martes, 23 de febrero de 2016

Pablo.


Se levantó pronto. Miró a sus amigos y decidió ir a la playa a nadar un poco. Ni siquiera se preocupó porque le viera alguien. Se desnudó sin mirar a ningún sitio y caminó decidido hacia el agua. Quizás le despejara la cabeza o le aclarara las ideas.


Todo empezó la tarde anterior. Hacía ya varios meses que solía quedar con Urko para pasar un buen rato juntos. Pasar un buen rato era, unos días ir de copas, y otros días, encerrarse en la casa de uno de ellos y follar hasta que acababan exhaustos. Era sexo, solo sexo. Apenas se besaban en la boca. ERa como si tácitamente eliminaran de su relación cualquier gesto que pudiera dar a entender que eso podía acabar en una relación amorosa.
Llevaba toda la noche pensando en por qué los dos, sin hablarlo, habían actuado así, y por lo menos a él. no le había llamado la atención. Eran muy distintos, sí. De mundos opuestos.  Urko era el hijo de un importante empresario. Su familia tenía dinero, influencias y relaciones. Se codeaban con lo mejor. Si iban a un concierto, saludaban a los actuantes. Si iban a la misa del obispo, lo saludaban al final.
Él en cambio, no tenía dónde caerse muerto. Eso no es así literalmente, pero en comparación con Urko, era un muerto de hambre. Su padre obrero de la RENFE, su madre haciendo un par de casas a la semana, por horas. Él, trabajando de extra como camarero, para bodas y comidas especiales. Sacarse unos duros para seguir estudiando algún módulo de formación profesional y poder tener algo de pasta para comprarse al menos un par de calzoncillos.
Pero el día anterior, cuando todos salieron en pelotas a jugar a las aguadillas al jardín, Urko, en un momento que se quedaron solos, le cogió la mano. Se la rozó suavemente y le miró a los ojos de esa manera.


Pablo tuvo un gesto reflejo de sorpresa. Urko se dio cuenta y llevó su mano a su polla. Ahí Pablo, no reaccionó de ninguna forma, más que la esperada: Se le puso dura.
Como siempre, no hablaron. Buscaron un rincón y follaron con prisas.


Pero la caja de los truenos en la cabeza de Pablo, se había abierto de par en par.


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