casi te esmoñas y que corriste como alma que lleva el diablo?
Bajó la mirada y sus pómulos se tiñeron de rojo.
- ¿Te fijaste en mí? Creía que no me habías visto.
- Y el día que fuiste a tirar algunas cosas de tu cuarto, que te ayudé a tener la tapa abierta del contenedor. Y muchos más días en el autobús, y un día enfrente del Telepizza que estabas con un montón de amigos, todos presumiendo de coches.
- Te seguí un par de veces hasta el trabajo.
Me lo quedé mirando fijamente. No dejaba de sorprenderme.
- Me gustó tu beso.
No dije nada. Me quedé impertérrito, a la espera. Sin prisas.
- ¿No dices nada?
- No sé que decir – pensé que ser sincero era lo mejor. - No estoy seguro de que esto no sea un sueño o una broma.
Bajó el capó de su coche y se acercó a mí.
- Es fácil para ti, todo lo has tenido claro desde el principio – ya estaba a mi lado – Yo no lo he tenido claro.
- ¿Ahora lo tienes? - pregunté.
- No.
- ¿No qué? - pregunté.
Puso cara de no entender la pregunta.
- ¿No estás seguro de lo que te gusta, de lo que sientes, de lo que quieres?
- No estoy seguro de nada.
- ¿Y por qué yo?
- Me mirabas.
- Te mira mucha gente.
- Me gusta como lo haces tú. - dudó unos segundos antes de continuar – Me... gustas.
Y luego, cogió carrerilla y me dijo:
- Te quiero.
Y sin dejarme decir nada, pegó sus labios a los míos, e inició un intento un poco burdo de abrazarme.
- ¿Por qué no me abrazas bien? ¿Por qué miras por el rabillo del ojo a los lados?
- Es que no... es la primera vez...
- Has tenido novias. Las has abr...
- Pero no es lo mismo – me interrumpió.
Estaba nervioso. Quizás esos dos meses de distancia era lo que había tardado en acumular las energías para tener esa conversación. Al otro lado del garaje, se oyó una puerta. Alguien había entrado a buscar su coche. Empezó a mirar con disimulo en esa dirección. Sus brazos se tensaron y las piernas entraron en un movimiento continuo y espasmódico. Levanté mi mano y la apoyé en su mejilla. La acaricié con mi dedo pulgar mientras atraía sus ojos hacia los míos.
- Estamos hablando, tranquilo.
- No, si me da igual.
Había salido la parte de Rodrigo que estaba por encima de todo y de todos. Esa parte que la da el dinero y la belleza. Bajé la mano y me quedé mirándolo. Quizás todavía le faltaban otros dos meses de coger algunas más de fuerzas. De nuevo, me invadió el cansancio. Estaba perdiendo un tiempo precioso para descansar y relajarme en casa. No me parecía que eso fuera a llegar a ninguna parte en ningún sentido. Bajé la cabeza y empecé a caminar hacia la puerta de mi portal. Ya estaba en el pasillo que llevaba al ascensor. Me di la vuelta para despedirme de Rodrigo. Me miraba abatido, derrotado. Nunca le había visto así, vulnerable, desolado.
- Vamos – le indiqué – tengo otra habitación cuya lámpara tiene bombillas fundidas. Así puedes comprármelas y de paso, las pones.
En ese momento, arrancó un coche en el garaje. Sonaba cerca, así que nos tenía que haber visto hablar. Él debió pensar lo mismo, porque apareció un leve halo de preocupación.
- Vamos – le apremié.
Dudó. Pero al final se unió a mí. Entró en el pasillo y yo cerré la puerta. Y sin dejar que me girara para ir al ascensor, me rodeo con sus brazos y me besó. Y esta vez, me apretó contra su cuerpo. Me apretó tanto que casi me deja sin respiración. Porque su boca parecía insaciable, su lengua no dejaba de buscar la mía, sus labios masajeaban los míos una y otra vez. Y me apretaba. Empecé a acariciar su espalda mientras seguíamos besándonos. Sin buscarlo, una de mis manos acabó sobre uno de los lados de su culo. Él, al notarlo, lo tensó, lo cual por un lado me excitó, y por otro, me llevó a pensar que Rodrigo todavía tenía muchas cosas que avanzar para estar bien consigo mismo. Yo creo que él de alguna forma intuyó algo de lo que se pasaba por mi cabeza, porque redobló la intensidad de sus besos y volvió a relajar los músculos del culo.
Conseguí detener ese beso que empezaba a parecer eterno. No es que no me gustara, pero quizás sería bueno que buscáramos el interruptor de la luz, porque llevábamos tanto tiempo besándonos que se había apagado la luz. Cuando logré encontrarlo, vi una gesto en él más relajado, más decidido. Y también vi sus labios y esa zona de la cara, roja e irritada. Me sonreí porque me acordé que no me había afeitado en cuatro días anteriores. Fui a decir algo gracioso de mi barba y lo de rascar, pero Rodrigo se me adelantó.
- Me gusta tu barba.
Y sonrió. Y era una de estas sonrisas por las que me había llamado la atención al encontrármelo por el barrio. Le pasé la mano alrededor de la boca y se la acaricié.
- Pero si te he dejado todo irritado.
Él me imitó y me acarició el mentón y las mejillas.
- Tú también estás rojo.
Cuando pasó su dedo gordo cerca de la boca la abrí y lo aprisioné con mis labios. Nos miramos y sonreímos.
- Está rico tu dedo – bromeé con su dedo todavía en la boca, aprisionándolo suavemente con los dientes para dejar libre los labios y articular más o menos mis palabras.
Se volvió a apagar la luz. Sacó su dedo de mi boca y lo volvió a sustituir con la suya. Y así estuvimos un rato más. Hacía tiempo que no besaba de esa forma. Y lo echaba de menos. Él parecía estar a gusto también. No lo parecía, lo estaba. Pero en algún momento debíamos cambiar de ubicación. El sótano de mi casa es un lugar frío y ni el calor de los besos o de la pasión podía luchar contra ello durante toda la noche. Así que cuando logré pulsar otra vez el interruptor de la luz, fue un buen momento para seguir caminando hacia el ascensor.
- Me han dicho que te gusta escribir – me confió rodeándome la cintura con su brazo y apretándome contra él. La verdad es que su espinazo había ganado mucha flexibilidad en los últimos minutos.
- ¿Y quién te ha dicho eso? - pregunté extrañado, porque esa afición mía es un pequeño secreto que pocos conocen.
- ¡Ahhhhh! - se hacía el interesante el cabrón. - me lo tienes que contar todo.
- Y tú me tienes que contar de tus novias y de los coches y de esos amigos guays que tienes.
- ¿Ya me vas a poner los cuernos?
- Hombre depende de si están más buenos que tú. Y de lo simpáticos que sean y de lo bien que besen y de si me compran bombillas.
- Todos están más buenos. Pero yo beso mejor y solo yo compro bombillas.
- Bien; entonces no debes temer nada. - me reí con ganas.
- Tenemos muchas cosas que contarnos.
Busqué nuevamente sus ojos. Y vi que lo decía de verdad. Quería conocerme. Eso merecía un beso, y a ello me puse. Y ello duró el viaje en el ascensor y un buen rato a la puerta de mi casa.
Hoy vamos a ir a dar un paseo. Luego comeremos en un restaurante y quizás, por la tarde, vayamos al cine. Es un buen plan. Es un plan para acompañar a lo que verdaderamente nos vamos a dedicar que es a hablar y a conocernos. Y comprobar que lo que vimos por fuera y nos atrajo, se ve corroborado por lo que llevamos cada uno dentro. Y que eso nos gusta también y que podemos combinarnos. Y luego podamos decir “te quiero” con fundamento. Y luego decir “te amo” con más fundamento. Y celebrar el próximo San Valentín como dos tontos enamorados, con mucho azúcar. Y las Navidades, y los cumpleaños, y los aniversarios, y la fecha de estreno de nuestra canción, y de la del perro, y la de...


martes, 28 de abril de 2015

¿Ya no te gusto? 1ª parte.

¿Os imagináis que os lo pregunta alguno de estos chicos?









Esto es lo que le pasa al protagonista de esta historia.

¿Ya no te gusto? 1ª parte.


 Me estaba empezando a doler las cervicales. Habían sido pocos kilómetros de conducir despacio, con cuidado: la nieve caía lentamente para teñir de blanco las calles. Un blanco noche nieve. Me arrepentí un ciento de veces de haber cogido el coche esa tarde. La nieve me contraría en gran medida. Y me inquieta sobremanera si voy conduciendo.
Habían sido pocos kilómetros, sí, pero muy jodidos.
Al llegar a la rampa del garaje, respiré profundo. Casi cierro los ojos antes de lanzarme cuesta abajo. Una fina capa de nieve tamizaba el embaldosado. Me imaginé dando bandazos y estrellándome contra las paredes sin poder controlar el vehículo.
- Siniestro total – dijo un señor muy serio vestido de perito del seguro.
Gracias a Dios no pasó nada. Otro suspiro al entrar en el garaje sin contratiempos. Miré la puerta mientras se cerraba, a la vez que hacía un corte de mangas a la rampa, a la nieve y a la madre que lo parió.
Llegué a mi plaza con urgencia, la de tirarme en el salón de casa, cerrar los ojos y darme un masaje en las sienes, para relajarme; aparqué sin importarme mucho como quedaba y, sin pausa, embestí el camino hacia el ascensor, como un bisonte en una película del Oeste.
- ¿Ya no te gusto?
Me volví sobresaltado. No había visto a nadie en el garaje. Escuchar esa voz a mis espaldas, me dio un susto del copón.
Sonreí con una cierta cara de pena al encarar a mi interlocutor.
Era Rodrigo.
Rodrigo es un vecino del portal de al lado. Es forofo de los coches y de la natación. Compite en este último campo, y conduce todo vehículo que tenga ruedas y lleve motor. De BMW hacia arriba. Tendrá 22 años, un cuerpo de nadador, como es natural, una cara agraciada pero no espectacular, que mejora mucho cuando sonríe. También es un poco chulo. Se sabe atractivo. Y es pijo. Pero a quien no le gusta de vez en cuando un bad boy pijo.
Nunca hemos pasado del hola ¿qué tal? Y el “qué tal” dicho por mi con voz cantarina y expectante, se suele quedar sin respuesta, o como mucho: “Hasta luego”. “¿Ya no te gusto?” era la frase más larga que me había dedicado hasta ese momento, salvo que haya tenido un lapsus mental y haya echado en el olvido alguna conversación trascendente.
Lo miré durante un rato, un poco descolocado. Es una de esas veces en que te asalta la duda de cual es la respuesta que debes dar. Si fuera un cazador, pensaría en la mejor para que Rodrigo acabara entre las sábanas de mi cama esa misma noche. Su pregunta podía ser una ventana abierta inesperadamente para ese final. Rodrigo me llamaba la atención, siempre lo había hecho, pero nunca había considerado la posibilidad de que fuera una historia posible, entre otras cosas porque él no da la impresión de que le guste alguien como yo. Ni ningún otro hombre, dicho sea de paso.
- Me gustas como siempre – al final me decidí por una respuesta que se podía interpretar de muchas formas.
- ¿Te gusto? - insistió con vehemencia.
- No sé como te llamas – mentí.
- Rodrigo – contestó apresurado, vigilando con miradas furtivas el resto del garaje.
Me acerqué a él con el brazo extendido para estrecharle la mano. Pero al llegar a él, que se había quedado como paralizado, se me ocurrió:
- ¿Prefieres que nos demos dos besos?
Solo atinó a levantar la ceja derecha. Así que yo reconduje la mano hacia la cintura y la apoyé en ella suavemente y le di dos besos. Me recordó a alguno de mis amigos con los que suelo bromear con el palo que llevan como espinazo, por lo rígidos que están cuando dan un abrazo o un par de besos. Me imagino que cuando follan la flexibilizan... o eso espero, por el bien de sus partenaires, pero fuera de esa acción, son unos desaboridos rígidos y desaboridos. Como Rodrigo.
- Me llamo Jaime.
- Ya.
Un punto a su favor, sabía como mi nombre, cosa que hizo que le diera mentalmente dos puntos positivos.
Nos quedamos en silencio. Silencios, silencios. Qué incómodos son cuando estás con alguien con el que no tienes ninguna confianza. La verdad, es que no se me ocurría decir nada. No me decidía a preguntar, a tirar por conversaciones intrascendentes... pienso que me entró el miedo escénico. Sí, como si de repente hubiera partida y pudiera ganarla. No con Rodrigo en mi cama, sino en mi vida. Era la partida que me interesaba.
- ¿Te gusto? - volvió a la carga.
- Claro que me gustas. - exclamé con una vehemencia espontánea - ¿Por qué piensas que ya no me gustas? - rápidamente me arrepentí de la respuesta que di y la intensidad con que lo hice. Mi estrategia de indefinición se desvaneció por completo.
- No sé – dudó en seguir – ya no me miras. Ayer, por ejemplo. No me dijiste nada, ni noté tu mirada recorriendo mi cuerpo.
Me extrañé, porque no recordaba haberlo visto hacía muchas semanas.
- Y el otro día pasó igual – parecía que había escuchado mi razonamiento mental.
- Pero yo no te gusto. Y a veces he notado tu incomodidad si te miro con algo de insistencia. - de nuevo, fue terminar de hablar y no estar contento con lo expuesto.
- Sería porque habría alguien mirando. Mi novia, una vez, sí, que me dijo algo y tuve que disimular.
- Ya. - preferí callarme a hablar ante la perspectiva de que nuevamente no me gustara lo que saliera por mi boca. Aunque al final, sentí la necesidad de seguir.
- Tu novia te dirá que le gustas.
- No tengo novia.
. Vaya. ¿Lo dejasteis?
Asintió con la cabeza, lentamente. De repente pareció reparar en algo y habló con apremio.
- Podíamos subir a tu casa y charlar.
Empezó la frase mirando hacia donde estaba yo, pero sin encontrarse con mis ojos, y la acabó mirando al suelo. Yo pensé en el desorden que había dejado al mediodía, en el caos que es mi casa últimamente, en que me iba a poner colorado cuando entrara ese chico...
- Por favor – insistió.
- Te advierto que mi casa está desordenada y... - me arrepentí de las explicaciones. – Vamos.
Y le cogí la mano para tirar de él hacia el ascensor. No lo hice por nada especial. Ahora que lo pienso, aunque pudiera parecer contradictorio, lo hice para no arrepentirme yo. Él al principio mantuvo la mano abierta, rodeada por la mía. Al dar el primer recodo del pasillo, me envolvió con sus dedos y apretó. Le miré pero él volvía a esquivar mi mirada. Ya en el ascensor, giró la mano para entrelazar sus dedos y los míos. Giré la cara, pero me encontré con su oreja y su pelo cortado casi al 0 por los laterales.
Nos soltamos al llegar a mi piso. Saqué las llaves y abrí.
- Pasa.
- Tienes bombillas fundidas – dijo mirando a la lampara, una de esas de varios brazos, antigua.
Suspiré arrepintiéndome de haberlo invitado.
- Si es que no tengo tiempo últimamente. Ni ganas.
- Si quieres... - y dejó la propuesta en el aire. Me hice el despistado y me fui a quitar los zapatos a mi habitación.
- Ponte cómodo, ahora voy. - le grité.
Me miré en el espejo. Me vi cansado, casi ojeroso. Sin vida en la mirada. No tenía muchas ganas de nada. En ese momento, de seguir mis instintos, le hubiera dicho a Rodrigo que se fuera. Pero no me parecía bien. No porque pensara que de ahí podía salir algo interesante, sino porque ese chico que parecía un poco chulo las más de las veces, hoy parecía pequeñito y perdido. Cogí fuerzas con una respiración profunda y volví al salón.
- ¿Quieres tomar algo? Pero quítate el abrigo, hombre. Y acomódate, que estás ahí sentado casi en el límite del sofá.
- Casi mejor me voy. Esto... quizás...
No siguió. Se quedó ahí. Al menos se quitó el abrigo.
- ¿Quizás? - le animé a seguir. - Quédate y charlamos. O vemos algo en la tele. - se me ocurrió que a lo mejor quería compañía o hablar de algo que le atormentaba y a lo mejor, el haberle cogido de la mano o los besos le habían hecho coger miedo o alguna cosa de esas.
- No, no sé.
Me levanté y fui a darle al botón de la tele.
- No, no.
Volví a sentarme a su lado.
Me recosté sobre el respaldo. Al final él también lo hizo. Estuvimos así un buen rato. Estuve pensando si hacer algo o no. Al final opté por dejarlo a su aire, que hiciera lo que le saliera de dentro. Ya estaba pensando en otras historias, cuando noté que se incorporaba, se sentó a horcajadas sobre mis piernas, me agarró la cara con sus manos, y posó sus labios sobre los míos. Y me besó. Largo, suave, delicado.
Se separó al cabo de un rato. Se me quedó mirando directamente por primera vez. No sabía que mostrarle con mi mirada. No me gustaba la idea de que eso fuera una especie de broma o de juego. No se me ocurría otra posibilidad. O que él estuviera mal por algo y buscara un apoyo en mí. Pero ese apoyo, no estaba yo dispuesto a darlo. Al menos no estaba seguro.
Vi algo en sus ojos que me empujaron a atraer su cabeza hacia la mía y esta vez, besarle yo. Largo, suave, delicado, más largo, y abrazando su cuerpo. Al principio noté ese palo de escoba a modo de espinazo, pero al final, parecía relajado. Se le daba mejor dominar el juego que otro llevara la iniciativa.
“¿Y ahora qué?” me pregunté. Seguimos así, mirándonos. El sobre mis piernas. Al cabo de unos minutos que parecieron muy largos, se puso de pie, sin dejar de mirarme.
- Gracias – me dijo.
Se agachó un segundo y me dio un suave beso en los labios. Buscó de nuevo mis ojos, se giró, cogió su abrigo, que había dejado sobre una butaca y se fue de mi casa.
Y yo allí me quedé, sin saber muy bien qué había pasado. Sin acabar de decidirme por una de las varias posibilidades que se me ocurrieron para dar con la causa por la que Rodrigo hubiera ido a mi casa esa noche e hiciera lo que hizo.
Así que retomé mi plan inicial, me tumbé en el sofá cuan largo soy y me masajeé mis sienes con los ojos cerrados, escuchando de fondo música suave que había puesto minutos antes en la televisión.
El caso es que eso acabó así, y no lo volví a ver en muchas semanas. Y cuando lo vi, volvimos al “Hola”, para mi estupor.
Eso sí, un día me encontré en el pomo de la puerta, una bolsa con un montón de bombillas de vela, para la lámpara de la entrada. Sin una nota, sin un algo.


lunes, 27 de abril de 2015

Hoy toca... belleza.

Hombres hechos arte.
Arte en la fotografía.
Arte para soñar, hombres para soñar.








El arte eso es lo que tiene, que te hace soñar, imaginar. Provoca en ti sensaciones.

domingo, 26 de abril de 2015

sábado, 25 de abril de 2015

Sábado de parejas.

Unas parejas además, muy simpáticas. Las tres parejas de hoy tienen un detalle con nosotros los espectadores. Parece que nos están invitando...








Venga no seas un aburrido. Cogete a tu churri y dale a la golosina.

viernes, 24 de abril de 2015

Míralo...

Está tremendo.








Niégamelo, Josep.