jueves, 11 de agosto de 2016

La fiesta.

Fue divertido el festival fin de curso. Carlos y los suyos lo habían organizado todo. Su primer año de la Universidad y habían conseguido una notoriedad sin igual. Todo el campus los conocía.
Y después del Festival fin de curso, más. Las últimas fotos de su actuación, seguro que se hacían virales en toda la ciudad.



Pensaron desnudarse del todo, pero Juan no estaba por la labor. Y al final, Carlos se puso de su lado. Y si el líder estaba con él, los demás no tenían nada que decir.

Carlos fue a casa para cambiarse y luego irse de juerga. "Una ducha rápida y al tema". No contaba con encontrarse con Hugo. Y menos, encontrarlo desnudo, con la polla dura, sentado en la butaca del salón, esperándolo.


Lo miraba fijamente. Cuantas veces había soñado Carlos con esa situación. Abrir mucho la boca para metérsela entera. Saborearla.



Carlos saludó a Hugo como si no hubiera reparado en la situación y corrió hacia la ducha. Se desnudó y se metió en ella. Pero al cabo de un rato, se quedó mirando a la puerta, esperando. Esperaba. Esperaba que Hugo viniera detrás de él.
- No, hoy no toca.


"Ven".

Se vio elevado por los fuertes brazos de Hugo. Lo mantenía en el aire, metiéndole la polla con decisión mientras Carlos se agarraba a su cuello. Cómo le ponía esa postura que nunca había practicado.


Volvió a meterse debajo del corro de agua. Se frotó con la esponja y se lavó el pelo. Luego, se dio la vuelta y dejó que el agua aclarara su cuerpo.


Seguía imaginado su gran follada con Hugo, su deseo de todo un año. Hugo siempre había pasado de él. Se lo había dejado claro. Y ahora... ¿Sería por la pajarita sobre su torso desnudo en el escenario? ¿Sería por poder presumir de montárselo con el hombre de moda de la Universidad?
Juan le estaría esperando. Como hacía casi un mes, en aquella casa rural a la que se había escapado un fin de semana. Tal delgadito, tan tierno. Le esperaba arrodillado al lado del agua, disfrutando del aire, del sol, con esa sempiterna cara de felicidad que era una de sus características. Y esa carita que lo invitaba a tomar posesión de su cuerpo.


Carlos se vistió y salió sin mirar a su compañero de piso. Corrió a casa de Juan. Entró como un vendaval y se fue a su habitación. Allí estaba, desnudo, buscando ropa que ponerse. Carlos le dijo algo, Juan se echó a reír, y acabaron los dos riendo a carcajadas. Se empujaban, se tocaban, reían.



Es que la risa de Juan era tan... maravillosa...


Quizás sería una buena cosa dedicar el resto de su vida a disfrutar de la risa de Juan.

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